Capitulo 6 —La Cava

1133 Words
Capitulo 6 —La Cava Narrador: —Creí que buscabas a Leo —dijo, sin levantarse. —Sí —contestó ella, la voz rota —Pero no lo encuentro. Él dejó la copa sobre la madera con un sonido seco y se incorporó despacio. No hubo prisa en sus movimientos; todo en Rodrigo era control y tensión contenida. Se acercó hasta quedar a un paso. Lucía sintió cómo el aire se estrechaba entre ambos, como si el cuarto fuera a exprimirles el poco aliento que quedaba. —¿Estás bien? —preguntó él, sin atisbo de condescendencia, solo una curiosidad que mordía. Lucía no respondió con palabras. Sentía la culpa punzándole el estómago, la vergüenza pegada a la garganta. Quiso dar un paso atrás, pero sus piernas no obedecieron. Rodrigo alargó la mano y, con un gesto lento, le apartó un mechón de pelo que le caía sobre la frente. La yema de sus dedos rozó la piel de su mejilla; ese roce fue suficiente para encenderle todo el cuerpo. No hubo ternura en el gesto: había intención, y también una invitación que no se podía rechazar. —No digas nada —susurró él, tan cerca que la respiración le rozó el oído —No hace falta. Ella intentó apartarse, pero en lugar de eso sus manos se tensaron en el borde de la escalera. Él inclinó la cabeza y la miró con algo que no era ni rabia ni piedad: era una necesidad tranquila equilibrada por un aviso, esto cambia las cosas. Y entonces, sin más, la besó. No fue un beso suave: fue urgente, voraz, como si en ese gesto se concentraran todas las palabras que no habían dicho, todas las noches de tensión, todas las veces que habían fingido indiferencia. Rodrigo invadió su boca con firmeza; Lucía respondió con la misma urgencia y con la culpa pegada a los labios. Se comieron la boca sin permiso del mundo. Las manos rompieron la distancia: Rodrigo la sostuvo por la cintura con una de ellas, la otra se enredó en su nuca, tirando de ella para acercarla más. Lucía, por su parte, dejó que sus dedos se metieran en la tela de la camisa de él, peleando entre el impulso de contenerse y el impulso de entregarse. Las respiraciones se hicieron cortas, el golpe del corazón martilló en la garganta. El beso fue un vaivén de dominancia y rendición. A ratos Rodrigo llevaba la iniciativa, presionando con decisión; a ratos Lucía empujaba con la misma fuerza, como si quisiera borrarlo todo de un empujón de lengua y lengua. No hubo pausas cómodas: cada retirada era un corte, cada reencuentro, una confirmación de que aquello no era un desliz pasajero sino una fisura que se abría con cada roce. La incertidumbre, la culpa, la rabia contra sí misma. Él aprovechó ese jalón para apretar, para reclamar, para volver a hundirse en la boca ajena como si fuera el sitio donde encontrar norte y salvación a la vez. Solo la miró. Esa mirada lo decía todo: deseo, enojo, necesidad. Lucía dio un paso atrás hasta sentir el frío del estante en la espalda, pero él ya estaba encima. El beso fue una embestida. Cargado de rabia y hambre. Sus bocas se buscaron sin pedir permiso, chocando, abriéndose paso con una desesperación que dolía. Rodrigo la sostuvo por la nuca, inclinándola hacia atrás, y su lengua entró con fuerza, reclamando, probándola hasta arrancarle un gemido bajo y tembloroso. Lucía trató de empujarlo, pero fue inútil. Lo necesitaba tanto como él a ella. Se aferró a su camisa, tirando de los botones, abriéndole paso a sus manos, que ya le subían la falda hasta la cintura. El roce de sus dedos contra el encaje la hizo temblar. —No puedo seguir fingiendo que no te deseo —susurró él contra su boca, con la voz rota. —Tampoco yo —respondió ella, clavándole las uñas en los hombros. Rodrigo gruñó y la alzó, haciéndola chocar contra el estante. Las botellas vibraron, una cayó y rodó sin romperse. No les importó. La empujó un poco más arriba y se metió entre sus piernas, con la urgencia de quien ha esperado demasiado. La fricción de sus cuerpos encendió el aire. Ella arqueó la espalda, jadeando, sintiendo cómo la acariciaba por encima de la ropa interior, lento al principio, hasta que la humedad lo obligó a buscar más. Metió los dedos, la encontró tibia, resbalosa, temblando. Lucía ahogó un gemido en su boca. Rodrigo se separó solo lo justo para mirarla, los labios húmedos, los ojos oscuros. —Dios, Lucía… —murmuró, y sin esperar más, la penetró de un solo movimiento. El sonido que ella hizo le rompió el alma. Se movieron como si el mundo terminara ahí mismo, entre el vino, el polvo y la madera vieja. Cada embestida era un reclamo, un perdón, una promesa. Lucía lo abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su cuello, mordiendo su piel mientras el ritmo se hacía más frenético, más salvaje. Rodrigo la sujetó por la cadera, empujando más profundo, hasta que el cuerpo de ella se arqueó, rígido, gimiendo su nombre. Él la siguió enseguida, descargándose dentro de ella con un gemido ronco, quedando pegado a su cuerpo, jadeando, el pecho de ambos moviéndose al mismo compás. Por un momento, solo se oyó el goteo de una botella abierta en algún rincón. Rodrigo bajó la cabeza, apoyando la frente en el hombro de Lucía. Ella lo abrazó sin decir nada, todavía temblando. Y allí, entre el vino derramado y el olor a deseo, entendieron que ya no había vuelta atrás. —No podemos —murmuró ella, la voz quebrada —Esto está mal. Rodrigo apoyó la frente contra la suya, apenas un roce, y la respuesta fue una confesión murmurada: —Lo sé. Se quedaron así un instante más, compartiendo el calor que acababan de crearse. Ninguno añadió nada para arreglar la situación. Ninguno trató de justificar. Sabían que lo que había pasado hablaba por sí mismo. Lucía fue la primera en moverse. Retrocedió un paso, juntó las manos sobre el vestido como si quisiera protegerse de sí misma. Ellos dos respiraban con dificultad. El silencio que siguió fue denso y culpable. —No me busques —dijo ella, con voz rota. Rodrigo no contestó. La vio subir las escaleras con pasos que rebotaban en la madera, su figura alejándose hasta que la luz del pasillo la tragó. Cuando la puerta se cerró, exhaló largo y profundo, como quien suelta un aliento que arrastra una condena. En la soledad de la cava, la copa quedó sobre la mesa. Sabía que ese encuentro no sería un hecho aislado, que la línea que habían cruzado no volvería a estar intacta. Y lo peor: sabía que tampoco quería que lo estuviera.
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