Brandon lo planeó sin decirse a sí mismo que lo estaba planeando.
Llegó al parque un poco antes de lo habitual, cuando el cielo todavía tenía esa franja anaranjada en el horizonte que dura poco y que la mayoría no ve porque no está mirando. Se sentó en el columpio y esperó, con el libro en la mochila y la mente más quieta que de costumbre.
Isabela apareció cuando las farolas ya se habían encendido.
Simplemente estaba, como siempre, sin transición visible, sin pasos que se acercaran.
—Llegaste antes —dijo ella.
—Quería ver cómo se encendían las luces —respondió Brandon.
Isabela lo miró un segundo, como si evaluara si eso era verdad o no.
Se sentó en el columpio de al lado.
Hablaron de cosas que no importaban durante un rato. No porque no hubiera cosas importantes que decir, sino porque a veces el camino hacia lo importante necesita un tramo de cosas pequeñas primero. Brandon le preguntó si le gustaba la lluvia. Ella dijo que antes sí. Él dijo que a él todavía, especialmente de noche, cuando el ruido de la ciudad se mezclaba con el agua y por un momento todo sonaba igual.
Isabela lo escuchó con esa atención suya que no interrumpía.
Y mientras hablaba, Brandon fue moviendo el columpio muy despacio, cambiando el ángulo, dejando que las farolas cayeran sobre ellos desde un punto diferente.
Fue entonces cuando lo confirmó.
Su sombra se extendía hacia la derecha, larga y oscura sobre el concreto.
La de Isabela no estaba.
No era que fuera tenue, ni que el ángulo la ocultara. Simplemente no existía. La luz de la farola la atravesaba, o la ignoraba, o hacía con ella algo que la física normal no sabía cómo manejar, y el concreto debajo de sus pies seguía siendo concreto sin ninguna forma oscura encima.
Brandon dejó de hablar a mitad de una frase.
Isabela lo notó.
—¿Qué? —preguntó.
Brandon bajó la mirada al suelo. Miró su sombra. Miró el espacio vacío donde debería estar la de ella.
Luego la miró a ella.
Isabela siguió su mirada hacia el suelo. Vio lo que él estaba viendo. Y no dijo nada.
No lo negó.
No intentó buscar una explicación.
No se movió para cambiar el ángulo o ponerse en un lugar donde la luz cayera diferente.
Solo lo miró, con esa calma que a estas alturas Brandon ya sabía que no era indiferencia sino algo más complicado.
—Isabela —dijo él en voz baja.
—Sí.
—No tienes sombra.
Silencio.
Un silencio que no era sorpresa. Era reconocimiento.
—No —dijo ella finalmente.
Solo eso.
Brandon sintió algo moverse dentro de su pecho. No miedo. Era algo más parecido a cuando llevas tiempo buscando la pieza que falta de algo y de repente la encuentras y el puzzle no está terminado pero ya tiene forma.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Isabela tardó.
—Desde hace mucho.
—¿Cuánto es mucho?
Ella no respondió a eso.
Miró hacia los árboles con esa expresión de quien está calculando cuánto puede decir sin decir demasiado.
Brandon no insistió en esa dirección.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó en cambio.
Isabela volvió a mirarlo.
—No me lo preguntaste.
—Estaba esperando entenderlo solo.
—Lo sé —dijo ella.
Brandon procesó eso.
—¿Sabías que lo iba a notar?
Isabela sostuvo su mirada.
—Sabía que tarde o temprano ibas a mirar bien.
El columpio entre ellos se balanceó una vez, suave, sin viento.
Brandon bajó la vista al concreto otra vez. Miró el espacio vacío. Luego su propia sombra, que era completamente normal, completamente real, completamente presente.
—¿Hay más cosas? —preguntó.
Isabela no respondió de inmediato.
—Siempre hay más cosas —dijo al fin.
Brandon asintió despacio.
No como resignación.
Como alguien que acaba de confirmar que el camino es más largo de lo que pensaba, pero que no tiene ningún problema con eso.
Se quedaron en silencio un rato. Las farolas seguían encendidas. Las sombras seguían siendo lo que eran, o no siendo lo que deberían. Y Brandon, en lugar de sentir el vértigo que habría sentido cualquier otra persona, sintió algo mucho más difícil de explicar.
Curiosidad.
Pura, quieta, completamente despierta.