Cuando Cataleya cruzaba el umbral, Matteo apareció entre las sombras. Su ropa estaba manchada de sangre ajena, el cabello mojado, la mirada encendida de furia y miedo. —¿A dónde crees que vas? —su voz era un susurro áspero, pero cargado de emoción. Cataleya retrocedió, el arma aún en su mano temblorosa. —¡Aléjate! ¡No sé quién eres! —gritó, con la voz rota. Matteo levantó las manos, sin moverse. —Soy el hombre al que salvaste aquella noche. El que juró protegerte, aunque tú no lo supieras. Cataleya lo miró. La lluvia le corría por el rostro. Los recuerdos la golpearon: el callejón, la sangre, la mirada de aquel desconocido al que no pudo dejar morir. —¿Por qué yo? —susurró. Matteo dio un paso, despacio, como si temiera romper lo poco de calma que quedaba entre ellos. —Porque cuand

