—No me refería a eso —repuso Pietro un poco contrariado—, yo solo pretendía hacer alusión al s**********o y al poder. Desde este punto de vista estaréis de acuerdo en que Grecia perdió su independencia.
—Políticamente sí. Culturalmente se expandió mucho más de lo que jamás se hubiese podido prever. Roma ostentaba el poder, o casi se podría decir que lo detentaba, porque la voluntad, la verdadera voluntad provenía de las corrientes griegas de sabiduría.
—Pero las fronteras…
—Ya veo que eso es lo único que te interesa. Sí, el imperio…, el magnífico imperio con el que sueñas…, tu imperio, se ensanchó.
El carácter de Pietro se fue cerrando más aún, y dado que don Giovanni no le decía lo que él quería oír, sino que lo despachaba con las palabras que su saber le indicaba, su gusto por charlar con él sobre Roma fue desapareciendo. A ello contribuyó, sin duda, el vínculo que entre don Cátulo y él se había ido formando a base de charlas, almuerzos, y, sobre todo, al hecho de que ambos pensaban igual. El cardenal, debido a sus años y a su larga experiencia en la vida, era más comedido en sus expresiones, pero Pietro, al ver que le prestaban oídos, se deshacía en elogios triunfalistas que su tío jaleaba. Se hablaban, se convencían y se envenenaban mutuamente. Las palabras de Pietro infundían ilusión en el cardenal, y las de don Cátulo dejaban en el sobrino un poso de seguridad que, cada vez con más frecuencia, le hacía desfigurar la realidad.
Así pasó mucho tiempo; tanto que Pietro dejó de tener edad para instructores y se vio obligado a elegir entre irse a estudiar a una de esas universidades de cuño aristotélico o incorporarse a los negocios de la casa. Su madre le insistió para que continuase su formación y se preparase debidamente para intervenir en los negocios familiares, pero él, molesto por tener que doblegarse al helenismo, se excusó diciendo que había estudiado con mucho empeño desde bien chico, y que su preparación difícilmente mejoraría sometiéndose a la disciplina de una institución antigua. Doña Julia le pidió consejo a don Giovanni, y, a pesar de que ambos creían conveniente que saliera de casa y se relacionase con otra gente, el maestro se avino a reconocer que su preparación era equivalente a la de cualquier otro joven de principal familia.
Pietro saboreó este pequeño triunfo y se entregó a la disciplina del trabajo. Al principio, dada la inexperiencia de su hijo, doña Julia le encomendó las tareas más sencillas y rutinarias. Archivaba a diario cantidades ingentes de papeles cuyo contenido y significado desconocía, concertaba o cancelaba las reuniones de su madre, andaba de recadero para arriba y para abajo, y actuaba de escribiente cada vez que era necesario redactar algún documento. Nada importante, nada que no pudiera hacer cualquier hombre por cortos que fueran sus conocimientos. Sin embargo, a pesar de lo sencillo de las encomiendas, doña Julia notaba que Pietro no se mostraba tan diligente como sería deseable, y andaba casi todo el día sumido en ensoñaciones que le restaban tiempo de su trabajo. Así, si la cuestión era redactar un contrato que a nadie le llevaría más de una hora, él gastaba tres; si la cuestión era desplazarse al otro extremo de la ciudad para efectuar un pago, él perdía la jornada completa; y si su misión era concertar un almuerzo con este o aquel armador, lo hacía con tanta pereza que en más de una ocasión se quedaron negocios sin finar. Don Cátulo le requería constantemente a su presencia. Cuando no era así, ya se encargaba él de hacerse presente con cualquier excusa. Los negocios carecían por completo de interés, no le motivaban. Ni siquiera las recomendaciones del cardenal para que se aplicase lo necesario para satisfacer a su madre sirvieron de nada. La compañía aseguradora era muy rentable, pero le parecía extremadamente aburrida; el banco producía unos beneficios fabulosos, pero las cuestiones monetarias le parecían demasiado vulgares; en cuanto al resto de los negocios, los veía excesivamente alejados de una mente como la suya. Doña Julia protestaba, don Cátulo le reconvenía con moderación y, entretanto, Pietro seguía pensando en la antigua Roma.
—Imaginaos, tío, cómo os habría quedado la toga pretexta de haber vivido en aquella época —comenzó diciéndole Pietro al cardenal—; a buen seguro, los tonos púrpura os habrían favorecido.
