Camino al centro del pueblo de Dunster, se encontraban los jóvenes secuestradores junto a sus bellas rehenes, pero esta vez no se sentía como si lo fueran. Howard decidió no cubrirles la vista y ambas disfrutaban silenciosamente, aunque no lo admitieran, el andar en berlina en las afueras de Londres. Pero ésta vez el destino no era incierto ni tampoco tenebroso, o puede que sí lo era en parte, el destino era nada más y nada menos que la morada del conde Hamilton. ¿Podría ser que después de tres años de muerto el mismísimo hombre podría resurgir? Era una realidad que nunca se había visto su cuerpo en cuanto fue dado por muerto, tal grado de putrefacción adjunto con la peste que lo llevó a la muerte podría incluso ser nocivo para quien se le acercara. El hombre enfermó y se exilió en una de

