3. El descubrimiento de Charly.
En ese momento de tensión, Charly contiene el aire, y de esa forma sus sentidos se agudizan para captar algo más, pero le resulta imposible. La penumbra que se adueña sobre los rincones de la casa a media refacción, a pesar de los amplios ventanales de su arquitectura colonial, y el constante soplido del viento dificultan su percepción. Y aunque intenta afinar el oído no logra escuchar nada. Su respiración es agitada y su corazón va a una velocidad imposible, y no lo ayudan en nada. Siente cómo su sangre le circula por el cuerpo y el miedo hace que su cerebro esté en blanco, no puede pensar. Debe tranquilizarse, quizá no es nada. Quizá solo es obra de su mente. Al menos intenta razonar.
¿Por qué me pongo así?
¿Qué me puede pasar?
Estoy en un pequeño pueblo tranquilo en el que la noticia más pretenciosa no deja de ser un humilde chisme. La verdad es que no tiene lógica todo lo que me estoy imaginando. Debo parar ya. Lo sé, lo sé, lo sé, vo demasiadas películas de terror, concluye haciendo una mueca.
Cuando está a punto de relajarse y volver a recobrar la lucidez, de nuevo un ruido le pone los nervios de punta. El alma se le sale del cuerpo. No sirve de nada tratar de convencerse de lo contrario. Está terriblemente asustado.
Puede echar a correr y salir de la casa sin mirar atrás, eso es lo más prudente y lo sabe. Solo que algo se lo impide, no puede darse la vuelta y salir por la puerta y ya, asunto olvidado. No puede irse sin comprobar qué era eso que está pasando. Además, ¿qué es de Alex que no aparece? Ha marcado a su número y no ha contestado una sola vez. Pasa algo. Está seguro que sí.
¿Qué quería contarme?
¿Tan urgente era para vernos en domingo?
¿Y por qué no me contesta?
Charly hace un gesto con la boca, cuando decenas de preguntas de esta índole se le vienen encima. Las dudas empiezan a atormentarlo. Sin embargo avanza muy lentamente hasta el inicio de la ancha y glamurosa escalera de la casona. Pisa el primer peldaño y espera que el crujido de la madera no delate que está ahí. Pero por mala suerte lo delata y el crujido le provoca cerrar los ojos. Charly se congela en el tiempo y aprieta fuertemente los ojos como si con eso consiguiese volverse invisible. Tiene miedo, mucho miedo…
Espera unos segundos. Se concentra intentando averiguar desesperadamente qué era lo que está pasando. Pero nada. Solo ese golpe repetitivo y muy molesto. No sabe qué hacer. Está confundido. Pero, de todas formas y para su sorpresa sube el segundo pie en el escalón.
Trata de subir pegado al apoya manos creyendo de que de esa manera la madera crujiría menos. O quizás solo necesita apoyarse para darse valor.
A medida que avanza por las escaleras, los golpes se hacen más pesados y terroríficos. Al llegar a la primera planta, se da cuenta que el ruido viene del lado derecho del pasillo, incluso puede apostar que el ruido viene del cuarto más cercano a las escaleras. Su afinado oído se lo confirma. Está seguro.
Por lo menos esa es la zona más iluminada, o menos oscura de la planta, al menos se trata de la zona más luminosa de la planta. El miedo hace que su respiración sea entrecortada, descontrolada. No sabe lo que se va a encontrar y tampoco si estará preparado. Sólo tiene la certeza de que algo está ocurriendo y una infinidad de preguntas sin respuesta rondan por su cabeza. Suda frío. La tensión que le provoca el miedo le causa un dolor de cabeza, pero aun así él opta por avanzar. Cuando llega a la altura de la habitación posa su mano temblorosa en el pomo elegante de épocas coloniales. Le tiembla todo el cuerpo cuando la gira muy lentamente. Hasta que se lanza a la puerta contra la pared mientras pega un salto hacia atrás para protegerse de algo o de alguien. Contiene la respiración, y luego suelta un resoplido que le sale de la garganta. Descubre que el maldito golpeteo es provocado por una de las ventanas de la habitación que se agita con insistencia por el viento. El viento gélido va en aumento y él trata de ir en contra. Avanza sobre la gran habitación por la alfombra hecha añicos. Esquiva una mesa desgastada, hasta que al fin llega al ventanal que causa el ruido. Desde ahí mira el panorama completo. Sin duda Alex ha estado ahí. Con las manos temblando por el frío cierra la ventana.
Quizás Alex o alguno de los albañiles la han dejado abierta y se han olvidado de cerrarla. Es lo más probable, piensa.
Se apoya en la pared mientras observa que las ramas de los árboles se sacuden por la fuerza del viento. En el cielo las nubes oscuras y amenazantes avanzan y cubren el cielo con su manto. A pesar de ese panorama se siente a gusto. Le encantan los días de lluvia. Se imagina a sí mismo a lado del calor de la fogata dentro de su casa, arropado y con una taza de chocolate en la mano. Y Manu siendo cariñoso con él…
Resopla.
Con tranquilidad ya se encamina media vuelta al pasillo.
Entonces lo ve.
Un grito ahogado nace de lo más profundo de su garganta.
Un líquido espeso de color intenso se asoma por la puerta entreabierta del baño, que presagia alguna desgracia. Charly traga saliva y se acerca sin pensarlo, sin dudarlo. Empuja la puerta con mucho cuidado, comprobando para su mala suerte que todo el suelo está manchado con ese líquido. Algo que no puede ver desde ese lugar en el que ésta lo detiene de una.
Su corazón se acelera. Su pulso vuelve a acelerarse. Con temor se balancea hacia detrás de la puerta para ver lo que le impide abrirla de una. Allí está Alex, en el suelo, y tiene la mirada vacía. No hay vida en ellos. Un reguero que parte de su cabeza se desliza como un río caudal hasta llegar a formar un charco rojizo.
—Pero qué...
Charly suelta un grito que no puede controlar. Queda tieso por un momento. El terror se refleja en el rostro. Sus ojos se niegan a ver la cruda imagen. Siente pánico y sin saber cómo, huye de aquella habitación y baja corriendo por las escaleras ruidosas. Sus piernas no pueden ser más rápidas como quiere su mente, y en un momento, tropieza y cae rodando por la escalera, y su cabeza va a estrellarse en el suelo con tanta fuerza que lo deja inconsciente en el suelo.