Capítulo 13

2004 Words
Una vez en casa se encerró en el baño, se desnudó y hechó la ropa en un cesto de mimbre que se encontraba junto a la vieja lavadora. Se metió en el diminuto cubículo de la ducha y abrió el grifo dejando caer el agua fría contra su piel, solo ahí, en ese momento tan íntimo y a solas se permitió llorar. Perdió la cuenta del tiempo que pasó ahí de pies, inerte bajo la lluvia artificial de la regadera con la mirada fija en los azulejos del piso y su mente empeñada en torturarlo, proyectando una y otra vez el suceso de hace unas horas. Sábado por la noche, el frío afuera era insoportable y pese a cargar la suficiente ropa sentía como la fría ventisca de julio le calaba en los huesos. Por enésima vez frotó sus manos con el propósito de brindarles algo de calor por la constante fricción, necesitaba dejar de sentir sus dedos entumecidos. Internamente maldecía una y otra vez a Mateo, solo era un crío de catorce años y ya andaba en fiestas bebiendo y trasnochando, algo que por cierto él jamás hizo. Chasqueó la lengua molesto mientras avanzaba a paso rápido por las desoladas calles de aquel lujoso barrio residencial. Ya faltaba poco, podía oír la música desde donde estaba por lo que aceleró el paso. Finalmente llegó, el olor de tantos alfas y omegas comenzaba a marearle y a revolverle el estómago. Reconoció a un par de chicos que bebían en la entrada, eran de su salón. Los observó un par de segundos pero al ver que le correspondían la mirada agachó la cabeza colándose con prisa entre la multitud de jóvenes. En tales circunstancias era muy difícil encontrar a Mateo, además no podía detectar su aroma entre tantas personas y el intenso aroma alcohol y marihuana lo volvían una misión aún más imposible. Se acomodó en uno de los pasillos de la casa, estaba oscuro y casi no transitaban jóvenes por él, sacó su teléfono celular del bolsillo de su campera y le mandó un mensaje al menor, mensaje que fue leído inmediatamente más no respondido. Comenzaba a frustrarse e irritarse, no se sentía nada seguro en un sitio como ese. Era el alfa más odiado del instituto solo por no cumplir un estereotipo, por lo que estar en un ambiente rodeado de adolescentes y sin la supervisión de adultos le volvía un blanco fácil. Decidió abandonar el pasillo y adentrarse en la sala, era inevitable avanzar sin pasar a llevar a nadie, aunque realmente su única preocupación era encontrar a su hermano y salir de ahí. De pronto, entre las parejas que bailaban sumamente a gusto divisó a, Valentín y Daniel. Bailaban sumamente pegados, Valentín dejaba besos por su cuello mientras que Daniel reía debido a las cosquillas que este le hacía. Manuel, no se atrevió a avanzar un centímetro más, se estancó en ese sitio mientras observaba la escena de la pareja. En ese momento deseaba llorar, gritar, tomar a Daniel del cuello y golpear su bonita cara hasta desfigurarla, patear su abdomen hasta asegurarse de que quedaría estéril y finalmente gritarle a la cara cuánto lo odiaba. Daniel, se percató de la penetrante mirada de Manuel. Correspondió a esta con un aire desafiante, buscando marcar territorio. Él no era idiota, sabía perfectamente que ese repulsivo alfa estaba enamorado de Valentín, su Valentín y no permitiría que contaminara a la persona que amaba, a quien el destino eligió para él. Tomó las mejillas del alfa entre sus manos acariciándolas con sus pulgares, Valentín lo observaba embobado y Manuel en ese momento sintió envidia, a él jamás le miraría del mismo modo, jamás llegaría a amarlo como amaba a ese estúpido omega. De pronto el rubio se percató de la presencia de Manuel, de reojos lo observó y pudo apreciar su expresión desilusionada. No debería de sentirse mal por ello, sin embargo