Oí un murmullo procedente de la habitación contigua. Alargado, me levanté
del lecho precipitadamente.
Vi el látigo del maestro deslizarse a través del suelo de la habitación, como si
el viento lo hubiera arrastrado hasta aquí; se enroscó, se alzó y cayó en su mano.
La puerta interior de la alcoba situada detrás del maestro se cerró de un
portazo y el cerrojo se corrió emitiendo un sonido metálico.
Yo retrocedí espantado.
—Será un placer azotarte —afirmó él, sonriendo dulcemente; sus ojos traslucían una expresión casi inocente—. Considéralo otra experiencia humana,
como retozar con tu lord inglés.
—¡Adelante, hazlo! Te odio —contesté—. Soy un hombre, por más que te
empeñes en negarlo.
Él presentaba un aspecto a la vez prepotente y afable, pero era evidente que
aquello no le divertía.
Avanzó hacia mí, me agarró por la cabeza y me arrojó boca abajo sobre el
lecho.
—¡Demonio! —exclamé.
—Maestro —respondió con calma.
Acto seguido apoyó la rodilla en mi rabadilla y me propinó un latigazo sobre
los muslos. Por supuesto yo no llevaba nada puesto salvo las finas medias que
exigía la moda de la época, de forma que era como si estuviera desnudo.
Yo lancé un grito de dolor y luego apreté los labios. Durante la siguiente
tanda de latigazos me tragué las ganas de gritar pero no logré reprimir un
gemido, lo cual me enfureció.
El maestro descargó el látigo una y otra vez sobre mis muslos y mis
pantorrillas. Rabioso, traté en vano de incorporarme, apoyando los talones sobre
la colcha, pero no pude moverme. Él me tenía inmovilizado con su rodilla
mientras seguía azotándome con saña.
De pronto me rebelé como jamás lo había hecho y decidí poner en práctica
un jueguecito. Tenía los ojos llenos de lágrimas pero no estaba dispuesto a
quedarme ahí tendido y llorar desconsoladamente. Cerré los ojos, apreté los
dientes e imaginé que cada latigazo era de aquel color rojo divino que tanto me
gustaba, y que el lacerante dolor que experimentaba también era rojo, y que el
calor que abrasaba mis piernas después de cada a***e era dorado y dulce.
—¡Qué hermoso eres! —exclamé.
—¡Eso no te servirá de nada, niño! —replicó él.
El maestro siguió azotándome con renovada rapidez y violencia. Me dolía
tanto que no pude retener mis bonitas visiones.
—¡No soy un niño! —protesté.
En éstas sentí algo húmedo sobre mis piernas y supuse que era sangre.
—¿Es que vas a desfigurarme, maestro?
—¡No hay nada peor que un santo caído se convierta en un grotesco diablo!
Los latigazos no cesaban. Supuse que sangraba por varias heridas. Debía de tener las piernas llenas de hematomas. No podría andar durante varios días.
—¡No sé a qué te refieres! ¡Detente!
Por increíble que parezca, el maestro me obedeció. Yo apoyé el rostro sobre
el brazo y rompí a llorar. Lloré durante largo rato. Las piernas me escocían como
si él siguiera azotándome una y otra vez sobre el mismo lugar, pero no era así.
Confié en que aquel dolor desapareciera y en su lugar experimentara una
sensación cálida y agradable, como había experimentado durante el primer par
de azotes. Eso no me importaba, pero esto es terrible. ¡Lo odio!
De pronto se arrojó sobre mí. Sentí el delicioso cosquilleo de su pelo sobre
mis piernas. Sentí que sus dedos agarraban la malla rota de mis medias y me las
arrancaba rápidamente de ambas piernas, dejándolas desnudas. Luego introdujo
la mano debajo de mi túnica y me arrancó el resto de las medias.
El dolor se intensificó, pero luego remitió un poco. El aire aliviaba mis
heridas. Cuando sus dedos las acariciaron, sentí un placer tan terrible que no
pude por menos que gemir.
—¿Volverás a derribar mi puerta? —preguntó él.
—Jamás —murmuré.
—¿Volverás a desafiar mi autoridad?
—Nunca, te lo prometo.
—¿Qué más?
—Te amo.
—Ya.
—Te lo juro —dije, sorbiéndome los mocos.
Las caricias de sus dedos sobre mis heridas me deleitaban sin medida, tanto
que ni siquiera me atreví a levantar la cabeza. Apreté mi mejilla contra la
colcha bordada, contra la gran imagen del león cosida a ella, aguanté la
respiración y dejé que las lágrimas brotaran de mis ojos. Sentí una profunda
calma, un placer que me robaba el control de mis extremidades.
Cerré los ojos y sentí sus labios sobre mi pierna. Cuando me besó uno de los
hematomas, me sentí morir. Creí que iría al cielo, a un paraíso más excelso y delicioso que este paraíso veneciano. En mis partes íntimas sentí un cosquilleo
de vitalidad, una grata y pujante fuerza aislada del resto de mi cuerpo.