—Imagínate tú con la toga viril —respondió don Cátulo con los ojos encendidos—. Imagínate vestido de blanco y agitando los amplios pliegues al caminar. ¡Eso sí que era distinción! Ningún color se asemeja al blanco en elegancia; ninguna otra prenda ha sido capaz de dar empaque a un hombre. La toga viril constituía la imagen de la decisión, del coraje y de la ambición. Tú sabrías llevarla. Sí, te quedaría bien.
—¿Eso creéis? Si pudiera viajar en el tiempo hoy mismo me trasladaría a la época gloriosa. ¡Oh, Roma! ¿Qué ha sido de ti?
—Viajar en el tiempo… ¡Qué bonita ilusión!
—Ya sé, ya sé que es imposible, pero si al menos tuviera poder, ¡si yo tuviera poder!
—Tienes acceso a él y lo desprecias. Tu madre es una mujer influyente, tú podrías serlo también. Yo te ayudaría.
—No es ese poder el que a mí me gustaría. Yo hablo de poder político, de poder militar, de poder sobre las cosas y las personas.
—Buen pensamiento es ese. Eres ambicioso, con un poco de ayuda conseguirías grandes cosas. Pero, dime, aún no me has respondido, ¿qué harías con ese poder?, o mejor, ¿qué haríamos? Yo soy mucho mayor que tú, pero también me gusta la gloria.
—No sería para mí el beneficio. Yo lo haría todo por la nación, por una gran nación.
—Por un gran imperio, quieres decir.
—Sí, eso justamente. Un gran imperio, una réplica exacta de lo que fuimos.
—¡Magnífico pensamiento! Me congratulo de que tu testa albergue tales ideas. ¡Qué lástima que quede tan alejado de nosotros!
—De mí sí, tío. Un cardenal del Vaticano siempre puede maniobrar.
—¿Qué insinúas?
—Nada. Nos conocemos bien y pensamos igual. Deseáis el poder tanto como yo.
Doña Julia comenzó a desesperarse cuando el abuelo la puso en aviso de que algo no funcionaba bien en la cabeza de Pietro. Confesó entonces que las ensoñaciones permanentes de su nieto eran debidas a que su cerebro y su cuerpo no iban a la par, y que si bien su ser externo vivía y comía con ellos, su cerebro se evadía y viajaba varias veces al día a la antigua Roma. De ahí que se hubiese convertido en un hombre inexpugnable y arisco, de ahí que le interesasen tan poco las cosas que le importaban al resto de los mortales.
—¿Desde cuándo? —preguntó la mujer resignada—. ¿Desde cuándo y por qué?
—Diría que desde siempre. Yo lo he alentado, lo reconozco, pero nunca pensé que su fervor fuera tal. Le fascina el poder, las hazañas bélicas y las grandes conquistas; me temo que se está radicalizando con el paso de los días. De seguir así, podría desembocar en un pernicioso nacionalismo.
—Bobadas. Lo que ocurre es que se ha convertido en un hombre y yo no me he dado cuenta. Lo tengo todo el día haciendo tareas estúpidas y aburridas, no le pido consejo nunca ni me dirijo a él para hablar de cosas importantes. Responsabilidad, eso es lo que necesita. Seguro que si le proporciono una ocupación que no le deje tiempo para pensar conseguiré transformarle. Le daré a elegir. Le dejaré que se haga cargo del negocio que más le satisfaga; si aun así no hay ninguno que le proporcione suficiente motivación, le facilitaré los medios para que inicie cualquier otro que sea de su gusto.
Pietro se mostró reticente a dirigir cualquiera de los negocios que doña Julia puso a su disposición, y más por mostrarse condescendiente que por intereses económicos, aceptó finalmente que su madre le proporcionase el capital suficiente para abrir una imprenta. No supo explicar por qué eligió ese negocio y no otro, o mejor dicho, no quiso explicarlo convenientemente, ya que la romántica idea que le rondaba en la cabeza era la publicación de libros que difundieran el perdido espíritu de grandeza.
Al principio fue discreto y junto con esos libros propagandísticos publicaba tratados de ciencias y filosofía que encontraban fácil acomodo entre las familias pudientes. Luego su mente se fue nublando y, animado por los consejos de don Cátulo, se volcó en la distribución de biografías de los grandes cónsules y de títulos que contenían narraciones detalladas de decenas de batallas ganadas por los ejércitos romanos. Prestaba poca atención a los libros de contabilidad y demasiada al contenido de los trabajos que publicaba. Discutía con frecuencia con doña Julia ante la falta de beneficios de una imprenta montada con los últimos avances del momento. Cuando esto sucedía, que era con mucha frecuencia, corría a refugiarse en los brazos comprensivos del cardenal. Don Cátulo hacía como siempre, una suave reprimenda y luego a hablar de los años dorados.
