Abrí la puerta del despacho del subdirector. Tratando de controlar la maldita ira que tengo. El hombre dormía, su respiración pesada, ajeno al infierno que había desatado. Zarp ya estaba sentado del otro lado del cuerpo, la oscuridad de la habitación nos envolvía. Cuando el viejo abrió los ojos, lo primero que vio fueron nuestras siluetas frente a él. Su cuerpo entero tembló. El sudor le brotó como si lo hubieran arrojado al fuego. Sus ojos se abrieron más de lo normal -¿Asustado?- gruñó Zarp, con una sonrisa fingida -Y eso que aún no hemos empezado. Yo incliné la cabeza, mis ojos clavados en los suyos. -Dime algo... ¿qué sucede con esos té? El hombre tragó saliva, lo levanté de un tiron. Y lo arroje a una mesa sus manos temblaban sobre ella. Luego, contra todo, soltó una risa

