Caray.
Al bajar del futón, me dirijo directamente hacia los instrumentos.
No son caros. De hecho, todo parece de segunda mano, tal vez incluso de tercera mano, pero los mantienen en buenas condiciones.
Estoy tan absorta imaginando cómo sería verlo actuar, que no me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado hasta que miro mi teléfono. Son casi las diez y media.
Camino de regreso hacia él. —Lo siento. Me distraje un poco—.
Dylan no levanta la vista. —Necesito más tiempo.—
Si bien admiro que quiera hacer todo por su cuenta, la razón por la que estoy aquí es para enseñarle y asegurarme de que esté en el camino correcto.
—Está bien. Revisaré tus respuestas y te daré mi opinión. De esta manera, puedo ver con qué estás luchando y elaborar un plan de acción para volver a encarrilarte—.
Su mandíbula hace tics. —Aún no he terminado de leer esta mierda—.
No sé si reírme porque me está tomando el pelo... o preocuparme porque ya lleva más de una hora leyendo.
Es un ensayo de cinco páginas. No es un libro.
—Um-—
—Necesito más tiempo—, rechina entre dientes.
Levantando las manos, retrocedo. —Ningún problema.—
Vuelvo a los instrumentos, sólo que ahora estoy únicamente concentrado en observarlo mientras lee.
No tengo dudas de que se está concentrando, es obvio por la forma en que su rostro se arruga mientras mira el papel.
Sin embargo, también noto que nunca pasa de la primera página.
Me invade una sensación horrible, pero la saco de mi cabeza porque sería ridículo.
Por supuesto, Dylan sabe leer. Es un maldito senior. Seguramente alguien ya se habría dado cuenta de que era analfabeto.
Y aún así… sigue escaneando la misma página. Parece que está haciendo todo lo posible para darle sentido.
Miro mi teléfono. Ya son más de las once.
Los nervios se acumulan en mi estómago cuando me acerco a él de nuevo.
Ni en un millón de años me burlaría de alguien con una discapacidad de aprendizaje. Sin embargo, necesito saber con qué estoy lidiando para poder ayudarlo.
Si aún puedo ayudarlo en este momento.
Sentada a su lado en el futón, toco suavemente su rodilla. —¿Dylan?—
Su voz profunda está llena de hostilidad. —¿Qué?—
Sostengo su mirada. —Necesito que entiendas que nunca jamás te juzgaré—. Le arrebato el ensayo. —Pero has estado leyendo durante mucho tiempo—.
Espero que me dé una explicación, pero eso no es lo que sucede.
—Bien. Hagamos las preguntas—.
Mirando el periódico, leí el primero. —¿Para qué fue excelente la exploración el siglo XVI?—
Esta es una pregunta de opción múltiple, por lo que debería ser relativamente fácil.
Sin embargo, Dylan se equivoca. Me dice que la respuesta es A cuando en realidad es B.
Manteniendo mi expresión neutral, le hago otra pregunta, seguida de otra.
Responde a cada una incorrectamente.
—Dylan—, susurro, tratando de ser lo más compasiva posible. —No respondiste bien ninguna de las preguntas. Pero esta bien-—
Las palabras se atascan en mi garganta cuando me arrebata el papel y lo rompe por la mitad. —Que te jodan—. Se pone de pie. —No necesito esta mierda. Conseguiré que alguien más me enseñe—.
Yo no soy el problema aquí. El problema es él.
O mejor dicho, su negativa a confiarme lo que está pasando.
—Puedes conseguir otro tutor si quieres, pero no creo que importe. Diablos, ni siquiera he tenido la oportunidad de darte clases particulares todavía porque todavía no lo has leído—.
— Lo leí —, afirma.
—Entonces, ¿para qué fue excelente la exploración el siglo XVI?—
Él no responde... porque no puede.
Recogiendo las dos mitades del papel que rompió, las sostengo una al lado de la otra. —La respuesta está en la segunda frase. Léelo para mí—.
Puedo verlo luchando mientras lo intenta, y me rompe el corazón.