Sobre el hematoma fluían unas ardientes gotas de sangre. Sentí el tacto un
tanto áspero de su lengua al lamerla, chuparla, y un inevitable estremecimiento
que prendió fuego a mi imaginación, un fuego voraz que se extendió a través del
mítico horizonte en tinieblas de mi mente.
El maestro aplicó su lengua sobre otro hematoma, para lamer las gotas de
sangre que brotaban. El lacerante dolor desapareció y sólo experimenté una
pulsante dulzura. Cuando oprimió sus labios sobre el siguiente hematoma, pensé:
«No lo resisto, voy a morir.»
El maestro se desplazó rápidamente de una lesión a otra, depositando su beso
mágico y la caricia de su lengua, mientras yo me estremecía y gemía de placer.
—¡Menudo castigo! —exclamé de pronto.
Enseguida me arrepentí de haber soltado aquella impertinencia. Él reaccionó,
propinándome un feroz cachete en el trasero.
—No quise decir eso —me disculpé—. Me refiero a que no pretendí
ofenderte. Lamento haberlo dicho.
Pero él respondió con otro cachete tan violento como el anterior.
—¡Piedad, maestro! ¡Me siento confuso! —protesté.
El maestro apoyó la mano sobre la ardiente superficie que acababa de
golpear. Yo pensé: «Ahora me dará una paliza hasta dejarme sin sentido.»
Pero sus dedos sólo me rozaron la piel, que no estaba lesionada, sólo
caliente, al igual que los primeros hematomas producidos por los primeros
latigazos.
—Maestro, maestro, maestro, te amo.
—Bueno, eso no es de extrañar —murmuró sin cesar de besar y lamer la
sangre. Yo me estremecí bajo el peso de su mano sobre mi trasero—. Pero la
cuestión, Amadeo, es por qué te amo yo. ¿Por qué? ¿Por qué tuve que ir a
buscarte a aquel asqueroso burdel? Soy fuerte por naturaleza... sea cual fuere mi
naturaleza...
Me besó con avidez en un gran hematoma que tenía en el muslo. Sentí sus
labios succionándolo y luego su sangre mezclándose con la mía. El placer me
produjo una sucesión de descargas eléctricas. No vi nada, aunque creo que había
abierto los ojos. Traté de comprobar si tenía los ojos abiertos, pero sólo
vislumbré un resplandor dorado.
—Te amo, sí, te amo —respondió—. ¿Y por qué? Eres inteligente, sí, y
hermoso, sin duda, y en tu interior arden las reliquias de un santo.
—No sé a qué te refieres, maestro. Jamás fui un santo. No pretendo ser un
santo. Soy un ser irrespetuoso e ingrato. Pero te adoro. Me siento deliciosamente
impotente a tu merced.
—Deja de burlarte de mí.
—No me burlo —protesté—. Digo la verdad, aunque quede en ridículo por
decir la verdad, aunque haga el ridículo por... ti.
—Sí, supongo que no pretendes burlarte de mí. Eres sincero. Aunque no
comprendes que lo que dices es absurdo.
El maestro cesó de recorrer mis hematomas con sus labios. Mis piernas
habían perdido toda forma que hubieran poseído en mi obnubilada mente.
Tendido en el lecho, sentí cómo mi cuerpo vibraba bajo sus besos y caricias.
Él apoyó la cabeza en mis caderas, en el lugar donde me había propinado un
cachete y que estaba caliente, y empezó a acariciar mis partes íntimas.
Mi m*****o se endureció bajo sus dedos, debido a la infusión de su sangre
ardiente, pero ante todo al vigor de mi juventud que se rendía a sus caprichos y
confundía el placer con el dolor.
Él permaneció tendido sobre mi espalda, sosteniendo con fuerza mi pene,
hasta que por fin me corrí entre sus resbaladizos dedos en unos violentos y
sublimes espasmos de placer.
Me incorporé sobre un codo y le miré. Él estaba sentado, contemplando el
semen blanco y perlado que tenía en los dedos.
—¡Dios! ¿Eso es lo que querías? —pregunté—. ¿Contemplar ese líquido
viscoso y blancuzco en tu mano?
Él me miró. ¡Qué angustia reflejaba su rostro!
—¿Significa eso que ha llegado el momento? —inquirí.
La tristeza que reflejaban sus ojos era demasiado intensa para que yo siguiera
insistiendo.
Adormilado y ciego, noté que él me volvía y me arrancaba la túnica y la
chaqueta. Noté que me alzaba, y entonces sentí el aguijonazo en el cuello.
Sentí un dolor que me traspasó el corazón, que remitió en el preciso instante
en que creí morir. Luego me acurruqué junto a su pecho, bajo la colcha con la
que él nos había cubierto a los dos, y me quedé dormido.
Todavía era negra noche cuando abrí los ojos. El maestro me había enseñado
a presentir el amanecer, pero aún faltaba mucho para que amaneciera.