una fuerte presión en su pecho le indicaba que si Manuel estaba mal, todo estaba mal. Al notar que el otro alfa se escabullía entre las personas con dirección a la salida decide apartarse de Dani, necesitaba salir de ahí, alcanzarlo y consolarlo. Su lado racional le exigía que no lo hiciera, ese chico era otro alfa, la vergüenza de la especie y él no tenía por qué darle consuelo, no teniendo a un omega entre sus brazos. Pero su lobo interior interno no estaba de acuerdo, le exigía ir tras él y averiguar qué pasaba. —Dani, espérame—. Se separa lentamente de él—. Voy al baño, acomodate por ahí que cuando vuelva nos tomamos algo. —Dale, pero no te demores—. Se impulsa sobre la punta de sus pies para besar los labios del alfa—. Mirá que me aburro y si me aburro sabes que me pongo re loco—. Esbozó una traviesa sonrisa para después separarse. Valentín se abrió paso entre la gente avanzando con largas zancadas, su único objetivo era alcanzar a Manuel. No sabía muy bien que hacer cuando lo lograra, pero ya abría tiempo para planear algo, algo coherente y lo suficientemente creíble. Al llegar al patio delantero de la casa notó a un grupo de alfas rodear a alguien, desde dónde estaba era complicado distinguir a la víctima. Ignoraría aquella situación, no era asunto suyo y no tenía por qué involucrarse en problemas. De pronto, un intenso aroma cítrico que a cada segundo se tornaba más agrio invadió sus fosas nasales, ahí supo inmediatamente de quién se trataba. Una vez más, preso de sus impulsos se acercó a aquel grupo y sin hablar siquiera empujó a uno de ellos, lo hizo con tal fuerza que el sujeto cayó al piso. Los otros alfas centraron su mirada en él, serían cinco contra uno, una pelea algo injusta más no imposible de ganar. — ¿A quién te pensás que venís a empujar? —El sujeto que estaba en el piso se puso de pie devolviéndole el gesto. —A vos forro de mierda, tremendos maricones son— se tambalea por el empujón que el otro le dio—. Es de cagones meterse con un pendejo como este y en patota—. Les dedicó una sonrisa burlona. Las palabras de Valentín fueron el detonante para que el caos se desatara. El primer golpe impactó contra su quijada y el siguiente contra su abdomen, todo pasó tan rápido que no le dieron tiempo a reaccionar, además los efectos del alcohol y de los potros qué se había fumado le pasaban la cuenta. Manuel, podía sentir el miedo y la adrenalina recorrer sus venas, necesitaba ayudar a Valentín, no podía permitir que lo lastimaran. Entre la desesperación del momento tomó una botella de whisky y la reventó contra la cabeza del alfa que sostenía a Valentín. Ese era el momento perfecto para escapar, dejó de lado el miedo y con seguridad tomó la mano de Valentín, para luego correr con todas sus fuerzas. Ambos corrían tomados de la mano, los otros alfas los siguieron un par de cuadras hasta que lograron perderlos de vista. La condición física de Manuel era pésima, sentía todo su cuerpo temblar y el corazón a punto de explotar a causa del esfuerzo realizado. Valentín notó su estado, inevitablemente se sintió preocupado por lo que detuvo su andar. — ¿Te sentís bien? —Posó una de sus manos en la mejilla del menor acariciando cuánto podía con su pulgar. —Me... Me duele— jadeaba a causa del cansancio. — ¿Qué te duele, Manucho? —Fijó su mirada en la del contrario, perdiéndose en el mar oscuro de sus ojos. —Las costillas— su respiración se normalizaba poco a poco—. No acostumbro a correr—, masculló bajito—. Gracias, por salvarme de esos pelotudos. Valentín no dijo nada, las palabras simplemente no salían de su boca. Cerró los ojos un momento tratando de escapar del hechizo de sus ojos, sin embargo todo olía a Manuel. Ese aroma a mandarinas lo estaba volviendo loco y