Capitulo 16

2392 Words
Oí un murmullo procedente de la habitación contigua. Alargado, me levanté del lecho precipitadamente. Vi el látigo del maestro deslizarse a través del suelo de la habitación, como si el viento lo hubiera arrastrado hasta aquí; se enroscó, se alzó y cayó en su mano. La puerta interior de la alcoba situada detrás del maestro se cerró de un portazo y el cerrojo se corrió emitiendo un sonido metálico. Yo retrocedí espantado. —Será un placer azotarte —afirmó él, sonriendo dulcemente; sus ojos traslucían una expresión casi inocente—. Considéralo otra experiencia humana, como retozar con tu lord inglés. —¡Adelante, hazlo! Te odio —contesté—. Soy un hombre, por más que te empeñes en negarlo. Él presentaba un aspecto a la vez prepotente y afable, pero era evidente que aquello no le divertía. Avanzó hacia mí, me agarró por la cabeza y me arrojó boca abajo sobre el lecho. —¡Demonio! —exclamé. —Maestro —respondió con calma. Acto seguido apoyó la rodilla en mi rabadilla y me propinó un latigazo sobre los muslos. Por supuesto yo no llevaba nada puesto salvo las finas medias que exigía la moda de la época, de forma que era como si estuviera desnudo. Yo lancé un grito de dolor y luego apreté los labios. Durante la siguiente tanda de latigazos me tragué las ganas de gritar pero no logré reprimir un gemido, lo cual me enfureció. El maestro descargó el látigo una y otra vez sobre mis muslos y mis pantorrillas. Rabioso, traté en vano de incorporarme, apoyando los talones sobre la colcha, pero no pude moverme. Él me tenía inmovilizado con su rodilla mientras seguía azotándome con saña. De pronto me rebelé como jamás lo había hecho y decidí poner en práctica un jueguecito. Tenía los ojos llenos de lágrimas pero no estaba dispuesto a quedarme ahí tendido y llorar desconsoladamente. Cerré los ojos, apreté los dientes e imaginé que cada latigazo era de aquel color rojo divino que tanto me gustaba, y que el lacerante dolor que experimentaba también era rojo, y que el calor que abrasaba mis piernas después de cada a***e era dorado y dulce. —¡Qué hermoso eres! —exclamé. —¡Eso no te servirá de nada, niño! —replicó él. El maestro siguió azotándome con renovada rapidez y violencia. Me dolía tanto que no pude retener mis bonitas visiones. —¡No soy un niño! —protesté. En éstas sentí algo húmedo sobre mis piernas y supuse que era sangre. —¿Es que vas a desfigurarme, maestro? —¡No hay nada peor que un santo caído se convierta en un grotesco diablo! Los latigazos no cesaban. Supuse que sangraba por varias heridas. Debía de tener las piernas llenas de hematomas. No podría andar durante varios días. —¡No sé a qué te refieres! ¡Detente! Por increíble que parezca, el maestro me obedeció. Yo apoyé el rostro sobre el brazo y rompí a llorar. Lloré durante largo rato. Las piernas me escocían como si él siguiera azotándome una y otra vez sobre el mismo lugar, pero no era así. Confié en que aquel dolor desapareciera y en su lugar experimentara una sensación cálida y agradable, como había experimentado durante el primer par de azotes. Eso no me importaba, pero esto es terrible. ¡Lo odio! De pronto se arrojó sobre mí. Sentí el delicioso cosquilleo de su pelo sobre mis piernas. Sentí que sus dedos agarraban la malla rota de mis medias y me las arrancaba rápidamente de ambas piernas, dejándolas desnudas. Luego introdujo la mano debajo de mi túnica y me arrancó el resto de las medias. El dolor se intensificó, pero luego remitió un poco. El aire aliviaba mis heridas. Cuando sus dedos las acariciaron, sentí un placer tan terrible que no pude por menos que gemir. —¿Volverás a derribar mi puerta? —preguntó él. —Jamás —murmuré. —¿Volverás a desafiar mi autoridad? —Nunca, te lo prometo. —¿Qué más? —Te amo. —Ya. —Te lo juro —dije, sorbiéndome los mocos. Las caricias de sus dedos sobre mis heridas me deleitaban sin medida, tanto que ni siquiera me atreví a levantar la cabeza. Apreté mi mejilla contra la colcha bordada, contra la gran imagen del león cosida a ella, aguanté la respiración y dejé que las lágrimas brotaran de mis ojos. Sentí una profunda calma, un placer que me robaba el control de mis extremidades. Cerré los ojos y sentí sus labios sobre mi pierna. Cuando me besó uno de los hematomas, me sentí morir. Creí que iría al cielo, a un paraíso más excelso y delicioso que este paraíso veneciano. En mis partes íntimas sentí un