Adara Collins. Dos minutos fueron con exactitud los que pasaron volando, dos minutos sintiendo el tranquilo corazón de James palpitar en mis oídos. No sé como, ni cuándo, pero de un momento a otro las puertas fueron destruidas, los guardias que custodiaban terminaron heridos en el suelo, y más de cinco oficiales rodearon el lugar. ¿Será que Dios escuchó mis plegarias? No seas ilusa. Esto jamás se acabará aunque acabe. James me tomó del cuello, como rehén y comenzó a apuntar a todos lados. Un policía se encargó de desatar a mi padre, Tobías y Angélica, a quienes se les notaba un poco aliviados. —Ni se les ocurra acercarse o les juro que ella muere—habla James con la voz nerviosa. —Baje el arma Collins— habló Tobías— no le conviene meterse en más problemas de los que ya tiene— Mi t
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