CAPITULO 6

2219 Words
Julieta. ¿Quiere jugar con fuego? Perfecto. Voy a enseñarle lo que significa arder. —¿Qué esperas obtener de mí? —ronroneo, arrastrando las palabras con una malicia calculada, como una gata en celo dispuesta a arañar. Veo cómo traga saliva; su máscara de indiferencia se resquebraja apenas un instante. Y ese instante me pertenece. Le doy un empujón seco, obligándolo a retroceder dentro de su propia casa. Lo sigo de cerca, cada movimiento mío midiendo su respiración, como un depredador que disfruta el miedo de su presa antes de dar la mordida. —Parece que te gusta tenerlo todo bajo control… —susurro con una sonrisa ladeada, deslizando mis manos por su pecho—. Pero dime, ¿qué ocurre cuando alguien comienza a ver a través de esa fachada? Lo empujo con lentitud, saboreando la tensión, disfrutando cada paso que lo obliga a retroceder hasta que el sofá lo recibe sin escapatoria. —Nadie puede ver a través de mí. Lo que ves es lo que soy, y te sorprenderías de cuán pocas personas pueden realmente leerme —sonríe de lado, seguro de sí mismo. Le devuelvo la sonrisa justo cuando lo empujo con fuerza, haciéndolo caer sobre el sofá sin delicadeza alguna. —Interesante. Entonces, ¿qué pasa cuando alguien no te ve como quieres ser visto? ¿O cuando no puedes controlar todo lo que te rodea? No le doy tiempo de responder. Me monto sobre él, sujetando su quijada con firmeza, obligándolo a mirarme a los ojos. Y lo beso con una demanda clara: no voy a dejar que tenga el control esta vez. Sus labios responden a los míos con frenesí, como si intentara recuperar lo que le estoy arrancando. Sus manos buscan mi cintura, apretándome con desesperación, intentando someterme. Pero no cedo. Lo mantengo atrapado bajo mí, sintiendo cómo su respiración se agita, cómo su máscara de seguridad se resquebraja. Tal y como imaginaba, en su forma más cruda, Samuel no es más que un animal que se deja llevar por sus instintos. Y esa revelación me embriaga. —¿Te gusta jugar, verdad? —su voz ronca se curva en una sonrisa ladeada—. Es entretenido verte intentar desafiarme… pero créeme, ni siquiera comprendes la mitad de este juego. Intenta llevar las manos a mi cuello, pero lo detengo con rapidez. Sus muñecas terminan atrapadas bajo mi control, firmes contra el sofá. —Quieto, Esquivel —escupo entre dientes, con una sonrisa afilada—. Conmigo, las reglas son diferentes. Me deslizo de su regazo con la calma cruel con la que un depredador observa a su presa desangrarse. La cremallera desciende en un movimiento seco, sin titubeos. —Quieres ser el cazador… —susurro, inclinándome lo suficiente para que mi aliento roce su piel sensible—, pero ni siquiera entiendes contra qué bestia juegas. Su virilidad ya erguida me recibe sin resistencia. Lo tomo de golpe, hundiéndolo hasta el fondo, sin espacio para suavidades ni concesiones. Es un acto frío, calculado, violento. Mi lengua se mueve con precisión, diseñada para quebrar su voluntad, para sumergirlo en un delirio del que no podrá escapar. Mis manos recorren su torso con lentitud perversa, memorizando cada fibra de su piel, cada estremecimiento que no logra reprimir. Su respiración se corta, jadeante, quebrada por la contradicción de placer y furia. Intenta dominar, busca tomar mi cabeza para imponer el ritmo, pero mi mano atrapa la suya, clavándola de nuevo contra el sofá. —No hoy, Esquivel —gruño, disfrutando de su impotencia. Sus caderas embisten, torpes, desesperadas por marcar un compás que le devuelva el control. Lo dejo creerlo, justo hasta que lo siento temblar, al borde del derrumbe. Y entonces me aparto. El vacío lo golpea más que cualquier cuchillada. Lo observo con calma mientras su pecho se agita con violencia, las pupilas dilatadas, los ojos encendidos en un fulgor que oscila entre placer y rabia. Lo dejé justo al borde, donde quería tenerlo. Su mandíbula se tensa, la frustración vibra en el aire. Y yo sonrío, complacida, saboreando el espectáculo. Camino hacia la puerta, lenta, disfrutando cada segundo. Me detengo antes de salir, lo miro por encima del hombro y me relamo el labio con descaro. —Qué irónico… pensé que los hombres como tú solo sabían controlar. Pero al final, no sirven más