La cabaña estaba sumida en un silencio espeso, apenas roto por el crujir de la madera cuando el viento de la madrugada la azotaba. Martina se asomó por la ventana y sintió un escalofrío: la neblina del amanecer cubría el sendero, pero las huellas de neumáticos húmedos eran demasiado recientes para ser casualidad. —Adam… —susurró con un hilo de voz mientras lo sacudía con suavidad—. Despierta, algo no está bien. Adam se incorporó de inmediato, aún con el cabello despeinado. —¿Qué pasa, Martina? —Hay marcas de llantas afuera. No estábamos aquí anoche, nadie debería saber que estamos en esta cabaña. Adam se levantó, observó por la ventana y su mandíbula se tensó. —Empaca tus cosas. Nos vamos ahora. Martina lo miró confundida. —¿Adónde? No tenemos un plan. —Lo tendremos —respondió con