—¡Conseguidme poder! ¡Conseguidme poder! — exigió Pietro a su tío en una ocasión en la que su madre se había ensañado con él—. Conseguidme poder para llevar a cabo mi gran sueño. Yo no he nacido para pasarme la vida entre papeles y relaciones de conveniencia. Me aburren los negocios y he llegado a la conclusión de que son un entretenimiento que no necesito. La grandeza de Roma es lo único que me interesa, lo único por lo que daría la vida. Un negocio es algo insignificante que carece de relevancia. Imaginaos, tío, al lado de César durante la conquista de las Galias. ¿No es eso grandeza? ¿No es eso importante? César, ¡el brillante César! —dijo ahora Pietro con tanto ímpetu que consiguió arrancar un profundo suspiro del cardenal—. Mirarle a los ojos, imaginar lo que pasa por su cabeza, observar sus gestos… ¿Qué me decís, tío? ¿Haréis eso por mí?
—Lo haría, no te quepa duda, pero creo que sobreestimas mi influencia en la sociedad. Tengo acceso a principales hombres, puedo pedir o incluso exigir favores de crecido precio, pero dudo mucho que pudiera conseguir algo para ti. Además, qué le diría a la gente, ¿que mi sobrino tiene ambiciones militares y que persigue una utopía?
—¡Utopía! Eso mismo pensaban los que desconfiaban de César, y se equivocaron. Después de todo, ¿qué es una utopía?, ¿es algo irrealizable o es simplemente algo que nunca se ha intentado? Yo podría hacer grandes cosas —añadió ahora casi fuera de sí—, podría emular a los grandes héroes; solo necesito un poco de ayuda.
—Me conmueve tanto empuje. No sé qué decirte. Quizá si yo fuese más joven…
—Escuchad, solo escuchad y dejad que el espíritu glorioso os inflame el pecho. César llegó a Francia en el año 58. Pero no a la Francia que hoy conocemos, sino a un territorio que ni siquiera se había constituido como nación. Estaba formado por tribus celtas diseminadas por toda la geografía; aunque no había un gobierno único que las dirigiera, tenían tan arraigadas las costumbres que todas ellas actuaban como dirigidas por la misma voz. Eran belicosos, obstinados y defendían sus tierras con tanto ímpetu que en más de una ocasión hicieron peligrar la campaña. César analizó la situación e hizo balance; las cuatro legiones de que disponía parecían pocos efectivos para una guerra de conquista, mucho menos si tenemos en cuenta que el norte de Francia era completamente desconocido. ¿Qué hizo entonces?
—Dividir —aseveró el cardenal ilusionado.
—Eso es, dividir. Se dio cuenta de que la sociedad gala estaba formada por nobles, druidas y pobres, y que solo con mantenerlos separados ganaría la guerra y anexionaría las Galias al imperio. Lo consiguió. Hizo lo que tenía que hacer y logró tanto poder que llegó a ser un problema incluso para los suyos, que trataron sin éxito de abortar su carrera. Nada consiguieron, como sabéis.
—Sí, claro. Tras salir vencedor de la guerra civil consiguió su nombramiento como dictador. Tienes razón ¡qué genio!
—Hombres así son los que hacen falta ahora. Hombres de arrastre y empuje que nos devuelvan lo que fue nuestro, lo que nos pertenece, lo que nunca debimos perder. Estas fronteras minúsculas que tenemos ahora no son las que en justicia nos corresponden. Es una humillación para los patriotas tener que resignarse a tan exiguo territorio. Somos el hazmerreír del mundo, tan pobres, tan venidos a menos. ¡Qué tiempos aquellos en los que Trajano gobernaba! Todo era nuestro: Trebisonda, Antioquia, Jerusalén, Tebas, Alejandría, Cirene, Trípoli y Cartago. Nuestros dominios rodeaban todo el Mediterráneo y llegaban incluso al mar n***o y al mar Muerto. ¡Hasta Britania nos pertenecía! Era el mundo conocido hasta esa fecha. Y todo, ¿para qué? Para llegar a donde estamos ahora. Nadie tiene más preocupación que la de llenar el buche a diario, tampoco los que mandan se ocupan de nuestro ánimo. La industria, la floreciente industria es lo único que interesa, y por ese camino no llegaremos sino a la miseria moral. La Toscana, Génova o Nápoles forman parte de la península itálica, pero de su pertenencia al imperio no queda ni el recuerdo. Los genoveses odian a los napolitanos y estos a los florentinos. ¡Somos una ruina y alguien tiene que enmendarlo! ¡Pedidle a Dios, rogadle que nos devuelva la grandeza!