Brandon no volvió a casa directamente.
Caminó sin rumbo durante un rato, con las manos metidas en los bolsillos y la mente
atrapada en una sola imagen: la sombra de Isabela.
No era algo que pudiera explicar sin sentirse ridículo.
Pero tampoco podía ignorarlo.
Había algo en ella que no encajaba con nada de lo que conocía. Y lo peor era que, a pesar
de eso, no sentía miedo. No como debería.
Sentía... atracción.
No solo hacia ella.
Sino hacia la forma en que el mundo se volvía distinto cuando estaba cerca.
Cuando llegó a casa, la luz del pasillo estaba encendida como siempre. Su padre estaba en
la cocina, revisando algo en el celular mientras el microondas terminaba de sonar.
—Llegaste tarde —dijo sin mirarlo.
Brandon dejó su mochila en la silla.
—Me quedé dando vueltas.
Su padre soltó un “ajá” sin mucho interés.
Había un silencio viejo entre ellos. Uno que no se rompía porque ninguno de los dos sabía
cómo hacerlo sin que doliera.
Brandon abrió el refrigerador.
Nada nuevo.
Nada importante.
Solo comida que llenaba espacios, no preguntas.
—¿Te va bien en la escuela? —preguntó su padre de pronto, como si recordara que debía
hacerlo.
Brandon se quedó quieto un segundo.
—Sí —mintió.
Su padre no insistió.
Eso era lo peor.
Esa noche no pudo dormir.
Se quedó mirando el techo durante horas, con la sensación de que algo lo estaba
esperando.
No era ansiedad común.
Era algo más específico.
Como si su cuerpo supiera que el día siguiente iba a cambiar algo que ya no se podía
deshacer.
Cuando por fin cerró los ojos, no soñó con su madre.
Ni con Rodrigo.
Ni con la escuela.
Soñó con el columpio.
Pero esta vez... el parque no estaba vacío.
Había más columpios.
Más sombras.
Y todas se movían aunque no había viento.
Isabela estaba en el centro.
Mirándolo.
Sin parpadear.
—Te estás acercando demasiado —dijo ella en el sueño.
Brandon intentó responder, pero su voz no salía.
El suelo debajo del columpio empezó a agrietarse.
—¿A qué? —logró decir al fin.
Isabela inclinó la cabeza.
—A mí.
Y entonces el columpio detrás de ella se detuvo de golpe.
El silencio fue absoluto.
Brandon despertó sobresaltado.
Sudando.
Con el corazón golpeándole el pecho como si hubiera corrido.
Se quedó sentado en la cama, respirando fuerte.
La habitación estaba igual.
Demasiado igual.
Pero él no.
Al día siguiente, Isabela no estaba cuando llegó al parque.
Eso debería haberle parecido normal.
Pero no lo era.
Brandon caminó alrededor del columpio, inquieto. Se sentó. Se levantó. Volvió a sentarse.
Nada.
El parque parecía más vacío de lo habitual.
Como si algo le faltara estructura.
—Llegaste antes de lo esperado.
Brandon se giró de inmediato.
Isabela estaba ahí otra vez.
Pero esta vez no apareció detrás de él.
Ni a un lado.
Simplemente... estaba.
Sentada ya en el columpio como si nunca hubiera estado ausente.
—No te vi llegar —dijo Brandon, frunciendo el ceño.
Isabela lo observó con calma.
—No siempre llego caminando.
Brandon suspiró.
—Eso no ayuda.
Ella sonrió un poco.
—No estás aquí por respuestas fáciles.
Brandon la miró fijamente.
—Entonces explícame algo. Algo real.
Isabela lo estudió en silencio.
Como si estuviera decidiendo cuánto podía decir.
—¿Qué es “real” para ti? —preguntó al fin.
Brandon soltó una risa corta, sin humor.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Responder con preguntas.
Isabela bajó la mirada al suelo por un instante.
Luego habló más suave.
—Hay cosas que no pueden explicarse sin romper lo que ya crees que sabes.
Brandon se inclinó hacia adelante.
—Entonces rómpelo.
Esa frase quedó flotando entre los dos.
El viento pasó entre los árboles.
Pero Isabela no respondió de inmediato.
Esta vez, su silencio fue distinto.
Más pesado.
Más honesto.
—No debería estar aquí tanto tiempo —dijo al fin.
Brandon frunció el ceño.
—¿Aquí... en el parque?
Isabela negó apenas.
—Aquí... contigo.
Eso lo dejó quieto.
No supo qué responder.
Porque por primera vez, la conversación dejó de sentirse extraña... y empezó a sentirse
personal.
—Entonces vete —dijo Brandon, aunque su voz no sonó firme.
Isabela lo miró.
Y por un instante, algo parecido a tristeza cruzó su expresión.
—Si me voy... te vas a olvidar de mí.
Brandon negó rápido.
—No.
Isabela sostuvo su mirada.
—Sí.
El columpio detrás de ella se movió solo otra vez.
Más lento.
Más débil.
Brandon sintió un nudo en el pecho.
—¿Por qué dices eso?
Isabela bajó la vista.
—Porque es lo que siempre pasa.
El silencio volvió a extenderse.
Pero esta vez no era incómodo.
Era frágil.
Brandon apretó los puños.
—No sé qué eres —dijo—. No sé qué está pasando contigo... o conmigo. Pero no te voy a
olvidar.
Isabela lo miró.
Y por primera vez desde que la conocía...
su expresión cambió completamente.
Ya no había distancia.
Ni misterio.
Solo algo humano.
—No digas cosas que no entiendes —susurró.
Brandon dio un paso más cerca.
—Entonces explícamelas.
Isabela lo miró largo rato.
Y finalmente, casi en un suspiro:
—No puedo quedarme mucho más tiempo hoy.
Brandon se quedó quieto.
—¿Por qué?
Isabela se levantó del columpio.
El aire cambió otra vez.
Como si el mundo reconociera su decisión.
—Porque si me quedo... empiezas a verme demasiado claro.
Brandon dio otro paso.
—Eso suena como algo bueno.
Isabela negó.
—No para lo que soy.
Y entonces retrocedió.
No caminó.
Simplemente... se desdibujó un poco en el aire, como si la realidad la estuviera soltando.
Brandon extendió la mano sin pensar.
—¡Isabela!
Pero ya era tarde.
El columpio quedó quieto.
El parque volvió a ser solo parque.
Y Brandon se quedó ahí, con la mano extendida, sintiendo por primera vez algo más fuerte
que la curiosidad.
Falta.
Una falta que no entendía.
Pero que ya dolía.