Mireia se encontraba despierta ese día más temprano que cualquiera, esperando en su balcón que el amanecer apareciera ante sus ojos, como siempre le había gustado, era una persona mañanera, lo cual nunca venía mal ser. Mientras esperaba al milagro de la naturaleza, tenía en sus manos una taza de café caliente puro y sin azúcar, se había acostumbrado a tomarlo así con su padre, y nunca pudo dejar la costumbre. Al pensar en retrospectiva, la torre Burgoz había sido para ella un escape a todo, un lugar en donde centrar toda su energía y capacidad intelectual. Sobre todo, tenía claro que quería dejar un legado en ella, así que la concepción de Mirkov había servido en gran medida para ello, pero ¿Valía la pena imponer una idea en la vida de una persona solo para continuar un legado que ni si