cosquilleo de vitalidad, una grata y pujante fuerza aislada del resto de mi cuerpo. Sobre el hematoma fluían unas ardientes gotas de sangre. Sentí el tacto un tanto áspero de su lengua al lamerla, chuparla, y un inevitable estremecimiento que prendió fuego a mi imaginación, un fuego voraz que se extendió a través del mítico horizonte en tinieblas de mi mente. El maestro aplicó su lengua sobre otro hematoma, para lamer las gotas de sangre que brotaban. El lacerante dolor desapareció y sólo experimenté una pulsante dulzura. Cuando oprimió sus labios sobre el siguiente hematoma, pensé: «No lo resisto, voy a morir.» El maestro se desplazó rápidamente de una lesión a otra, depositando su beso mágico y la caricia de su lengua, mientras yo me estremecía y gemía de placer. —¡Menudo castigo! —exclamé de pronto. Enseguida me arrepentí de haber soltado aquella impertinencia. Él reaccionó, propinándome un feroz cachete en el trasero. —No quise decir eso —me disculpé—. Me refiero a que no pretendí ofenderte. Lamento haberlo dicho. Pero él respondió con otro cachete tan violento como el anterior. —¡Piedad, maestro! ¡Me siento confuso! —protesté. El maestro apoyó la mano sobre la ardiente superficie que acababa de golpear. Yo pensé: «Ahora me dará una paliza hasta dejarme sin sentido.» Pero sus dedos sólo me rozaron la piel, que no estaba lesionada, sólo caliente, al igual que los primeros hematomas producidos por los primeros latigazos. —Maestro, maestro, maestro, te amo. —Bueno, eso no es de extrañar —murmuró sin cesar de besar y lamer la sangre. Yo me estremecí bajo el peso de su mano sobre mi trasero—. Pero la cuestión, Amadeo, es por qué te amo yo. ¿Por qué? ¿Por qué tuve que ir a buscarte a aquel asqueroso burdel? Soy fuerte por naturaleza... sea cual fuere mi naturaleza... Me besó con avidez en un gran hematoma que tenía en el muslo. Sentí sus labios succionándolo y luego su sangre mezclándose con la mía. El placer me produjo una sucesión de descargas eléctricas. No vi nada, aunque creo que había abierto los ojos. Traté de comprobar si tenía los ojos abiertos, pero sólo vislumbré un resplandor dorado. —Te amo, sí, te amo —respondió—. ¿Y por qué? Eres inteligente, sí, y hermoso, sin duda, y en tu interior arden las reliquias de un santo. —No sé a qué te refieres, maestro. Jamás fui un santo. No pretendo ser un santo. Soy un ser irrespetuoso e ingrato. Pero te adoro. Me siento deliciosamente impotente a tu merced. —Deja de burlarte de mí. —No me burlo —protesté—. Digo la verdad, aunque quede en ridículo por decir la verdad, aunque haga el ridículo por... ti. —Sí, supongo que no pretendes burlarte de mí. Eres sincero. Aunque no comprendes que lo que dices es absurdo. El maestro cesó de recorrer mis hematomas con sus labios. Mis piernas habían perdido toda forma que hubieran poseído en mi obnubilada mente. Tendido en el lecho, sentí cómo mi cuerpo vibraba bajo sus besos y caricias. Él apoyó la cabeza en mis caderas, en el lugar donde me había propinado un cachete y que estaba caliente, y empezó a acariciar mis partes íntimas. Mi m*****o se endureció bajo sus dedos, debido a la infusión de su sangre ardiente, pero ante todo al vigor de mi juventud que se rendía a sus caprichos y confundía el placer con el dolor. Él permaneció tendido sobre mi espalda, sosteniendo con fuerza mi pene, hasta que por fin me corrí entre sus resbaladizos dedos en unos violentos y sublimes espasmos de placer. Me incorporé sobre un codo y le miré. Él estaba sentado, contemplando el semen blanco y perlado que tenía en los dedos. —¡Dios! ¿Eso es lo que querías? —pregunté—. ¿Contemplar ese líquido viscoso y blancuzco en tu mano? Él me miró. ¡Qué angustia reflejaba su rostro! —¿Significa eso que ha llegado el momento? —inquirí. La tristeza que reflejaban sus ojos era demasiado intensa para que yo siguiera insistiendo. Adormilado y ciego, noté que él me volvía y me arrancaba la túnica y la chaqueta. Noté que me alzaba, y entonces sentí el aguijonazo en el cuello. Sentí un dolor que me traspasó el corazón, que remitió en el preciso instante en que creí morir. Luego me acurruqué junto a su pecho, bajo la colcha con la que él nos había cubierto a los dos, y me quedé dormido. Todavía era negra noche cuando abrí los ojos. El maestro me había enseñado a presentir el amanecer, pero aún faltaba mucho para que amaneciera. Al mirar a mi alrededor, le