Hospital Sant’Eugenio – Habitación 204. Día siguiente, 10:43 a.m. Cataleya no estaba segura de por qué volvió. Tal vez por gratitud. Tal vez por esa sensación inexplicable que sintió al ver al hombre desangrándose solo en el callejón. Llevaba en las manos una pequeña bolsa de papel con galletas caseras del restaurante, esas que Elvira a veces dejaba de lado y que ella rescató a escondidas, con algo de azúcar glas aún fresco. Y lo más importante: el anillo. Tocó suavemente la puerta y asomó la cabeza. —¿Hola? Matteo abrió los ojos al oír su voz. Estaba solo, con una venda gruesa en la pierna y un vendaje en el costado. La mirada, sin embargo, seguía intacta: intensa, vigilante, de esas que parecen ver más de lo que deberían. —Pensé que no volverías —dijo, sin tono de reproche, solo una