a cada segundo se hacía más intenso. No era el lugar ni el momento, pero deseaba poseerlo, tomarlo, que fuera completamente suyo. — ¿Valen, vos estás bien? —Los dedos fríos de Manuel recorrieron su quijada, donde fuera que tocase quemaba. Valentín no pudo más, cegado por sus deseos lo empotró contra la pared y besó sus labios con auténtica desesperación. En un principio Manuel se negó, forcejeó con el mayor en un intento de quitárselo de encima. Valentín no se apartó, por el contrario pegó su cadera contra la del contrario haciéndole sentir su erección en un delicioso roce. Manuel cerró los ojos y jadeó avergonzado, la situación comenzaba a calentarlo bastante por lo que terminó entregándose al tumulto de emociones que el rubio provocaba en él. Ambos estaban excitados y ambos deseaban lo mismo, poder fundirse en la piel del otro. Sin emitir palabra alguna Valentín tomó la mano del contrario y lo guió hasta la avenida, tomaron el primer taxi vacío que encontraron dirigiéndose a la casa de Manuel. Entre besos y caricias se encaminaron hasta el cuarto piso, con manos temblorosas Manuel introdujo la llave en la cerradura, dio un par de vueltas pero la puerta no cedía. Al ver el estado en que el alfa menor se encontraba, Valentín dejó salir una risita floja. Con delicadeza lo apartó y se encargó de abrir la puerta, apenas ingresaron se devoraron la boca a besos mientras sus manos palpaban cuánto podían del cuerpo del otro. De pronto, la luz se encendió y un jadeo en señal de frustración salió de la boca de ambos al ver a Mateo frente a ellos. —Manuel—. Expulsó de manera tan tosca su nombre, que el nombrado agachó la cabeza avergonzado. Mateo no sabía cómo sentirse al respecto, en ese momento lo embargaban tantos sentimientos juntos que le agobiaban. Valentín, evidentemente molesto se marchó. No hubo despedidas ni mucho menos explicaciones, aunque Manuel comprendía que no era el momento. Quizás, luego podrían hablar con calma de lo acontecido. Ahora era momento de dar explicaciones y no de recibirlas. —Teo, escúchame, dejá que te explique todo—. La voz de Manuel temblaba, no sabía con exactitud que decir. Amaba a Mateo, lo amaba tanto, no deseaba perder a la única persona especial de su vida. — ¿Qué me vas a explicar? ¡Sos un pelotudo, Manuel! Ese chabón te trata para el orto, más de una vez te ha pegado, te humilla frente a todos y más encima lo traes a tu casa para que te garche. Anda a cagar. No sabía que estabas tan necesitado por una pija—. Simplemente explotó, preso de sus celos dijo mucho más de lo que quería sin importar que sus palabras lastimaran al mayor. Mateo tomó su chaqueta y se la puso, pidió un uber y salió del departamento dando un estrepitoso portazo al salir, sobresaltando a Manuel con el golpe. Manuel, desesperado salió tras el menor, si le permitía irse en ese momento no solo lo estaría perdiendo, además se ganaría un castigo por parte de Pedro. Alcanzó a Mateo en las escaleras, dudoso tomó su mano obligándole a detenerse. —No te vayás, hablemos. Por favor, Teo —. Susurró con un hilo de voz. — ¡No me toqués, puto de mierda! —Giró dispuesto a partirle la cara de un golpe, pero al verlo ahí, tan vulnerable, con las lágrimas empapando sus mejillas, ante esa imagen no pudo. Se sintió tan jodidamente mierda que no dudó en romper la distancia y abrazarle con fuerza. Desde niños, jamás soportó ver a Manuel llorar, mucho menos soportaría ser él quien ocasionará esas lágrimas. Abrazados volvieron al departamento, Mateo canceló el Uber y se metió a la cama con Manuel. No tocaron más el tema, simplemente se acurrucaron uno junto al otro disfrutando del calor que emanaba el cuerpo contrario. Continuará...
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