Había algo que Manuel odiaba tanto como a su padrastro. Asistir al colegio. El tener que sociabilizar con sus pares era algo demasiado complejo para él. No le dificultaba en lo absoluto el aprendizaje, desde niño fue bastante listo y responsable, su gran problema radicaba en la convivencia con sus compañeros y los malos recuerdos que quedaron grabados a fuego en su piel, recuerdos de la peor época de su vida, el instituto.
Los omegas solían ignorarlo rotundamente y algunos más atrevidos lo miraban con desprecio. A sus espaldas se burlaban y reían, aunque optaba por ignorarlos. No tenía mucho sentido enfrentarlos, solo se ganaría muchos más problemas. Los betas que conocía al menos de vista, no se metían con él, más de alguna vez le tocó trabajar con alguno y no hubo mayor inconveniente. Incluso llegó a tener un amigo beta, lamentablemente duró muy poco tiempo en el instituto.
El mayor problema, eran los otros alfas, todos y cada uno de ellos llevaban el pecho inflado orgullosos de su especie, de su superioridad, de su fuerza y masculinidad. Constantemente competían unos con otros tratando de marcar territorio y ser el mejor. Él no era de ese modo, detestaba los conflictos y su timidez le superaba.
Incluso su propio aroma no era tan fuerte como el del resto, más de alguna vez alguno lo confundió con un omega, justificando su error culpando descaradamente su aroma. Era cierto que olía a mandarinas, pero su aroma no era dulce, más bien se clasificaba como cítrico.
Los años que pasó en el instituto fueron un jodido infierno y Valentín fue su principal verdugo. Ese maldito alfa se encargó de hacer su vida miserable, se ensañó con él solo por ser diferente. Por suerte, todo esos recuerdos formaban parte de su pasado, ahora comenzaría una nueva etapa en la universidad. Se esforzaría y lograría ser un gran arquitecto, de ese modo podría llevarse a Mateo y brindarle una vida estable y cómoda.
Finalmente, llegó con su maleta a rastras al campus de la universidad. Deslumbrado por la inmensidad de las instalaciones exhaló un suspiro de sorpresa. Cientos de jóvenes iban y venían, algunos en grupo y otros solos. Una sonrisa emocionada se dibujo en su rostro y arrastró su maleta con prisa.
Se encaminó a stand de bienvenida para alumnos de primer año, el stand estaba compuesto por varios integrantes de último año, quienes se encargaban de orientar a los alumnos nuevos. Lo único que deseaba en ese momento era instalarse en su habitación y dormir el resto del día. Se sentía tan agotado física y mentalmente, que descansar plácidamente era algo que venía posponiendo desde hace años.
— ¿En qué puedo ayudarte?— La voz gruesa de un alfa lo sacó de su debate mental.
—Hola, soy Manuel, alumno de primer año—, esboza una tímida sonrisa—. Necesito la información de mis clases y saber dónde están las habitaciones y cuál es la mía—. Desvía la mirada mientras frota sus manos en clara señal de ansiedad. Relacionarse con otras personas era algo que le ponía los nervios de punta.
—Un gusto Manuel, yo soy Patrick, estudiante de ingeniería ambiental, curso el último año—. Tomó unos cuantos folletos de la mesa—, acá encontraras información de la universidad que puede ser de utilidad, hay mapas donde se señala cada instalación de importancia.
—Gracias, Patrick—. Recibe los folletos sin darle verdadera importancia. Una vez instalado en su habitación los revisaría.
—Necesito tu nombre y carrera que cursadas para indicarte el número de habitación y ubicación de esta—, menciona el alfa mientras su mirada se mantiene fija en el cuaderno.
—Manuel Vainst y estudiaré arquitectura—, retuerce los folletos entre sus manos.
—Perfecto— comienza a buscar en la lista, al encontrar el nombre de Manuel se detiene—. Tiene que haber un error— observa a Manuel completamente sorprendido.
— ¿Un error?— Lo observa confuso y ladea ligeramente el rostro.
—Si, acá dice que tú habitación está en el tercer piso del edificio alfa, habitación 313—, con su mirada analiza a Manuel de pies a cabeza y se permite embriagarse con el aroma del chico—. Eres un omega, no puedes dormir en un edificio exclusivo para alfas.
—No hay ningún error en esa lista, el error lo estás cometiendo tú—, aprieta sus puños con frustración— soy un alfa, no un omega—. Sin más se da la media vuelta y se aleja de ahí con prisa.
En los folletos que Patrick le entregó buscó la ubicación del edificio alfa, al localizarla en el mapa pudo orientarse con facilidad llegando al edificio en un dos por tres. Arrastró su maleta los tres pisos que lo separaban de su habitación y sin dudas fue una experiencia por demás incómoda. Ese sitio estaba inundado de aromas fuertes que lograban intimidar lo, provocando que su aroma cítrico se impregne por donde sea que pase.
Sigiloso se adentró en la habitación, cerró con prisa la puerta tras él y arrojó la maleta en el centro de la habitación. Ya más tranquilo y seguro dentro de esas cuatro paredes, se tomó el tiempo para analizar la habitación.