—Está bien—, le aseguro. —No me voy a burlar de ti, lo prometo. Sólo quiero ayudar.—
Él desvía la mirada. —No soy un jodido idiota—.
—Sé que no eres.— Respiro profundamente. —Un idiota no puede cantar ni tocar el piano como tú. Un idiota no puede conducir. Un idiota no tiene un gran gusto musical como tú... así que no, no eres un idiota. Pero creo que estás teniendo dificultades a la hora de leer. ¿Puedes intentar explicar lo que sucede para que pueda entenderlo mejor?
Está en silencio durante tanto tiempo que temo estar perdiendo el tiempo... pero finalmente habla.
—Las palabras… las letras. Se revuelven todos. No puedo mantenerlos rectos—.
Pienso en esto por un momento. —¿Te refieres a dislexia?—
Él se encoge de hombros. —No sé cómo se llama. Sólo debes saber que eso es lo que sucede—.
Queriendo investigar más a fondo, leí las dos primeras frases en voz alta y le hice la misma pregunta que hice antes.
Dylan lo hace bien.
Para asegurarme de que no fuera una casualidad, leí el ensayo completo. Luego le hago todas las preguntas correspondientes. Acierta en todas menos dos y es capaz de dar respuestas decentes a las que no son de opción múltiple.
Está claro que definitivamente comprende estas cosas... siempre y cuando no estén escritas.
¿Cómo diablos nadie se dio cuenta de esto antes?
—Bueno. Entonces, no puedo diagnosticarte oficialmente con dislexia ni nada por el estilo, pero estoy bastante segura de que eso es lo que tienes—. Expulso un suspiro. —No entiendo cómo ninguno de tus profesores se dio cuenta de esto—.
Ni siquiera la señora Herman.
Parece avergonzado. —No lo harían—.
—¿Por qué?—
Se pasa una mano por la cara. —Porque siempre que tenemos que leer un libro en clase, me aseguro de conseguir la versión en audio. También tengo una aplicación que escanea y me lee cosas en voz alta. Kenia también me lee mierda cada vez que le pregunto—.
Bien, eso tiene sentido... y no lo tiene.
—Las pruebas no se realizan en formato de audio. ¿Cómo los pasas?
—La mayoría de las veces no lo hago, y por eso estoy fallando. Pero de vez en cuando…— Su nuez se balancea. —Yo me las arreglo—.
—¿Qué quieres decir?—
—Cuando una prueba es de opción múltiple, miro el scantron de otra persona y analizo el patrón—. Él se encoge de hombros. —Si sé que no habrá un scantron, buscaré a una chica que ya haya realizado el examen y le pediré las respuestas—.
Me resisto a él. —¿Y estas chicas simplemente lo hacen?—
Quiero golpearme mentalmente porque, por supuesto, lo hacen.
Él es Dylan Cotter.
Simplemente tiene que existir, y las chicas hacen fila para abalanzarse sobre él.
Yo incluida.
Sin embargo, no tengo ninguna intención de ayudarlo a hacer trampa. Sin embargo, me gustaría ayudarlo a aprobar legítimamente para que pueda graduarse.
El problema es que no tengo idea de cómo hacerlo.
Dylan mira su reloj. —¿A qué hora tienes que estar en casa?—
—Las doce y media, ¿por qué?—
—Son las doce y cuarenta—.
—Mierda.—
Saca las llaves del bolsillo y abre la puerta del garaje. —Vamos. Te llevaré a casa.—
Viajamos en completo silencio durante todo el camino.
Sólo hablo cuando se detiene frente a mi casa y apaga el motor. —Si puedo encontrar una manera de ayudarte, de ayudarte de verdad, ¿me dejarías?—
Sus ojos recorren cada centímetro de mi rostro, como si fuera un rompecabezas que parece no poder resolver antes de asentir.
—Recógeme mañana—, le digo mientras salgo del auto. —Mismo tiempo.—
Mi papá todavía está completamente despierto cuando entro a la casa. Sin duda esperándome.
