Linda sintió a lo lejos el sonido de golpes en la puerta y una voz conocida y familiar para ella, que la llamaba de forma insistente. Era Lenora. Se incorporó en la cama. Le dolía el cuerpo, le dolía el interior de las piernas, y la cabeza también. De hecho, la luz que se filtraba le molestó cuando abrió un ojo y levantó su cuerpo. — Auch — no puedo evitar pronunciar —. Ahí voy, ahí voy — le dijo en voz alta. Y Con cierta dificultad, envuelta en la sabana manchada se encaminó a la entrada de la habitación. Como pudo se acercó a la puerta, dando pequeños pasos. — Ay niña, gracias a Dios, ¡estaba tan preocupada!— le dijo la mujer luego de abrazarla —. ¿Está bien? —le preguntó luego observándola con mayor detenimiento. —Tan bien como se puede estar luego de compartir la noche con

