Mateo Santoro. Apenas terminé mi segunda partida de golf, saludé a mis socios con una sonrisa ligera, aunque no podía quitarme de la cabeza la imagen de Giana sola en la piscina. La brisa del campo parecía inútil para calmar la inquietud que llevaba encima. Me acerqué a Alekdrad, que me esperaba junto al carrito, y me lanzó una mirada evaluadora, esa que mezcla camaradería y un toque de desafío. —No estás nada mal, primo —me dice, con esa voz que siempre logra ponerme tenso y alerta a la vez—. Has aprendido de tu padre y de mí… pero antes que los negocios está tu mujer. La dejaste toda la tarde sola en la piscina. —Tranquilo, Alekdrad —respondo, intentando sonar relajado, aunque siento que el calor sube por mi cuello—. Sé cómo cuidar lo que es importante. Él arquea una ceja y deja esc

