El rostro de Alessia Fendi estaba marcado por la ira y la humillación cuando irrumpió en la casa familiar. La desesperación se agitaba en su pecho, alimentada por el rechazo y la traición que sentía hacia su hermano Alejandro. Empujó la puerta de la habitación de su madre con un movimiento brusco, encontrándola sentada junto a la ventana, una figura solitaria sumida en su propio mundo de tristeza. “¡Mamá! Alejandro me ha despedido, me ha humillado frente a todos. ¡Necesito que me escuches!”, exclamó Alessia, buscando desesperadamente algo de simpatía o apoyo. La señora Fendi, sin embargo, permanecía inmóvil, su mirada fija en el vacío más allá de la ventana. Las palabras de Alessia parecían no alcanzarla, perdidas en la distancia entre ellas. Frustrada, Alessia se acercó a su madre, implo

