Capítulo 2.

2311 Words
Suelto un suspiro profundo y mis hombros caen derrotados mientras me miro en el espejo, mis manos alisando las imperfecciones invisibles en mi abdomen. No reconozco a la persona que está frente a mí, pero su rostro es muy parecido al mío. Sus ojos se ven profundos y tiene una mirada intensa bajo esa espesa mata de pestañas postizas. Las pecas en su nariz son casi invisibles por el maquillaje y sus labios bien formados están pintados de un llamativo color rojo mate que combina con el vestido. Su cabello está sujeto con horquillas en un lado y cae suelto y en hondas sobre su hombro izquierdo. Ella luce lujosa. Hannah aparece detrás de mí en el espejo y sonríe, sus manos me toman por los hombros. —Me encanta ese color para ti. El vino tinto hace que tu tono de piel resalte mucho más. Miro hacia abajo en el espejo. El color borgoña del vestido hace que mi piel se vea un poco más pálida de lo que realmente es. Me gusta el vestido. Es modesto y aunque es un poco ajustado, no llega al límite de ser incómodo. La falda del vestido cae suavemente sobre mis muslos y llega hasta arriba de mis rodillas. —Gracias por prestármelo —le digo. Ella se encoge de hombros y se aleja de mí, acercándose a su tocador para terminar de maquillarse. Entrelazo mis dedos detrás de mi espalda y recorro la habitación con cuidado, mirando todo otra vez. Después de clases, Hannah y yo hemos dejado la residencia estudiantil y solo pude tomar mi teléfono y mi cargador antes de que ella prácticamente me arrastrara hasta su automóvil, argumentando que yo no necesitaría nada de mi ropa porque ella podría prestarme. El departamento está situado en un edificio en un barrio exclusivo de la ciudad. —¿El departamento es tuyo? —le pregunto, parándome junto a la ventana. Abro un poco la persiana para observar, pero no veo a nadie caminando por la acera, sin embargo, hay uno que otro coche estacionado a la orilla de la calle. —No realmente —Hannah responde. Me giro para mirarla y ella se está aplicando máscara de pestañas— Alessandro lo alquila para mí. Me atraganto con mi propia saliva y toso antes de aclararme la garganta. —Perdón, ¿qué? Ella ríe. —Si él quiere tenerme, él tiene que hacer algunos sacrificios, ¿no? —Sí, pero… el alquiler debe costar una fortuna… —yo susurro. —Para nosotros es una fortuna, sí —ella está de acuerdo conmigo— Pero para él no. —¿Es aquí dónde vienes todos los fines de semana? —Síp —ella truena los labios mientras se difumina el lápiz labial con el dedo antes de aplicarse gloss— Tengo que mantener a mi hombre feliz, ¿verdad? Sonrío con los labios apretados, un poco incómoda. Ella lo menciona como algo tan natural y yo todavía estoy cuestionándome si fue buena idea aceptar todo esto. No es como si yo tuviera otra cosa más divertida que hacer un viernes por la noche además de mirar alguna película y quedarme dormida a la mitad, pero, aun así, esto sigue sintiéndose extraño. Tomo mi teléfono y me recargo en la pared solo con la intención de mantener mi mente ocupada y no pensar tanto en esto porque si lo sigo haciendo terminaré arrepintiéndome. Le lanzo una mirada a Hannah y cuando me cercioro que ella está ocupada retocando su maquillaje, yo ingreso a su perfil de i********:. Busco en sus seguidos la cuenta que me ha enseñado la otra noche, pero no logro encontrarlo así que me desplazo a sus seguidores y obtengo la misma respuesta. Nada. Ella no sigue a Alessandro y él tampoco la sigue a ella. Escribo el nombre de Alessandro Roscoe en el buscador de Google y me aparecen un sinfín de artículos, entrevistas recientes y hasta una biografía en Wikipedia. ¿Él es una clase de celebridad o algo por el estilo? Selecciono la sección de imágenes y escroleo hasta que me detengo en una fotografía donde Alessandro está con otro hombre. Alessandro sonríe, pero el otro hombre se mantiene con una expresión neutral y casi aburrida, como si realmente no quisiera estar ahí posando para una foto. Su rostro bien afeitado muestra una mandíbula definida coronada con unos labios rosados. Pero lo que más me llama la atención son sus ojos. Sus ojos son