😈PLANES EN INICIO😈

1890 Words
DÍAS DESPUÉS Margot no dormía. Las ojeras en su rostro eran marcas del insomnio y la culpa disfrazada de ambición. En la penumbra de su habitación, el silencio era espeso, como si todo estuviera conteniendo la respiración. Sobre la mesa, extendió los documentos: manipulados, calculados, perfectamente preparados para un objetivo que no tenía que ver con el amor... sino con la posesión. En el centro, la foto de Cataleya. La niña sonreía, ajena a todo. —No eres mía... —susurró Margot con la voz quebrada—. Pero deberías serlo todo esto… debería ser mío. Sus dedos apretaron la orilla del sobre como si estrangularan el pasado. —Franco se quedó con todo. ¡Él siempre fue el favorito! Y luego Andrea... esa niñita perfecta con cara de ángel. ¡Todo se lo dieron a ella! ¡Incluso después de muertos! —espetó con un tono envenenado. Se miró en el espejo. Su reflejo mostraba una mujer arruinada por la envidia, pero en sus ojos no había arrepentimiento… había resolución. —Cataleya es la llave. Con ella recuperó lo que me corresponde esa herencia... esa casa... esos malditos apellidos que tanto brillan. —Se inclinó hacia el espejo con voz baja, casi demoníaca—. Y si tengo que aplastar a Renata para conseguirlo, lo haré. Abrió el cajón del tocador y sacó el sobre con los papeles falsificados. —Una madre... una tía amorosa preocupada por su sobrina huérfana —dijo con una sonrisa sarcástica—. Esa es la historia que van a creer. EN CASA DE RENATA Cataleya jugaba en el jardín. La luz del sol tejía destellos en su cabello castaño mientras corría entre las flores, libre, risueña… inocente. Renata la observaba desde la ventana, su pecho lleno de ternura, pero con el alma inquieta. Había algo que no la dejaba tranquila. La intuición del peligro, la niña recogía una flor y corrió hacia ella. —¡Mira, tía Rena! ¡La más bonita para ti! —dijo, tendiendole la flor con su pequeña mano. —Gracias, mi amor. Esta es la flor más preciosa de todo el jardín… igual que tú —le respondió con una sonrisa que disimulaba la punzada que sentía por dentro. Cataleya se acurrucó en su regazo. —¿Tú me vas a cuidar siempre? Renata le acarició el cabello. —Siempre. Aunque vengan tormentas, aunque el mundo se vuelva oscuro… yo voy a estar aquí. La niña se quedó en silencio unos segundos. —A veces escucho a una señora en mis sueños. Dice que soy "suya", que pronto vamos a vivir juntas en una casa grande. Pero no es mi mami… su voz me asusta. Renata sintió que el corazón se le detenía. —¿Cómo es esa voz? —Fría. Como si me quisiera abrazar, pero no con amor… como si me quisiera atrapar. Renata apretó la flor en su mano. —Cataleya… si alguna vez alguien intenta llevarte sin que yo esté, grita. Grita fuerte. Tú sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —Sí. Eres mi hogar —dijo la niña, y le dio un beso en la mejilla. Renata la abrazó con fuerza, mientras sus pensamientos ya estaban en marcha. Margot sabía que se acercaba. Sabía que no vendría por amor… sino por poder EN LA OFICINA DE SERVICIOS SOCIALES – SEMANAS DESPUÉS Margot se presentó con un aire forzosamente compungido. Traía el maquillaje discreto, las manos temblorosas, y el sobre de documentos que llevaba meses armando como una bomba silenciosa. Se sentó frente a la trabajadora social, la señora Jiménez, quien hojeaba ya un expediente grueso con su nombre en la portada. —Buenos días, señora Rinaldi. ¿En qué podemos ayudarla? —Vengo a reclamar la custodia de mi sobrina Cataleya —respondió Margot, con la voz medida y cuidadosamente quebrada—. Desde que mi hermano y su esposa murieron, he sentido que tengo el deber moral… y familiar… de encargarme de su hija. La señora Jiménez levantó una ceja, sin dejar de revisar el expediente. —¿Reclamar? ¿Está segura de que entiende la situación legal actual? —Soy su tía —Margot alzó la barbilla con falsa dignidad—. Lleva mi sangre. Soy su familia directa. Esa niña no debería estar con Renata. —Su sobrina fue confiada legalmente a la señora Renata Bianchi por sus padres, Franco Rinaldi y Andrea Bianchi. Existe un testamento firmado y notariado con la expresa voluntad de que ella quede bajo su cuidado, en caso de fallecimiento. Margot se tensó, el aire se le cortó por un instante. —Ese documento… debió haberse firmado en un momento de debilidad, en medio del caos. Andrea no estaba en su sano juicio cuando lo escribió. ¡Renata no es ni siquiera de sangre directa! ¡Yo soy la hermana de Franco y cuñada de Andrea! ¡Tengo más derecho que ella! La trabajadora social suspiró, sin perder la calma. —Señora Margot… ese testamento fue validado. Firmado con testigos. Franco y Andrea decidieron conscientemente que su hija quedara bajo la custodia de Renata. No sólo eso: tenemos reportes de los terapeutas y del entorno escolar de Cataleya. La niña está sana, estable, y feliz. Legal y emocionalmente, no hay fundamento para removerla de ese entorno. Margot se levantó con brusquedad, sus manos temblaban de rabia contenida. —¿Y el dinero? —espetó, olvidando por completo el papel que interpretaba—. ¿Quién está controlando la herencia de Cataleya? La señora Jiménez la observo, ahora con una mirada más crítica. —La administración de la herencia también fue delegada a Renata en calidad de tutora legal. Está supervisada por un fideicomiso con