En cuanto recuperamos el aliento frente al lago, miré a Hans con una sonrisa. - Algo me dice que me pedirás algo. – dijo con una sonrisa nerviosa. - Todavía tenemos que llegar al campo de girasoles y estoy cansadísima. – me mordí el labio y él soltó una risa. - Y quieres que te cargue hasta ahí – asintió con la cabeza. – ¿Qué crees que soy? ¿Un príncipe azul? Tienes pies, úsalos. - ¡Hans! – le sacudí el brazo. – Me lo debes por ayudarte a dormir. - Ya pagué mi cuota con el desayuno – alzó una ceja. - Tengo un terrible dolor de cuello – rodé los ojos y él volvió a reír. - ¿Enserio crees que porque eres bonita vas a convencerme? Me ruboricé al instante. - Sí – apreté los labios y sonreí otra vez. – Por favor. Él adoptó una expresión pensativa

