El segundo dĂa en el restaurante fue aĂșn mĂĄs frenĂ©tico que el primero. Pero esta vez, Cataleya se sentĂa menos torpe. Ya sabĂa dĂłnde iban las cosas, quĂ© platos salĂan mĂĄs rĂĄpido, quĂ© clientes dejaban mĂĄs propina y cĂłmo Elvira medĂa el ritmo del lugar sin perder ni un detalle. Leo, el mesero de sonrisa fĂĄcil y mirada cĂĄlida, no dejĂł de acercarse. âHoy te ves mĂĄs segura âle dijo mientras pasaba una bandeja de bebidasâ. ÂżDormiste bien? Ella dudĂł. âLo suficiente. Leo le señalĂł con la cabeza hacia la terraza. âCuando termines de limpiar esa mesa, tomate cinco minutos. Elvira no dice nada si es entre turnos. Yo te cubro. Cataleya obedeciĂł. Se sentĂł en una de las sillas del fondo, al aire libre, y respirĂł. AĂșn llevaba el uniforme, las manos un poco enrojecidas por el jabĂłn. TenĂa manchas d