de un marrón común, pero su mirada es tan intensa que se me eriza la piel. Leo el pie de página y presiono el enlace que me llevará directamente al artículo. —Estoy lista. La voz de Hannah estalla mi pequeña burbuja y yo maniobro con mi teléfono en el aire antes de poder agarrarlo y bloqueo la pantalla como si yo fuera una adolescente que fue descubierta por su madre viendo contenido para adultos. Mi compañera se ríe y me mira, un poco desconcertada y burlona al mismo tiempo. —¿Estás viendo algo que no deberías ver, niña? —ella me pregunta. Me sonrojo y me aclaro la garganta mientras enderezo mi espalda. —No, simplemente me asustaste —Sí, claro, como tú digas —rueda los ojos y toma su pequeño bolso Louis Vuitton— Lo mejor es que nos vayamos. El tráfico es un poco tedioso a esta hora. Tomo el bolso que ella me ha prestado y la sigo fuera de la habitación. Estoy tentada a desbloquear mi teléfono y seguir revisando, pero me contengo y guardo el teléfono en el bolso de mano, cerrando el broche. Hannah toma las llaves de su coche, teclea un par de números en el panel de la alarma de seguridad y después abre la puerta, enseñándome con un gesto a que yo salga primero. Ella presiona el botón del elevador y unos segundos después, la musiquilla suena y las puertas se abren. Ambas entramos y Hannah presiona el botón correspondiente al estacionamiento y las puertas vuelven a cerrarse y el elevador comienza a descender. —Entonces… ¿debo buscar algún otro nombre para mí? ¿Cómo una doble identidad o algo así? Hannah gira lentamente su cabeza hacia mí y se ríe. Yo sonrío, sintiéndome un poco tonta. ¿Estuvo mal que le haya preguntado eso? —¿Por qué deberías hacerlo? —ella me pregunta. Me encojo de hombros y acomodo el escote en forma de corazón del vestido. No me siento incómoda usándolo, pero mis senos son un poco más pequeños que los de Hannah y, bueno… queda un poco de espacio libre allí. —No tienes que buscar un nuevo nombre para ti, Aster —ella me dice— Ambas somos mayores de edad y hemos sido invitadas a una fiesta de beneficencia —En realidad, tú has sido invitada —la corrijo. —Y yo te he invitado a ti, así que, es lo mismo —replica y cuando las puertas del elevador se abren en el subterráneo, ambas salimos—. Pero si cambiar tu nombre te hace sentir un poco menos incómoda, puedes hacerlo. Solo asegúrate de decírmelo antes de que lleguemos allá. No quiero meter la pata y llamarte por tu verdadero nombre. Hannah presiona un botón en su llavero y las luces de su coche se encienden, desbloqueando las puertas. Me subo en el asiento del copiloto y me aseguro de que no haya quedado un mal doblez en el vestido antes de abrochar el cinturón de seguridad. —Lo siento, es que estoy un poco nerviosa… —le confieso. Ella presiona el botón de su coche automático y el motor ronronea unos segundos después antes de que ella empuje hacia atrás la palanca de cambio y salga de su espacio en el estacionamiento. Hay un aroma delicioso en el interior del coche. Es como una mezcla de cuero y galletas de navidad. Me fijo en las chucherías que cuelgan en el espejo retrovisor; un pino con olor a manzana y canela, una fotografía polaroid de ella y su hermana menor y una cadena con un anillo. —Yo también estaba un poco nerviosa la primera vez que hice esto —Hannah dice y le agradece con una sonrisa al guardia de seguridad que ha abierto el portón automático para ella. —¿Quién fue tu primer… —dudo unos segundos antes de decir la siguiente palabra— cliente? —Maurice Clarsson —ella dice. —¡¿El ministro Clarsson?! —exclamo y mis ojos parece que quieren salir de mis cuencas— ¿Estás tomándome el pelo? Hannah niega con la cabeza y me lanza una mirada juguetona antes de volver la vista al frente mientras conduce. Su mano izquierda sostiene el volante con soltura mientras que su mano derecha descansa sobre su muslo desnudo. —Te estoy diciendo la verdad —¿Y cómo lo conociste? El ministro Clarsson es un político que además de guardarse unos cuantos millones de dólares del Estado en los bolsillos, también es conocido por ser bastante… ojo alegre. Es una lástima para su esposa, si me lo