que para suplicar. Suelto una carcajada seca al ver cómo su expresión se endurece, cómo esa furia contenida chisporrotea en sus ojos. —Quiero mi maldito dinero, Esquivel. Y más te vale dármelo, porque la próxima vez no voy a ser tan amable. No alcanzo a girar el picaporte. Su mano me atrapa con brutalidad y me arrastra de vuelta. Mi espalda golpea contra la pared; el impacto resuena en mis huesos. Su mirada, antes calculadora, ahora es un incendio de rabia contenida. Su respiración es áspera, su agarre firme. Logré quebrar su máscara de indiferencia. Eso, al menos, ya es una victoria. —¿Crees que me importas lo suficiente como para que te dé algo? —escupe, con una sonrisa venenosa—. No eres más que una puta que cree que puede jugar en mi terreno. Pero vas a tragarte cada palabra si no aprendes a ser mi maldita perra obediente. Mi palma se estrella contra su rostro, seca y contundente, arrancándole un giro de cabeza. La marca roja florece en su mejilla, y con ella, su furia se enciende aún más. —¿Eso es todo lo que tienes? —escupo con los ojos encendidos—. ¿Intentas humillarme como si fuera cualquier puta? Pues escucha bien, Esquivel: no soy tu juguete. No soy tu perra. Antes de que la amenaza se consuma en el aire, su boca choca contra la mía con una violencia voraz, como si quisiera devorarme, reclamarme. Su lengua invade la mía con una rabia que quema. El calor nos envuelve, abrasador, como gasolina ardiendo bajo una chispa. No hay control. Solo fuego. Su mano intrusa se desliza dentro de mi pantalón, reclamando mi intimidad con la certeza de quien se cree dueño. Un jadeo traicionero escapa de mis labios cuando sus dedos me encuentran, implacables, expertos, moviéndose con una precisión que me empuja sin piedad hacia el abismo. -Ya veremos quién terminará sometido y quién será el que suplique- murmura en mi oído, su aliento cálido y entrecortado golpea mi cuello, enviando escalofríos que erizan mi piel y electrizan cada fibra de mi cuerpo. Sus dedos se retiran justo en el instante previo a mi rendición, dejándome suspendida en un vacío insoportable. El aire se me corta cuando, con manos rápidas y precisas, arranca mi pantalón sin rastro de delicadeza. No hay aviso, no hay tregua: solo la irrupción brutal de su cuerpo, abriéndose paso en mí con una fuerza que arrasa y me devora, quebrando la frontera entre el dolor y el deseo. Mis pies se liberan por completo del pantalón y me aferro a él, hundiéndolo más dentro de mí, alcanzando rincones tan sensibles que hasta ahora desconocía. Sus labios vuelven a atraparme, pero esta vez los recibo con un mordisco feroz que desgarra su carne y arranca de su pecho un gemido, uno que lo impulsa a embestirme con aún más brutalidad. Mi espalda golpea contra la pared una y otra vez, sin clemencia. No me importa. Mis dedos se enredan en su cabello y tiro con fuerza, exigiendo más, reclamando lo que me pertenece. Él no se resiste; al contrario, parece saborear la violencia tanto como yo. Y esa oscuridad compartida… es lo que me enciende. Nuestros cuerpos se tensan al mismo tiempo, estallando en un clímax que nos arrasa como una tormenta desatada. El placer es tan feroz que se adhiere a mis huesos, prolongándose, inmortalizándose, hasta que no queda espacio para nada más que la crudeza del deseo consumado. —Eres como un juguete nuevo para mí. Algo con lo que jugaré hasta cansarme, y luego dejaré tirado cuando ya no me interese —su voz ronca y profunda se clava en mi piel, arrancándome del letargo. Acomodo mi ropa, pero él vuelve a atraparme, esta vez con más fuerza. —Espero que lo hayas disfrutado, porque no volverás a tenerme aquí por más tiempo —sonrío de lado, venenosa—. ¿Quién usó a quién como juguete? Al final terminaste justo donde yo quería, Esquivel. Su gesto se tuerce, y en sus ojos arde esa mezcla de placer residual y enojo contenido. —¿Te incomoda la verdad? —mi voz es un filo—. ¿Quién eres realmente, Samuel Esquivel? Tanto empeño en ocultar tu realidad bajo esa fachada de dominio… ¿Crees que no sé leer entre líneas? —mi sonrisa se ensancha cuando su agarre se intensifica en mis hombros—. ¿Sorprendido? Esas marcas en tu cuerpo no son de ahora. ¿Quién te golpeaba? ¿Papá… o