—No te voy a besar, ya deja esa cara de pánico —pronunció Lean después de varios minutos bailando tan pegados, que podía alcanzar a oler hasta la menta de su boca—. Solo déjate llevar —me soltó de sopresa, sosteniendome de una mano y me hizo dar un giro en mi lugar, hasta hacerme quedar espaldas a él. Seguía sin poder creer lo ágil que era para manejarme, como si fuese una muñeca de trapo y más con el ritmo que llevaba, parecía todo un experto en esa canción en especial. Nunca me lo hubiese creído de él, ese don de bailar de alguien tan frío y poco atlético. —¿No estás exagerando un poco? —pregunté y bajó su cabeza a mi altura. Sentía todo lo que podía con la parte trasera de mi cuerpo y ya me estaba poniendo incómoda. —No te has dado cuenta, pero está muerto de celos. Y lo curioso es