preguntan. —Lo conocí en un viaje a Nevada. Yo había ido con mis padres de vacaciones y mientras ellos apostaban jugando al póquer, yo vagaba por el casino. Maurice estaba en una mesa del sector VIP y me invitó un trago —ella me cuenta— Lo reconocí de inmediato, pero quise fingir que no lo conocía. Y antes de que mis padres y yo volviéramos al hotel, él me dio su tarjeta. Suelto una pequeña carcajada y me cubro la boca con el dorso de la mano, mirándola hacia el lado. —¿Lo llamaste esa misma noche? —le pregunto. —Nah —ella suspira y arruga un poco la nariz— Lo olvidé por completo. Encontré su tarjeta en mi casa cuando ya habíamos vuelto de las vacaciones. Le envié un mensaje de texto y yo sabía que posiblemente él no se acordaría de mí porque, vamos, ¿realmente es importante una chica ordinaria que conoces en la ciudad del pecado? Pienso en sus palabras y ella tiene razón. Las personas que no están frecuentemente involucradas en el mundo de esos hombres millonarios son como estrellas fugaces. Cautivantes por unos segundos y después olvidadas. —¿Y cómo saliste con él entonces? —No creas que acepté reunirme con él el primer día que hablamos —me aclara. Ella detiene el coche en un semáforo en rojo y presiona el intermitente para señalar su cambio de carril— Me invitó a salir un par de veces y cuando se dio cuenta que yo desconfiaba, me dijo que podíamos ir a cenar y si llevar a alguien conmigo me hacía sentir más cómoda que lo hiciera. Yo fui con una amiga en ese entonces y él fue con su hijo mayor —ella rueda los ojos— Un cretino, si me lo preguntas. Arrugo mi nariz. Conozco la reputación del hijo de ese hombre y no es del todo buena. —¿Entonces? —insisto para que ella continúe. Hannah se ríe mientras observa por el espejo lateral y acelera, cambiándose de carril y adentrándose en la autopista que nos llevaría a nuestro destino. —Salimos solo un par de veces. Resulta que el ministro Clarsson no es de los trigos muy limpios y es de esa clase de hombres que piensa que solo por invitarte a cenar, tú ya tienes que abrirte de piernas —Típico —comento, rodando los ojos. —Lo sé —Hannah bufa—. Me dejó de insistir cuando le dije que, si no me dejaba en paz, le contaría todo a su esposa. Era periodo de elecciones, así que, un escándalo de esa índole no sería muy bien vista en su campaña política” Seguimos conversando sobre eso el resto del viaje y en ese momento yo me olvido por completo que ella y yo estamos yendo a un lugar del cual yo no estaba muy convencida al inicio. Me sumerjo en sus historias y las vivo como si fueran mis propias vivencias, preguntándome internamente que habría hecho yo en su lugar. Posiblemente y para mi mala suerte, creo que yo hubiera cedido porque a diferencia de Hannah, a mí me cuesta respetar mis propios límites y cada vez que digo “no” a algo que realmente no quiero me siento mal. No me gusta quedar mal con las personas y mi deseo de complacer me juega en contra muchas veces. Eventualmente, Hannah comienza a disminuir la velocidad cuando ingresa en una zona privada. Los árboles crean una barrera natural a cada lado de la autopista y la luz del sol apenas alumbra el camino. —Joder… mierda, joder, joder… —yo murmuro cuando siento que el estómago se me aprieta en un nudo doloroso. Hannah se ríe. —Tranquila, todo saldrá bien —ella me toma la mano y se la lleva a los labios, besando el dorso de mi mano y manchándolo con su gloss rosa— Solo tienes que ser tu misma y disfrutar. Eres encantadora, Aster La miro, un poco dudosa. —¿Y si no logro adaptarme del todo? —le pregunto, la culpa se refleja en mi tono de voz y mi mente crea escenarios catastróficos— ¿Y si lo arruino? Ella estaciona el coche y por el vidrio frontal logro ver a un hombre vestido de traje acercarse al coche. Hannah se desabrocha el cinturón de seguridad y toma su bolso. —Si te sientes demasiado incómoda, solo tienes que decírmelo y nos iremos. —¿De verdad? —Lo prometo —me asegura y me sonríe—. Ahora, mueve ese lindo trasero fuera de mi auto y vamos. Tengo sed y hay un montón de champán esperándonos.
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