—¿Estabas atrapada en otra galaxia que no tiene concepto de tiempo? ¿O está roto el reloj del teléfono que siempre llevas en la mano? Dijo...
—¿Qué sabes sobre la dislexia?—
Tiendo a contarle a mi papá casi todo porque él tiende a dar los mejores consejos.
Desafortunadamente, esta no es su área de especialización porque, dice, —No mucho. ¿Por qué?—
—Estoy bastante segura de que el chico al que estoy dando clases lo tiene. Y no tengo idea de cómo ayudarlo ahora—.
Pero yo quiero.
Piensa en esto durante varios momentos antes de hablar. —Por mucho que quieras ayudarlo, cara de mono, no estoy seguro de que puedas hacerlo. Los profesores son los que están capacitados para abordar las dificultades de aprendizaje. No tú.—
—Los profesores lo dejaron pasar desapercibido—.
No es que realmente pueda culparlos por ello. Dylan hace cosas específicamente para ocultarlo.
Lo sigo a la cocina, donde nos sirve un vaso de leche y saca un paquete de galletas. —¿Qué tan malo es?—
—Es bastante malo que ni siquiera pudiera leer la primera página de un ensayo que le hice leer. Dice que todas las palabras se confunden y no puede mantenerlas en orden—.
No es de extrañar que pareciera que se estaba concentrando tanto. Debe ser una tortura.
Al llevarse una galleta a la boca, mi papá se estremece. —Eso suena bastante mal. Creo que esto está fuera de tu alcance—.
Me niego a creer eso.
—La cuestión es que… respondió correctamente la mayoría de las preguntas cuando le leí el ensayo. Dijo que tiene una aplicación en su teléfono que lee cosas en voz alta para poder hacer la tarea. También recibe versiones en audio de los libros que necesitamos leer en clase—. Mojo mi galleta en el vaso de leche. —Está motivado…— Tal como dijo la señora Herman. —Es sólo su cerebro el que no coopera—.
No por culpa suya.
Mastica otra galleta. —Lo entiendo-—
—No me voy a rendir con él—. Sintiendo una sensación de gusto, salgo de la cocina. —Sé que tiene que haber algo que pueda hacer para ayudarlo—.
Tiene que haberlo.
Me detengo y miro a mi papá antes de salir. —Lo siento por llegar tarde.—
Cierra el paquete de galletas. —Dadas las circunstancias, lo dejaré pasar—.
Me muerdo la comisura del labio mientras reflexiono sobre la mejor manera de decir esto.
—Tengo dieciocho años, papá. También seguiré dando clases particulares a Dylan por la noche. Vas a necesitar soltar las riendas—.
—¿Por qué esta tutoría tiene que llegar tan tarde? ¿No pueden reunirse ustedes dos durante el horario normal?
La noche es normal. Mi papá es solo un fósil.
Escaneo mi cerebro, tratando de encontrar una razón que él no sólo acepte sino que respete.
—Trabaja después de la escuela y no sale hasta pasadas las nueve—.
Quiero decir, es cierto ya que está en una banda. Supongo que practica mucho.
A pesar de que está claro que a mi papá todavía no le gusta este arreglo, cede. —Bien. Pero no entres en esta casa después de la una de la madrugada.
—Uno quince—, respondo.
—Ya veremos—, dice, lo cual para mí es suficiente.
—Te quiero papa.—
Toma el cartón de leche y lo coloca en el armario. —Yo también te amo.—
—¿Eh, papá?—
—Sí, ¿cara de mono?—
—La última vez que revisé, la leche va en el refrigerador—.
Riendo, abre la puerta del gabinete. —Vaya. Estaba tan distraído con esta charla sobre el toque de queda; Debo haberlo mezclado con las galletas—.
Salgo corriendo de la cocina para que no cambie de opinión sobre mi nuevo toque de queda.
Después de ponerme el pijama, saco mi computadora portátil y me siento en mi cama.
Luego paso el resto de la noche y la madrugada investigando todo lo que puedo sobre la dislexia.