Ingresé a los aposentos de la princesa, luego de que ella me diera su permiso.
Al ingresar, vi que su parte risueña de siempre, ya no estaba.
Preocupada le pregunté:
Dalila: Disculpe princesa, ¿le sucede algo?
Ella me miró con tristeza y pude ver que derramó algunas lágrimas.
Yo de inmediato me acerqué a ella y nuevamente le pregunté que le pasaba, para poder ayudarla a calmar su pequeño llanto.
Alia: Anoche… tuve un fuerte discusión con mi hermano, todo por culpa de su comprometida.
Dalila: ¿Qué sucedió? ¿Qué le dijo para que hoy esté así?
Alia: No me dijo nada, pero me duele que mi hermano se case con una persona que no ama y se condene a una vida infeliz.
Los llorosos de la princesa, pudieron amenguar un poco, pero la angustia aún seguía en ella.
Dalila: Princesa… ¿quiere que le diga algo?
Ella asintió con la cabeza.
Dalila: Entiendo que usted se preocupe por la felicidad de su hermano, pero si vamos al caso a fin de cuentas, es él que maneja sus sentimientos y manda en su corazón. Si él toma una mala decisión, usted no debe cargar con esa culpa, porque cuando quiso evitar el desastre él no la escuchó, por lo tanto, no tiene que quedarse con aquel remordimiento de que no hizo nada por impedirlo. – hice una pausa y continué hablando – . Lo que quiero decir, es que si él no escucha razones y quiere cometer ese error, debe dejarlo porque a fin de cuentas él será el perjudicado.
Alia: Entiendo lo que dices, pero… si esto pasara en una familia normal, de pueblo, vaya y pase, el problema está es que él es el faraón y su matrimonio con esa mujer, puede traer malos comentarios a su persona y status. Por un lado… él se está olvidando de que es la principal figura de este imperio.
Alia tenía toda la razón, pero había algo que ella no tenía presente.
Dalila: Entiendo lo que dice, pero hay algo que a usted se le está escapando.
Ella me miró confundida.
Dalila: Él es el faraón y por más que se case con esa mujer, nadie del pueblo le faltará al respeto, ¿sabe por qué? Porque él es el rey y todos le tememos a él. Sabemos que si levantamos una calumnia contra él, probablemente perdamos la cabeza.
Hatem detrás de la puerta, estaba escuchando todo lo que yo le decía a la princesa que realmente era la realidad y en ningún momento, cuando asumió al trono, él pensó en implantarnos en nuestras personas ese terror, pero que en su reinado inconscientemente lo había logrado.
Mientras yo consolaba a la princesa, el faraón ingresó a la habitación.
Alia rápidamente se levantó de la cama y se limpió las lágrimas a espaldas de su hermano, mientras yo me hice a un lado y agaché la cabeza.
Él pasó frente de mí y por un momento se detuvo, me miró y luego dijo fríamente pero de una manera más amable que la primera vez que nos vimos.
Hatem: Por favor, retírate. Debo hablar con mi hermana.
Yo rápidamente hice una reverencia y estaba dispuesta a irme, pero la voz de mi ama me detuvo.
Alia: ¡Dalila! – su expresión me hizo sobresaltar – .
Rápidamente me di la vuelta, mientras que el faraón miraba confundido a su hermana.
Dalila: Sí, princesa.
Alia: ¡Quédate! – dijo firmemente – . Es una orden.
Entonces se enfrentó a su hermano y dijo:
Alia: Si quieres decirme algo, hermano. Dilo frente a ella y sobretodo, quiero dejarte en claro que ella solo sigue mis órdenes, no las tuyas.
Nunca me imaginé que un enfrentamiento como ese, ocurriría frente a mí, me sentía realmente horrible presenciando aquel problema ajeno a mi persona.
Yo no dije ni pío, ni tampoco me atrevería, el aire entre ellos estaba bastante tenso.
Hatem: De acuerdo, hermana. – dijo de manera hosca – . Pero debes tener algo presente… yo soy quien dirige este imperio y tanto tus sirvientes como los míos, también está bajo mis órdenes. Pero como eres mi hermana, te dejaré pasar está falta de respeto.
Alia: Vaya, parece que Yashira ya te está afectando y eso que ni siquiera a venido al palacio.
Hatem: ¡HERMANA YA BASTA! – todo el palacio rugió ante las palabras del faraón y a mí me hizo saltar del susto – . ¡Guárdeme el respeto que me merezco, si quieres que yo te respete a ti!
La princesa, que hasta ahora había mantenido la cabeza en alto, la agachó y expresó:
Alia: Tienes razón hermano. – dijo con tristeza – . Me disculpo por mi comportamiento, no volverá a suceder.
Podía notar, que la princesa se aguantaba las ganas de llorar ante él.
En ese entonces, él ya no parecía su hermano, aquel que siempre tomaba sus consejos por si o por no, no entendía lo que realmente le pasaba.
Estaba segura de que su comportamiento no era por Yashira, sino por una angustia que lo acompañaba desde pequeño y que parecía haber florecido los últimos años de su reinado.
El gesto del faraón se suavizó y le tocó la cabeza a su hermana.
Hatem: Por favor Alia, eres mi pequeña hermana. No me gusta pelearme contigo de esta manera.
Ella no respondió nada, su hermano besó su frente y se retiró, no si antes decirme:
Hatem: Espero, que esto no salga de aquí.