Con su “marido” habían llegado a una especie de acuerdo tácito dónde este, al menos momentáneamente, había dejado de molestarla...ya no intentaba entrar a la habitación y se dirigía a ella con cortesía en lo que parecía ser -sin que Linda lo supiera- el ojo de la tormenta. Esa calma pasajera que antecede al huracán. Compartían comidas, las cenas especialmente, aunque Linda intentaba evitarlo todo el resto del tiempo. Sin embargo, él le había pedido un favor. Dado que el rancho Falcone estaba con demasiadas refacciones y en la mansión aún ni los arquitectos ni los obreros habían comenzado el trabajo fuerte, le pidió que recibiera unas monturas nuevas que había encargado para los caballos. Así que Linda, se encontraba en la pequeña caballeriza de la casa ex Harrison con toda la mercan

