—Hablemos, por favor.
Sus ojos estaban hinchados y rojos por haber llorado. Todo era mi culpa.
—Hoy no, por favor.
—Ven.
—Jason.
—Solo ven, prometo no decir nada. Ven.
Extiendo mi mano en dirección a ella para qué la tomará y se acercará a mí. Zoe toma mi mano y hago que se siente en mi regazo dejando una de sus piernas a cada lado de mi cuerpo y la abrazo. Beso, su cuello y dejo que llore en mi hombro. Cumplo mi promesa quedándome en total silencio sin dejar de abrazarla.
—Eran unos niños... ¿Por qué?
Zoe lloraba por nuestras discusiones. Lloraba por romper mis promesas últimamente y lloraba por esos dos niños que fallecieron. Los conocí hace más de tres meses cuando Zoe creo una fundación desde cero y ellos fueron los primeros en ser beneficiados. Sin embargo, no consiguieron ganar la batalla. Algo que la marcará a ella, a mis hijas y a las familias de esos niños. La vida era muy dura y lo es aún más cuando se trata de un niño agonizando.
—No quiero discutir más.
Expresa tomando un poco de distancia para mirarme a los ojos y decirme lo que sentía en ese momento.
—Tampoco yo.
—¿Por qué estamos peleando tanto?
—No lo sé.
—Tampoco lo sé.
—Lograremos superar eso. Hemos superado muchas cosas y podremos con esto. No perdamos la fe.
—Sí.
Le doy un beso con ternura y aunque deseaba hacerle el amor, sabía que ella no se encontraba bien emocionalmente y lo mejor era que descansará o mañana su cuerpo le pasaría factura. Le abrazo la cintura y hago que se apoye en mi pecho. Acaricio su cabello y le doy besos en la frente hasta que se duerme.
—El desayuno está listo, ven a comer.
—Comeré en la empresa.
—He dicho que está listo.
Iba a refutar el por qué no podía, pero al mirar sus ojos aún hinchados decido callarme y aceptar.
—De acuerdo. Iré en un momento.
—Déjame ayudarte.
Zoe se acerca y me ayuda con la corbata para después bajar juntos a tomar el desayuno con las niñas. Ellas me abrazan y saludan con mucha emoción, yo sonrío y les doy un beso en sus cabezas. El tiempo pasa muy rápido y ya debía irme a la empresa, al igual que las niñas debían ir a clases.
A cada hora me encontraba mirando la hora en el reloj de mi muñeca para no olvidarme en ir por las niñas. Les había fallado el día anterior y esta vez no volvería a pasar. Faltaba media hora para que salieran y decido delegar el trabajo para ir por ellas. Le envió un mensaje a Zoe informando que iría por las niñas antes de salir de la oficina.
—¡Papá viniste!
Grita Mía cuando la recojo de su clase de ballet. La cargo en mis brazos y ella comienza a contarme todo lo que hicieron en las clases mientras íbamos al otro salón por su hermana que se encontraba tomando clases de pintura. Llevaba a cada una de mis hijas en mis brazos. Lisa al ser la menor seguía estando con su madre, por ello no se encontraba con nosotros.
—Me alegra saber que les ha ido bien hoy.
—¿Cómo te fue a ti, papá?
—Ahora que tengo a mis princesitas, todo es mejor.
Nelly y Mía se ríen de lo que digo y llegamos al auto. Las subo y me aseguro de que sus cinturones de seguridad estaban bien asegurados antes de irnos. Cuando llegamos a casa, Zoe ya tenía preparada la merienda de las niñas. Había cortado un poco de sus frutas favoritas y ellas eran felices.
—¿Quieres algo de fruta?
—Un poco, gracias, cariño.
Zoe sirve un poco de fruta para nosotros también y nos sentamos a comer con las niñas. Pasamos un rato jugando hasta que se hizo tarde y ella nos dejaba para preparar la cena, mientras tanto los demás tomábamos una ducha antes de la cena. Tras darle las buenas noches a las niñas, nosotros entramos en nuestra habitación e hicimos el amor.
Los días fueron pasando y no habíamos vuelto tener discusiones. Había regresado a casa más temprano gracias a que había delegado el trabajo y que habíamos conseguido acabar con los problemas que teníamos.
Una noche salí con unos amigos a beber y al llevar mucho tiempo sin beber me emborraché muy rápido y al volver a casa no recordaba muy bien cómo y cuándo había regresado, pero al día siguiente comenzaron las discusiones otra vez.
—¿Qué es esto?
—¿Qué cosa?
Mi cabeza estaba por explotar y la luz era realmente fastidiosa. Me cubro la cara con la almohada para huir de la luz, pero Zoe me la arrebata.
—Jason, ¿qué es esto y por qué estaba en tu ropa?
Abro uno de mis ojos y observo el papel que tenía en su mano. Lo tomé y miro de que se trataba. En aquel pedazo de papel tenía escrito el número de alguien y al leer el nombre de una mujer. Ya entendía el porqué de su molestia.
—No sé por qué estaba ahí, pero te juro que no pasó nada.
—No puedo creerlo.
Se va enojada. Me coloco de pie para alcanzarla, pero al levantarme tan rápido me mareo y tuve que sentarme. Vuelvo a mirar el número que estaba escrito en el papel e intento recordar qué pasó exactamente, pero no lo consigo.
Al ser domingo no debía ir a la oficina, las niñas no tendrían clases y Zoe no iría a la fundación. Consigo convencerlas para salir de paseo y así conseguir que Zoe deje de estar enojada conmigo. Terminamos yendo al acuario y después al cine, por último, al parque de diversiones y por supuesto cenamos por fuera. Cuando llegamos a casa, las niñas ya se encontraban dormidas por el cansancio. Las dejamos en sus camas y no fuimos a nuestra habitación. Dejo que Zoe tome una ducha primero y luego entro yo. Al salir de la ducha, ella ya se encontraba dormida.
Sonrío al ver que mis mujeres disfrutaron de nuestro día juntos hasta caer rendidas. Aún no habíamos hablado sobre aquel número de la desconocida, ya tocaría el tema cuando ella despertará.
—Te juro que no pasó nada, ni siquiera sé quién es. No recuerdo que pasó para tener su número ni tampoco el por qué he guardado ese papel, pero estoy seguro de que no pasó nada.
—Estabas borracho, perdiste la conciencia y llegaste arrastrando los pies. Sé que no pasó nada, porque Kevin llamó y me preguntó si tú aún le guardabas la hoja con el número de la rubia de ojos azules como el cielo que lo había hechizado.
—¿Eso te dijo?
—Sí. Lo dijo tal como te lo cuento, sus palabras no mías. Confío en ti, Jason, pero admito que me enojó encontrar el número de otra mujer en tus pantalones. Kevin debería dejar de ser un mujeriego.
—Dudo que lo consiga dejar.
—Ojalá suceda algún día.