vi a los pies del lecho. Iba elegantemente vestido de terciopelo rojo. Lucía una chaqueta con las mangas cortas y una gruesa túnica de cuello alto. La capa de terciopelo rojo estaba ribeteada de armiño. Se había cepillado el pelo y se había untado una leve capa de aceite para que emanara sofisticado y atractivo resplandor. Lo llevaba peinado hacia atrás, mostrando el nacimiento recto y limpio del cuero cabelludo, y caía en elegantes tirabuzones en sus hombros. —¿Qué ocurre, maestro? —Estaré ausente durante varias noches. No, no es porque esté enojado contigo, Amadeo. Debo emprender un viaje que he aplazado demasiado tiempo. —No te vayas, maestro. Perdóname. ¡Te suplico que no te vayas ahora! Lo que yo... —Es preciso, criatura. Debo ir a ver a aquellos que deben ser custodiados. No tengo más remedio. Durante unos momentos no dije nada. Traté de comprender la denotación de las palabras que había pronunciado. Las había dicho en voz baja, casi balbuciéndolas. —¿A qué te refieres, maestro? —pregunté. —Puede que alguna noche te lleve conmigo. Pediré permiso... —No concluyó la frase. —¿Para qué, maestro? ¿Cuándo has necesitado tú que alguien te dé permiso para hacer algo? No pretendí que mi respuesta sonara tan simple e ingenua y menos aún descarada. —No te inquietes, Amadeo —contestó—. De vez en cuando debo pedir permiso a mis mayores, como es lógico. —Parecía cansado. Se sentó junto a mí, se inclinó y me besó en los labios. —¿A tus mayores, señor? ¿Te refieres a aquellos que deben ser custodiados? ¿Unas criaturas como tú? —Sé amable con Riccardo y los demás. Ellos te adoran —dijo el maestro—. No cesaron de llorar durante tu ausencia. No me creyeron cuando les aseguré que regresarías a casa. Luego Riccardo te vio con tu lord inglés y temió que yo te hiciera pedazos, o que te matara el inglés. Tiene reputación de sanguinario, tu lord inglés; es capaz de clavar su cuchillo en el letrero de cualquier taberna que se le antoje. ¿Es preciso que frecuentes a asesinos comunes y vulgares? Aquí tienes a un experto en materia de aniquilar a otros seres. Cuando fuiste a casa de Bianca, no se atrevieron a contármelo, pero crearon unas curiosas imágenes en sus mentes para impedir que yo adivinara sus pensamientos. ¡Qué dóciles se muestran con mis poderes! —Ellos te aman, señor —repuse—. Doy gracias a Dios de que me hayas perdonado por haber visitado esos repugnantes lugares. Haré lo que tú quieras. —Entonces buenas noches —dijo, levantándose. —¿Cuántas noches estarás ausente, maestro? —Tres a lo sumo —repuso, mientras se dirigía hacia la puerta. Presentaba una figura gallarda e imponente envuelto en su capa de terciopelo rojo. —Maestro. —¿Sí? —Seré bueno, un santo —contesté—. Pero si no lo soy, ¿me azotarás de nuevo? ¿Por favor? En cuanto advertí su expresión de ira, me arrepentí de haberlo dicho. ¿Por qué me empeñaba en provocarle con mis impertinencias? —¡No me digas que no pretendías decir eso! —me espetó, adivinándome el pensamiento y percibiendo las palabras antes de que yo las pronunciara en voz alta. —No, pero me disgusta que te vayas. Supuse que si lograba enfurecerte lograría que te quedaras. —Debo irme. Y no me provoques. Te lo advierto por tu bien. El maestro salió antes de cambiar de opinión y regresar. Se acercó al lecho. Yo me temí lo peor. Que me golpeara y se marchara sin besarme el hematoma para disipar el dolor. Sin embargo, me equivoqué. —Durante mi ausencia, Amadeo, te aconsejo que recapacites —afirmó. Me sentí relajado mientras le miraba. Su conducta me hizo reflexionar antes de mediar palabra. —¿Sobre todo, maestro? —pregunté. —Sí —repuso. Y luego me besó de nuevo—. ¿Prometes ser siempre así? — preguntó—. ¿Serás este hombre, este joven que eres ahora? —¡Sí, maestro! ¡Siempre, y contigo! —Deseé decirle que no existía nada que yo no pudiera hacer que pudiera hacer otro hombre, pero no me pareció prudente, pues temí que no lo creyera. Él apoyó la mano afectuosamente en mi cabeza, apartándole el pelo de la frente. —Durante dos años he observado cómo crecías —dijo—. Has alcanzado tu estatura definitiva. Eres bajito, y tienes la cara aniñada, y aunque estás sano eres muy delgado, y aún no te has convertido en el robusto joven que yo desearía que fueras. Yo estaba demasiado extasiado para interrumpirle. Cuando se detuvo, esperé a que continuara.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD