Quizá sea esto lo que experimentan los mortales cuando cazan a grandes
animales en el bosque y la selva.
Por lo que a mí se refiere, cuando bajamos la escalera desde el tejado y
penetramos en la sala de banquetes de este nuevo y abigarrado palacio, sentí una
intensa excitación. Unos hombres iban a morir. Unos hombres caerían
asesinados. Unos hombres perversos, unos hombres que habían perjudicado a la
hermosa Bianca, serían asesinados sin que mi poderoso maestro, ni nadie que yo conociera y amara, corriera el menor riesgo.
Ni un ejército de mercenarios habría sentido menos compasión hacia esos
individuos. Quizá los venecianos que atacaron a los turcos se habían apiadado
más que yo de su enemigo.
Yo estaba fascinado; en mi interior percibía el olor simbólico de la sangre, y
deseaba verla correr. Los florentinos no me caían bien, no comprendía a los
banqueros y deseaba vengarme, no sólo de quienes habían obligado a Bianca a
hacer su voluntad, sino de quienes casi habían logrado que mi maestro saciara su
sed en ella. La suerte de esos hombres estaba echada.
Entramos en una espaciosa e imponente sala de banquetes, donde unos siete
individuos se atracaban con un espléndido asado de cerdo. Unos tapices
flamencos, todos muy nuevos, que mostraban unas espléndidas escenas de caza
en las que participaban nobles y damas con sus caballos y mastines, colgaban de
recias varas de hierro en toda la habitación, cubriendo incluso las ventanas, hasta
el suelo.
El suelo era de mármol multicolor incrustado, dispuesto en unos dibujos de
pavos reales adornados con gemas y exhibiendo sus majestuosas colas.
A un lado de la larga mesa se hallaban sentados tres hombres que devoraban
con fruición la comida apilada en unas bandejas y platos de oro repletos de
grasientas espinas y huesos, y el celebérrimo asado de cerdo, un pobre e
hinchado animal que conservaba la cabeza y sostenía en la boca la inevitable
manzana, como si ésta fuera la expresión definitiva de su última voluntad.
Los otros tres individuos, todos ellos jóvenes, guapos y atléticos, a tenor del
aspecto de sus musculosas piernas, danzaban formando un artístico círculo, con
las manos unidas en el centro, mientras un pequeño grupo de chicos tocaba los
instrumentos cuya machacona marcha había oído desde el tejado.
Todos presentaban un aspecto un tanto grasiento y manchado debido al
festín, pero ni uno solo dejaba de exhibir un cabello largo y espeso, peinado
según la moda de la época, y unas medias y camisas de seda exquisitamente
bordadas. El fuego no estaba encendido, pero no lo necesitaban, pues iban bien
abrigados con unas chaquetas ribeteadas de armiño o zorro plateado.
El vino era trasegado de una jarra a unas copas por un hombre incapaz de
realizar ese gesto. Los tres que bailaban, aunque cumplían un rito cortesano, no
cesaban de empujarse y hacer payasadas como si se mofaran de los pasos de
baile que evidentemente conocían.
Enseguida comprendí que habían despedido a los sirvientes. Los comensales
habían derribado varias copas de vino. Unas pequeñas cucarachas, pese a que estábamos en invierno, se habían congregado sobre los restos de comida y los
montones de fruta húmeda.
La estancia estaba envuelta en un dorado resplandor, el humo del tabaco que
los hombres fumaban en unas pipas de variada forma. El fondo de los tapices era
invariablemente azul oscuro, lo cual confería a la escena una calidez que ponía
de relieve el espléndido y colorista atuendo de los jóvenes músicos y los
comensales.
Al penetrar en la caldeada estancia invadida de humo, me sentí intoxicado
por la atmósfera, y cuando mi maestro me ordenó que me sentara a un extremo
de la mesa, obedecí porque estaba demasiado débil para resistirme, pero procuré
no tocar la superficie de la mesa y menos aún el borde de los platos.
Los alegres y alborotados comensales, con el rostro congestionado debido al
exceso de comida y vino, no repararon en nosotros.
El imponente ruido que organizaban los músicos bastaba para hacernos
invisibles. Sin embargo, los hombres estaban demasiado borrachos para guardar
silencio. El maestro, después de besarme en la mejilla, se dirigió hacia el centro
de la mesa, a un hueco que había dejado uno de los comensales que bailaba al
son de la música, y se sentó en el banco tapizado.
Súbitamente, los dos hombres sentados a cada lado del maestro, quienes
habían estado discutiendo a voz en cuello, repararon en la presencia de aquel
convidado ataviado con una resplandeciente capa roja.
Mi maestro se quitó la capucha, mostrando una cabellera prodigiosamente
larga. Me recordó de nuevo a Jesucristo durante la Última Cena, con su fina
nariz, su boca carnosa y su cabello rubio peinado con la raya en medio,
reluciente debido a la humedad de la noche.
Mi maestro miró a los comensales de uno en uno y, ante mi asombro, se
introdujo con toda facilidad en la conversación, comentando con ellos las
atrocidades que habían padecido los venecianos que quedaban en Constantinopla
cuando el sultán turco Mehmet II, de veintiún años, había conquistado la ciudad.
De pronto se produjo una áspera discusión sobre la forma en que los turcos
habían conquistado la capital sagrada. Un hombre dijo que, de no haber zarpado
los buques venecianos de Constantinopla, desertándola antes de los postreros
días de la invasión, la ciudad se habría salvado.
«¡Imposible!», afirmó otro comensal, un hombre robusto y pelirrojo con
unos ojos que parecían dorados. ¡Qué belleza! Si ése era el canalla que había
manipulado a Bianca a su antojo, comprendo que ella se dejara cautivar por él.
Sus labios, enmarcados por una barba y un bigote pelirrojos, eran carnosos y perfectamente delineados, y su mandíbula poseía la fuerza de la figura
sobrehumana de mármol esculpida por Miguel Ángel.
—Durante cuarenta y ocho días, los cañones de los turcos bombardearon los
muros de la ciudad —declaró al individuo que estaba sentado a su lado—, y al
fin lograron penetrar en ella. Era inevitable. Jamás has visto unos cañones como
aquéllos.
El otro individuo, un joven apuesto y moreno, de piel aceitunada, con las
mejillas suavemente redondeadas, la nariz respingona y unos ojos negros de
terciopelo, protestó furioso que los venecianos se habían comportado como
cobardes y que su nutrida flota pudo haber detenido a los cañones, por potentes
que fueran.
—¡Abandonaron Constantinopla a su suerte! —gritó, descargando un
puñetazo sobre la mesa—. Venecia y Genova no movieron un dedo por ayudarla.
Aquel fatídico día dejaron que el imperio más grande de la Tierra sucumbiera a
los turcos.
—¡No es cierto! —replicó el maestro sin alzar la voz, arqueando las cejas y
ladeando la cabeza. Luego miró lentamente a todos los comensales—. Acudieron
muchos valientes venecianos para rescatar a Constantinopla. En mi opinión,
aunque hubiera acudido toda la flota veneciana no habrían logrado detener a los
turcos. El sueño del joven sultán Mehmet II era apoderarse de Constantinopla, y
nada ni nadie habría podido detenerle.
La situación se ponía interesante. Ansioso de recibir una lección de historia y
de oír y contemplar la escena con más claridad, me acerqué a la mesa y me senté
en una silla de tijera provista de un cómodo asiento de cuero rojo. Coloqué la
silla de forma que pudiera ver bien a los bailarines, quienes pese a su torpeza
ofrecían un hermoso espectáculo gracias a sus largas y ornadas mangas que se
agitaban en el aire y el sonido de sus zapatillas recamadas con gemas al
deslizarse por el suelo de baldosas.
El pelirrojo que estaba sentado a la mesa, sacudiendo su larga y rizada
melena de un lado a otro, coqueteaba descaradamente con el maestro, quien le
miraba arrobado.
—He aquí a un hombre que está informado de lo ocurrido. Y tú mientes,
necio —le espetó al otro individuo—. Te consta que los genoveses lucharon con
valor hasta el último momento. El Papa envió tres barcos, que rompieron el
bloqueo del puerto y llegaron hasta las mismas puertas del castillo del pérfido
sultán en Rumeli Hisar. Fue obra de Giovanni Longo. ¿Te imaginas tamaño
valor?
—Francamente, no —repuso el hombre moreno, inclinándose delante de mi
maestro como si éste fuera una estatua.
—Fue una acción valerosa —comentó mi maestro, sin darle importancia a la
cosa—. ¿Por qué insistís en unas patrañas que ni vos mismo creéis? Sin duda,
sabéis lo que les ocurrió a los barcos venecianos que capturó el sultán.
—Eso, ¿habrías tenido tú el valor de adentrarte en el puerto? —preguntó el
florentino pelirrojo—. ¿Sabes lo que hicieron con los tripulantes de los barcos
venecianos que habían capturado seis meses antes? Decapitaron a todos los
hombres que había a bordo.
—¡Salvo el capitán! —terció un bailarín, que escuchaba la conversación
procurando no perder el paso—. A ése lo empalaron en una estaca. Era Antonio
Rizzo, uno de los mejores hombres que ha existido jamás. —Mientras seguía
bailando, el individuo hizo un gesto de desdén sobre su hombro. Luego ejecutó
una pirueta y por poco pierde el equilibrio. Sus compañeros se apresuraron a
sujetarlo.
El hombre moreno sentado a la mesa meneó la cabeza.
—Si hubiera acudido toda la flota veneciana... —dijo, pero no concluyó la
frase—. Los florentinos y los venecianos sois iguales, unos traidores, eludiendo
siempre todo compromiso.
Mi maestro se echó a reír mientras observaba al hombre.
—No os riáis de mí —protestó el individuo moreno—. Sois veneciano; os he
visto mil veces, a vos y a ese chico.
El individuo me señaló. Yo miré al maestro, pero éste se limitó a sonreír.
Luego me murmuró una frase, que percibí tan claramente como si se hubiera
sentado a mi lado en lugar de a unos metros de distancia:
—El testimonio de los muertos, Amadeo.
El hombre moreno tomó su copa, bebió un trago de vino y derramó el resto
sobre su puntiaguda barba.
—Una ciudad llena de cobardes y sinvergüenzas —declaró—. Que sólo
sirven para una cosa, pedir dinero prestado a un elevado interés cuando se han
gastado todo el que tenían en ropas elegantes.
—Mira quién habló —replicó el pelirrojo—. Pareces un pavo real. Me entran
ganas de cortarte la cola. ¡Regresa a Constantinopla si estás tan seguro de que
podía salvarse!
—Y tú te has convertido en un maldito veneciano.
—Soy banquero; un hombre de responsabilidad —contestó el pelirrojo—.
Admiro a quienes prosperan gracias a mí. —Tras estas palabras alzó su copa, pero en lugar de beber el vino, lo arrojó en la cara del hombre moreno.
Mi maestro no se molestó en apartarse, por lo que le cayeron unas gotas
encima. Contempló los arrebolados rostros de los dos hombres que estaban
sentados junto a él.
—Giovanni Longo, uno de los genoveses más valientes que jamás ha
capitaneado un barco, permaneció en esa ciudad durante todo el asedio —apuntó
el pelirrojo—. Eso se llama valor. Apostaría hasta mi último ducado sobre un
hombre así.
—No sé por qué —terció de nuevo el bailarín, el mismo de antes,
apartándose del círculo—. Perdió la batalla, y tu padre tuvo la sensatez de no
apostar un centavo sobre esa panda de inútiles.
—¡No te atrevas a mentar a mi padre! —protestó el pelirrojo—. ¡A la salud
de Giovanni Longo y los genoveses que lucharon con él! —Tras esas palabras
agarró la jarra, derramando casi todo su contenido sobre la mesa, llenó su copa y
bebió un largo trago—. Y a la salud de mi padre. Que Dios lo tenga en su gloria.
Padre, he matado a tus enemigos y mataré a quienes hagan de la ignorancia una
diversión.
Luego se volvió, propinó un codazo a mi maestro y soltó:
—Ese chico vuestro es una belleza. No os precipitéis. Pensadlo con calma.
¿Cuánto queréis por él?
Mi maestro lanzó la carcajada más dulce y espontánea que jamás le había
oído emitir.
—Ofrecedme algo que yo anhele —repuso, contemplándome con una
expresión entre divertida y misteriosa.
Todos los presentes se volvieron para observarme. Ten en cuenta que no eran
aficionados a los mancebos, sino unos italianos de su época, quienes, tras haber
prohijado una caterva de niños, tal como era su deber, y haber violado a tantas
mujeres como pudieran, no rechazaban un revolcón con un jovencito rollizo y
jugoso, al igual que los hombres hoy en día aprecian una tostada dorada untada
con nata agria y el mejor caviar n***o.
Yo no pude por menos de sonreír. «Mátalos —pensé—, acaba con todos
ellos.» Me sentía hermoso y seductor. Esperaba que alguno me dijera que le
recordaba a Mercurio ahuyentando a las nubes en la Primavera de Botticelli. El
individuo pelirrojo me miró con expresión juguetona y picaruela y dijo:
—Es el David de Verrocchio, el modelo de la estatua de bronce. No me lo
neguéis. Es inmortal, eso es evidente. Jamás morirá.
Tras esa parrafada el pelirrojo bebió otro trago. Luego se tentó la parte delantera de la chaqueta y del ribete de armiño extrajo un medallón de oro
engarzado con un diamante de gigantescas proporciones. Acto seguido, se
arrancó la cadena del cuello y se lo ofreció con orgullo a mi maestro, quien
observó el medallón oscilando ante sus ojos como si fuera capaz de hipnotizarlo.