La noche había caído con una calma engañosa sobre la mansión Rinaldi. Los corredores antiguos estaban en silencio, salvo por el eco lejano de un reloj de péndulo que marcaba el paso del tiempo con solemnidad. Margot había convocado a sus hijos al estudio. Queria que fuera privado, sin criados, sin interrupciones. Solo ellos tres. Sebastián fue el primero en entrar. Alto, de porte sobrio, vestía una camisa negra perfectamente abotonada, el cabello peinado hacia atrás con precisión. Le siguió Martina, con un conjunto beige de lino, el rostro serio y los brazos cruzados desde que cruzó la puerta. Margot los esperaba de pie, junto al ventanal. Llevaba un vestido color vino tinto de terciopelo, ajustado, con mangas largas. Elegante como siempre, pero su mirada delataba algo más: urgencia. —C

