Capítulo 28 — Un cuerpo como recipiente

652 Words
Brandon llegó sin libros. Isabela ya estaba en el columpio cuando entró al parque, pero esta vez no lo esperó en silencio. Empezó a hablar casi antes de que él se sentara, con una calma que no era urgencia pero que tampoco tenía la pausa habitual de sus conversaciones. Como si hubiera estado organizando lo que iba a decir desde que él se fue la noche anterior. —Hay algo que quiero explicarte —dijo. Brandon se acomodó en el columpio. —Te escucho. Isabela miró hacia adelante un momento antes de empezar. —Para que un espíritu regrese al plano físico de forma estable —dijo—, necesita un cuerpo. No puede materializarse de la nada. No puede construir algo desde cero. Necesita algo que ya esté vivo y que pueda funcionar como recipiente. Brandon no interrumpió. —El cuerpo tiene que cumplir ciertas condiciones —continuó Isabela—. Tiene que haber una conexión entre el espíritu y la persona. No tiene que ser profunda. Puede ser tenue, puede ser unilateral, puede ser algo que la persona ni siquiera sepa que existe. Pero tiene que haber algo. —¿Por qué? —Porque sin conexión no hay puerta. El cuerpo se cierra solo frente a lo que no reconoce. Brandon procesó eso. —¿Y la persona tiene que querer? ¿Tiene que estar de acuerdo? Isabela tardó un momento. —Tiene que estar dispuesta —dijo—. Que no es exactamente lo mismo que querer. La disposición puede prepararse. Hay formas de acercar a alguien a ese estado sin que lo sepa conscientemente. Brandon asintió despacio. —¿Y el ritual? —Tiene que hacerse en el lugar de anclaje —dijo Isabela—. Donde el espíritu está ligado. Ahí la distancia entre los dos planos es más delgada. Ahí el ritual tiene condiciones para funcionar. —¿Aquí —dijo Brandon—. En el parque. —Sí. Silencio breve. Brandon miró el columpio vacío frente a él. Luego los árboles. Luego el suelo donde las farolas proyectaban sus círculos amarillos sobre el concreto. —¿Y qué le pasa al cuerpo? —preguntó—. A la persona. Durante el ritual y después. Isabela no respondió de inmediato. —Depende de cómo se haga —dijo al fin. —¿Depende cómo? —Si se hace correctamente, si se siguen los pasos sin errores, el espíritu entra y la persona... se desplaza. Queda en un estado suspendido mientras el ritual dura. —¿Y después? —Después la persona recupera su cuerpo —dijo Isabela—. El espíritu sale. La persona no recuerda nada o recuerda muy poco. Como despertar de algo profundo. Brandon asintió lentamente. Tenía más preguntas. Una en particular que era la más obvia, la más importante, la que definía todo lo que seguía. No la hizo. Porque la respuesta a ¿qué pasa si no se hace correctamente? era una puerta que por ahora prefería mantener cerrada. —Entonces funciona —dijo en cambio. Isabela lo miró. —Si se hace bien —dijo—, sí. Brandon se quedó con eso un momento. Con la teoría completa asentándose en capas, cada pieza encontrando su lugar junto a las que ya tenía. El lugar de anclaje. La conexión. La disposición. El ritual. Era un mecanismo. Tenía partes. Tenía condiciones. Podía cumplirlas. Se levantó del columpio cuando ya no había más que decir esa noche. Isabela no se movió. Lo observó ponerse de pie con esa atención suya que archivaba cosas. Brandon se colgó la mochila vacía al hombro. —Mañana te digo algo —dijo. Isabela no preguntó qué. Solo asintió. Y Brandon se fue caminando con la teoría completa en la cabeza y una pregunta que todavía no podía responder en voz alta, que todavía no tenía nombre, pero que ya sabía que tenía que responder pronto. Quién.
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