mamá, que no soportaba tener un hijo inútil? —¿Crees que puedes ver a través de mí? —su mandíbula se aprieta con furia—. No eres la primera, y no serás la última. Si piensas que eres especial, estás equivocada. Como todos, solo eres un pasatiempo. Algo que usaré… y luego desecharé. Su boca devora la mía con un hambre feroz mientras me empuja hacia la habitación. No hay delicadeza, solo crudeza. Sus manos se deslizan bajo mi blusa, aprisionando mis pezones con brutalidad y arrancándome un gemido ahogado que él engulle sin piedad. Me arroja al colchón y se abalanza sobre mí con voracidad. Su prisa se traduce en dedos desabrochando mi pantalón, haciéndolo desaparecer en el suelo. Su boca desciende, implacable, hasta arrancar un grito ahogado de mi garganta. Justo cuando estoy al borde, me invade de nuevo, brutal, robándome el aire con cada embestida salvaje. El cabecero de hierro golpea contra la pared con insistencia… hasta que un sonido metálico distinto corta el frenesí. Mi mirada se desvía: grilletes abiertos cuelgan del cabecero. Una advertencia muda que enciende una alarma en mi interior. Este malnacido juega sucio. Una chispa de desafío me atraviesa. Lo empujo y me monto sobre él, sujetando sus manos por encima de su cabeza. Lo beso con fiereza calculada, fingiendo que es parte del juego, mientras me muevo sobre él con desenfreno. Mi mano libre busca con sigilo el frío metal. Samuel está demasiado perdido en su lujuria para advertirlo. Acelero, sintiendo su cuerpo tensarse bajo el mío. Abro la boca y muerdo su pecho con violencia, arrancándole un gruñido grave. Su liberación lo sacude, y yo me dejo arrastrar también. Justo entonces, mi mano actúa con precisión: el chasquido del grillete retumba antes de que pueda reaccionar. La esposa se cierra alrededor de su muñeca, atrapándolo en la cama. Su mirada oscura, ardiendo de furia y frustración, me atraviesa. —¿Crees que con esto ganaste? —gruñe, ronco, afilado—. Cuando me suelte, te vas a arrepentir cada maldito segundo de lo que has hecho. Una risa baja me escapa. Me inclino sobre él, dejando que mis labios rocen los suyos sin darle el beso. —Oh, Esquivel… —susurro. Me deslizo fuera de él con calma, sin prisa. Antes de apartarme por completo, deposito un beso suave en sus labios. Inocente. Inesperado. La confusión cruza fugaz su rostro, una grieta en su máscara de ira. Eso lo enfurece aún más. —No eres especial, Samuel —me subo el pantalón con calma—. Todos los hombres son iguales cuando follan: el placer los vuelve estúpidos. Camino lentamente por la habitación, sintiendo su mirada quemarme la espalda. No me detengo. Abro cajones, reviso estanterías, paso los dedos por cada superficie. Él me quitó algo; ahora cobraré con intereses. —Supongo que no te molestará que tome esto —alzo una mochila de aspecto costoso. Empiezo a llenarla con relojes, anillos, adornos de oro. Cada objeto cae con un sonido metálico satisfactorio. —Eres un maldito ostentoso —le muestro un zapato pequeño de oro, gastado por el tiempo. Samuel frunce el ceño. Ese objeto parece dolerle más que todo lo demás. —Róbame lo que quieras… pero todo lo que me tomes, tarde o temprano lo pagarás el doble. —No es un robo. Solo reclamo lo que me pertenece. No quisiste darlo a la buena… lo tomaré a la mala —lo miro desde la puerta—. ¿Pensaste que la follada de hace un rato fue casualidad? ¿Debilidad mía? No. Fue la excusa perfecta para entrar a tu casa. Agradece que no tuve que noquearte. Demasiado esfuerzo para alguien que no lo vale. Camino hacia la salida. Su voz irrumpe, iracunda, como un látigo: —¡Juega todo lo que quieras, perra, pero recuerda esto! Los juguetes se rompen. Y cuando te alcance… me aseguraré de que no sirvas para nada más. Me carcajeo, sin detenerme. Sigo saqueando con calma hasta que una puerta al fondo me llama la atención. Intento abrirla: cerrada con llave. No hay tiempo. El sonido del metal golpeando furioso me alerta: pronto se liberará. Aprieto la mochila contra mi pecho y corro hacia la salida, rezando que lo reunido alcance para cubrir el cheque. Mamá lo necesita. —¡JULIETAAAA! Es lo último que escucho antes de cerrar la puerta.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD