Kai no entró inmediatamente cuando Aurora abrió la puerta se quedó un segundo en el umbral, como si cruzarlo implicara algo más que atravesar madera y piedra, como si al hacerlo estuviera aceptando que ya no había vuelta atrás. Aurora lo miraba en silencio tenía el rostro pálido por el agotamiento, pero sus ojos estaban demasiado despiertos, demasiado alertas. —Pasá —dijo finalmente. Kai entró y cerró la puerta con cuidado. La habitación estaba apenas iluminada por la luz azulada de las lámparas mágicas. Sobre el escritorio, los apuntes abiertos, tinta aún fresca. Aurora no había estado descansando. —No estás bien —murmuró él. —No viniste a hablar de eso.— El silencio volvió a instalarse entre ambos. Kai respiró hondo. —El medallón —dijo finalmente—. ¿Brilló otra vez?—Aurora sintió