intervención del banco. Todo está en regla. —Esto es una conspiración —gruñó Margot entre dientes—. Esa mujer… esa usurpadora… siempre quiso lo que era mío. —Señora Rinaldi —dijo la trabajadora, cerrando la carpeta con firmeza—. Esta oficina no tolerará acusaciones sin pruebas ni intentos de manipulación del sistema. La custodia legal no está en disputa. Si insiste, deberá hacerlo por vía judicial, pero le anticipo: no tiene fundamento. Margot se quedó en silencio unos segundos. Luego forzó una sonrisa oscura, llena de veneno disfrazado de cortesía. —Gracias… por su tiempo. Salió con el corazón palpitando de rabia. Afuera, la brisa golpeó su rostro como una bofetada. No lo había logrado. Pero en su interior, una voz siseaba con furia: “Si por las buenas no puedo recuperarla… entonces será por las malas.” SEMANAS DESPUÉS – CASA DE MARGOT La casa de Margot, antes silenciosa y fría, ahora tenía risas. Risas reales. Risas de niños. Sus hijos jugaban en la sala con bloques y muñecos, ajenos al caos que giraba a su alrededor. Margot los observaba desde la cocina, con una taza de café que se enfriaba entre sus manos. Había lágrimas en sus ojos, pero no de tristeza. Era otra cosa. Era hambre. Hambre de más. —¿Mami? —la pequeña de cabello castaño se acercó con una flor dibujada en papel—. La hice para ti. Margot se agachó, la abrazó con fuerza y besó su frente. —Eres la razón por la que no me rendí —susurró con una mezcla de ternura y frialdad—. Y por la que no voy a parar. Flashback breve: hace dos semanas Una sala del juzgado de familia. Margot, vestida con sencillez y acompañada por su abogada y una trabajadora social. Su historial clínico actualizado, certificados de estabilidad emocional, informes psicológicos favorables. Y lo más importante: la muerte de Anderson, su esposo, ocurrida por una complicación cardíaca repentina, le había abierto una puerta inesperada. —El tribunal considera que la señora Margot Rinaldi ha cumplido con los requerimientos exigidos para la restitución parcial de la custodia de sus hijos —declaró el juez—. Siempre y cuando mantenga la terapia de seguimiento familiar, y los menores continúen asistiendo a sus actividades escolares bajo monitoreo del DIF. Margot rompió en llanto, un llanto genuino, aunque su mente ya maquinaba el siguiente paso. Tiempo actual —Cataleya es la última pieza —murmuró para sí mientras veía a sus hijos correr por el pasillo. Fue hasta su habitación, abrió el armario, sacó una caja de madera donde tenía recortes, copias de documentos y una memoria USB. —¿Quieres jugar con nosotras, mami? —preguntó su hija desde la puerta. —Enseguida, amor. Mami va a hacer unas llamadas primero. Se sentó frente al escritorio y marcó un número en su celular. Una voz masculina respondió. —¿Quién habla? —Soy Margot Rinaldi. Me pasaron tu contacto. Me dijeron que sabes “conseguir” lo que no se puede conseguir por la vía legal. —Depende de lo que busques —respondió el hombre con voz áspera. —Quiero que alguien investigue a Renata Bianchi. Necesito pruebas de que su entorno no es adecuado para una niña. Cualquier cosa sirve: facturas vencidas, contactos dudosos, vecinos conflictivos… lo que sea. Si no existe, invéntalo. Te pagaré bien. —¿Quieres arruinarla? —Quiero recuperar lo que es mío. —Hubo una pausa, luego su tono se tornó aún más oscuro—. Esa mocosa tiene una herencia millonaria. Y esa mujer la está usando para llenarse los bolsillos. No pienso quedarme mirando. —Trabajo limpio. Nada de violencia. ¿Entendido? —Lo que tú digas. Solo quiero resultados. Me contactas en este número cuando tengas algo. Colgó. Se quedó en silencio unos segundos, luego abrió el cajón de su tocador. Sacó una foto de Franco, su hermano, abrazando a una pequeña Cataleya. —Hermano… tú sabías que yo merecía algo más. Siempre estuve a la sombra. Pero eso se acabó. Ahora me toca a mí. Escuchó la risa de sus hijos desde el otro cuarto y se obligó a respirar profundo. No podía cometer errores. —Voy a hacerlo bien esta vez. No solo por ustedes —miró la foto—. Sino por lo que me arrebataron. Esa noche, Margot no durmió. Observaba desde la ventana de su estudio cómo la lluvia golpeaba las baldosas del patio trasero. En sus brazos, tenía a Martina, que se había quedado dormida en su regazo. —Ustedes son mi vida —susurró. Luego miró hacia una esquina donde, de forma casi ritual, tenía las cosas que había guardado de Anderson. Un reloj, una carta, su bufanda gris. —Tú entendías mi lucha, amor. Sabías lo que significaba ser “la otra hermana”, la que no brillaba. Me prometiste que un día todo cambiaría. Y aunque no estés aquí… voy a cumplirlo. Se levantó, dejó a Martina en su cama y volvió a su escritorio. Abrió su laptop y redactó un nuevo correo. Destinatario: Juzgado de Familia – Área de Protección Infantil Asunto: Solicitud urgente de evaluación psicológica a tutora Renata Bianchi Adjuntó los documentos falsificados luego, se detuvo un instante. Miró una foto de sus tres hijos juntos: Sebastián, Martina y Cataleya, todos riendo. Esa risa… ¿era falsa? no Margot lo borró de su mente. Cataleya no era su hija era un obstáculo un símbolo del favoritismo de la injusticia y ella estaba cansada de perder. Presionó “enviar”. El primer dominó estaba cayendo.
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