La habitación estaba compuesta por pulcras paredes blancas, adornadas con pósters de las diversas fraternidades de la universidad, un gran ventanal que daba a un extenso y frondoso bosque de pinos, largas cortinas color gris azulado y piso flotante de un hermoso color arena. Un gran escritorio color marfil adornaba una de las esquinas, mientras que en la esquina contraria se encontraba un gran librero repleto de libros.
Siempre le gustó leer, por lo que se acercó para revisar los títulos. Grata fue su sorpresa al ver que la mitad de esos libros estaban relacionados con su carrera, mientras que la otra mitad hablaban de finanzas y economía. Recién en ese momento se percató de que en la habitación habían dos camas y que sobre una de ellas habían tres maletas.
Suspiró profundamente y se dejó caer sobre la cama. La idea de tener un compañero de cuarto no era algo que le agradara demasiado, sin embargo, nada podía hacer. Solo esperaba tener una sana convivencia con el otro alfa.
Cerró sus ojos intentando dormir un poco, pero el bullicio del pasillo no le permitía hacerlo. Rodó un par de veces en la cama buscando una postura cómoda, pero finalmente terminó levantándose. Ordenó sus cosas con prisa, se sentía demasiado alerta, su instinto le hacía sentirse en peligro y no entendía el porqué.
De pronto el sonido de la cerradura logró ponerlo en alerta, rápidamente alzó el rostro mirando a la puerta, pudo percibir un potente aroma a tierra húmeda que le resultó bastante familiar y por reflejo comenzó a estrujar su sudadera azul.
La puerta se abrió revelando a su compañero de cuarto. Un alfa alto, de cuerpo atlético y hombros anchos, cabello rubio, corto y algo alborotado, piel blanca y unos intensos ojos azules. Ambos alfas se miraron fijamente a los ojos y en el rostro del rubio se dibujó una sonrisa burlesca.
—Valentin...— la voz de Manuel salió en un lastimero susurro y todo su cuerpo se tensó.
—Que curioso es el destino—. Valentín cerró la puerta tras él y con pasos amenazantes se acercó al castaño—. Pensé que jamás volvería a verte, pero acá estás frente a mí...— chasqueó la lengua en señal de molestia— y como si fuera poco coincidir en la universidad nos toca coincidir en la misma habitación.
—Yo no sabía—, Manuel retrocedió un par de pasos hasta que su cuerpo chocó con la pared.
—Ese es tu jodido problema Manuel, que nunca sabes nada— acorta la distancia entre ambos y toma con brusquedad la quijada del otro alfa—. Tu presencia me repugna y juro que voy a hacerte la vida imposible hasta que te vayas—, presiona con más fuerza su agarre.
—Solo déjame en paz...— cerró sus ojos dejando escapar algunos quejidos a causa del dolor que su agarre provocaba.
—Esta es la guerra Manuel— lo suelta y voltea rápidamente para abandonar la habitación.
Valentín cerró la puerta abruptamente y se alejó lo más que pudo de la habitación. No podía creer que la vida fuera tan mierda, por que de todas las personas tenía que encontrarse con Manuel, ese maldito alfa maricon al cual odiaba con su alma.
Se encaminó al quinto piso donde se quedaba Daniel, su mejor amigo. Golpeó reiteradas veces la puerta hasta que el alfa le abrió. Sin decir palabra alguna se adentró en la habitación de este.
— ¿Pasa algo Valentín?— La extraña actitud de su amigo lo confundía bastante.
—Si, ¡pasa que la vida es una jodida mierda!— Golpea la pared con su puño.
— ¡Hombre, cálmate y dime qué a pasado!— Daniel se sienta en su cama y observa al rubio con preocupación.
—Manuel Vains, ese maldito alfa maricon del instituto es ahora mi compañero de habitación. ¿Te das cuenta lo que eso significa?— Se queja molesto.
—Ahora entiendo tu enojo, pero quédate tranquilo— una sonrisa siniestra se dibuja en su rostro— nos encargaremos de arruinarle la vida, te aseguro que se va si o si.
Mientras tanto, Manuel temblaba contra la pared mientras acariciaba su quijada con manos temblorosas. Pensó que su estadía en la universalidad sería tranquila, no esperaba hacer amistades, pero al menos esperaba estar a salvo. Con pasos torpes se encaminó al baño, donde observó su rostro en el espejo.
El agarre de Valentín dejaría marcas en su rostro, podía ver con claridad los cinco dedos marcados como un claro recordatorio de quién era su dueño. De pronto, sus ojos negros se empañaron a causa de las lágrimas, estaba solo, por lo que podía permitirse llorar.
Se dejó caer en el piso y abrazó con fuerza sus propias piernas, comenzando a llorar como si de un niño chiquito se tratara. Se sentía tan sólo, tan desprotegido y a la deriva. Estaba tan cansado de vivir en alerta, vivir con miedo y escondido. Ya podía anteponer el futuro y tenía claro que su paso por la universidad sería un verdadero infierno y una vez más, Valentín sería su verdugo.