Al mirar a mi alrededor, le vi a los pies del lecho. Iba elegantemente vestido
de terciopelo rojo. Lucía una chaqueta con las mangas cortas y una gruesa túnica
de cuello alto. La capa de terciopelo rojo estaba ribeteada de armiño.
Se había cepillado el pelo y se había untado una leve capa de aceite para que
emanara sofisticado y atractivo resplandor. Lo llevaba peinado hacia atrás,
mostrando el nacimiento recto y limpio del cuero cabelludo, y caía en elegantes
tirabuzones en sus hombros.
—¿Qué ocurre, maestro?
—Estaré ausente durante varias noches. No, no es porque esté enojado
contigo, Amadeo. Debo emprender un viaje que he aplazado demasiado tiempo.
—No te vayas, maestro. Perdóname. ¡Te suplico que no te vayas ahora! Lo
que yo...
—Es preciso, criatura. Debo ir a ver a aquellos que deben ser custodiados.
No tengo más remedio.
Durante unos momentos no dije nada. Traté de comprender la denotación de
las palabras que había pronunciado. Las había dicho en voz baja, casi
balbuciéndolas.
—¿A qué te refieres, maestro? —pregunté.
—Puede que alguna noche te lleve conmigo. Pediré permiso... —No
concluyó la frase.
—¿Para qué, maestro? ¿Cuándo has necesitado tú que alguien te dé permiso
para hacer algo?
No pretendí que mi respuesta sonara tan simple e ingenua y menos aún
descarada.
—No te inquietes, Amadeo —contestó—. De vez en cuando debo pedir
permiso a mis mayores, como es lógico. —Parecía cansado. Se sentó junto a mí,
se inclinó y me besó en los labios.
—¿A tus mayores, señor? ¿Te refieres a aquellos que deben ser custodiados?
¿Unas criaturas como tú?
—Sé amable con Riccardo y los demás. Ellos te adoran —dijo el maestro—.
No cesaron de llorar durante tu ausencia. No me creyeron cuando les aseguré
que regresarías a casa. Luego Riccardo te vio con tu lord inglés y temió que yo
te hiciera pedazos, o que te matara el inglés. Tiene reputación de sanguinario, tu
lord inglés; es capaz de clavar su cuchillo en el letrero de cualquier taberna que
se le antoje. ¿Es preciso que frecuentes a asesinos comunes y vulgares? Aquí
tienes a un experto en materia de aniquilar a otros seres. Cuando fuiste a casa de
Bianca, no se atrevieron a contármelo, pero crearon unas curiosas imágenes en
sus mentes para impedir que yo adivinara sus pensamientos. ¡Qué dóciles se
muestran con mis poderes!
—Ellos te aman, señor —repuse—. Doy gracias a Dios de que me hayas perdonado por haber visitado esos repugnantes lugares. Haré lo que tú quieras.
—Entonces buenas noches —dijo, levantándose.
—¿Cuántas noches estarás ausente, maestro?
—Tres a lo sumo —repuso, mientras se dirigía hacia la puerta. Presentaba
una figura gallarda e imponente envuelto en su capa de terciopelo rojo.
—Maestro.
—¿Sí?
—Seré bueno, un santo —contesté—. Pero si no lo soy, ¿me azotarás de
nuevo? ¿Por favor?
En cuanto advertí su expresión de ira, me arrepentí de haberlo dicho. ¿Por
qué me empeñaba en provocarle con mis impertinencias?
—¡No me digas que no pretendías decir eso! —me espetó, adivinándome el
pensamiento y percibiendo las palabras antes de que yo las pronunciara en voz
alta.
—No, pero me disgusta que te vayas. Supuse que si lograba enfurecerte
lograría que te quedaras.
—Debo irme. Y no me provoques. Te lo advierto por tu bien.
El maestro salió antes de cambiar de opinión y regresar. Se acercó al lecho.
Yo me temí lo peor. Que me golpeara y se marchara sin besarme el hematoma
para disipar el dolor. Sin embargo, me equivoqué.
—Durante mi ausencia, Amadeo, te aconsejo que recapacites —afirmó.
Me sentí relajado mientras le miraba. Su conducta me hizo reflexionar antes
de mediar palabra.
—¿Sobre todo, maestro? —pregunté.
—Sí —repuso. Y luego me besó de nuevo—. ¿Prometes ser siempre así? —
preguntó—. ¿Serás este hombre, este joven que eres ahora?
—¡Sí, maestro! ¡Siempre, y contigo! —Deseé decirle que no existía nada que
yo no pudiera hacer que pudiera hacer otro hombre, pero no me pareció
prudente, pues temí que no lo creyera.
Él apoyó la mano afectuosamente en mi cabeza, apartándole el pelo de la
frente.
—Durante dos años he observado cómo crecías —dijo—. Has alcanzado tu
estatura definitiva. Eres bajito, y tienes la cara aniñada, y aunque estás sano eres
muy delgado, y aún no te has convertido en el robusto joven que yo desearía que
fueras.
Yo estaba demasiado extasiado para interrumpirle. Cuando se detuvo, esperé
a que continuara.