La joven familia, Aetón Sinclair, estaba en proceso de adoptar veinte niños de diferentes condiciones pertenecientes a la fundación que llevaba el nombre de su hijo. La pareja estaba comprensiblemente nerviosa por asumir esta enorme responsabilidad, pero sabían que era lo correcto. Querían dar a estos niños un hogar cariñoso y proporcionarles todas las oportunidades que se les habían negado en sus jóvenes vidas. No podían olvidar, ella cuando estuvo prácticamente desamparada sintiéndose impotente con un niño enfermo y él porque aprendió cuando los creyó muerto, que debía ayudar a los demás, que venir a la vida tiene más que un propósito de atendernos y satisfacernos a nosotros mismos, sino también a ayudar a los demás en la medida de sus posibilidades. Sentía que era una deuda que tenía

