CAPITULO 8

2094 Words
Una semana después. Julieta. Tras deshacerme de todo lo que había saqueado en la casa de ese arrogante bastardo, envié el dinero a mamá sin reservarme ni una mínima parte. No lo quería, al menos no tanto como ella lo necesitaba. Durante varios días, la incómoda certeza de estar siendo vigilada se pegó a mí como un espectro. Sin importar el lugar al que me dirigiera, esa presencia reptaba sobre mi piel, tensándome la nuca. Y aun así, cada vez que intentaba descubrir quién era, se desvanecía en la penumbra. Tal vez solo fueran trucos de mi mente, imaginando fantasmas donde no los había. Vivía consumida por la paranoia, convencida de que Esquivel irrumpiría en cualquier instante con la policía a su lado, preparado para aplastarme como a un insecto. Pasé días enteros ideando posibles defensas, escarbando en busca de un resquicio que me favoreciera, pero al final, todas las piezas encajaban a su favor y en mi contra. Sin embargo, ese momento jamás llegó. Esquivel se desvaneció de mi vida sin dejar un solo rastro, y de aquel engreído desgraciado no volví a tener noticia alguna. Algo que, en el fondo, agradecí más de lo que hubiera imaginado. Sus huellas siguen tatuadas en mi piel, como un eco obstinado que se niega a borrarse, aunque el tiempo haya corrido implacable. Me incomoda aceptarlo, pero hasta ahora ha sido el polvo más intenso de mi vida. Suelto mi cabello y dejo que caiga libre sobre mis hombros. Me enfundo un short y una blusa de tiras, retando al calor asfixiante con una mueca de burla. Hoy tengo que ir a ver a mamá. Mi abuela jamás fue una madre para ella, y mucho menos un ser bondadoso. Pero el dinero tiene ese poder sucio: mueve lo que parece inamovible, incluso a las personas. Tomo una mochila pequeña y guardo apenas una muda de ropa. La ansiedad de reencontrarme con mamá y mis hermanas me oprime el pecho, así que no me entretengo. Cuando todo está preparado, giro la manija de la puerta… y me topo con dos hombres aguardando al otro lado. Uno de ellos es Daniel Rodríguez, mi contacto en la policía y, sin duda, el amante más ventajoso que he tenido. El otro… no tengo idea de quién es, pero su mirada basta para advertirme que no trae buenas intenciones. —Daniel… —susurro, aunque el desconocido lo atraviesa con una mirada cargada de reproche. —Ignoraba que tenía vínculos con la sospechosa, Rodríguez. Esto huele a un grave conflicto de intereses —su voz es dura, impregnada de desconfianza. ¿Sospechosa? La palabra golpea mi mente como una sirena de alarma, pero me niego a mostrar debilidad. Enderezo la espalda y me adelanto, dispuesta a cortar el problema de raíz. —No nos conocemos —replico con calma fingida, dejando caer un velo de indiferencia—. El detective Rodríguez me auxilió una vez cuando pensé que mi hermana había sido secuestrada. Resultó ser solo una estupidez: se había fugado con su novio. Una tontería mía, y él fue demasiado paciente. Mis palabras parecen apaciguarlo, aunque apenas por un instante. La tensión permanece suspendida en el aire, como un filo a punto de caer. —¿Perdone? ¿Acaba de llamarme "sospechosa"? —inquiro con firmeza, aunque por dentro un nudo me oprime. El hombre se endereza y saca una pequeña libreta de su bolsillo. —Sospechosa de homicidio —declara con frialdad, y siento cómo la sangre me abandona el cuerpo. —¿Qué? —Julieta… —interviene Daniel en un tono más contenido—. Se trata del señor Nick Deveraux, asesinado. El nombre apenas me dice algo, pero el apellido retumba inconfundible. Deveraux… el padre de Tommy. —¿Y qué demonios tiene eso que ver conmigo? —pregunto, acomodando la mochila sobre mi hombro como si el simple peso de la tela pudiera sostenerme en pie. —Tenemos constancia de un altercado entre ustedes hace unos días, durante un evento en esta universidad —añade el detective, frunciendo el ceño al notar mi equipaje—. ¿Piensa marcharse? Aprieto la mandíbula, devolviéndole la mirada con un frío que hiela. —Eso no le incumbe. —Me resulta sospechoso. ¿No cree? —Lo que sí me parece es una soberana estupidez que me haga perder el tiempo con semejante acusación —escupo con veneno—. Ese hombre no me interesaba en lo más mínimo. ¿Por qué habría de mancharme las manos con él? —Lo lamento, pero tendrá que acompañarnos —responde, y antes de que pueda apartarme, su mano se aferra con brusquedad a mi brazo, como si tuviera algún derecho sobre mí. La furia estalla en mi pecho sin dejar espacio a la razón. Mi puño se cierra y lo lanzo directo a su rostro con toda la rabia que me recorre. —¡No vuelva a ponerme un dedo encima, maldito! —escupo entre dientes, mientras el impacto me retumba en los nudillos. El dolor punzante atraviesa mi mano, pero no me importa en absoluto. La sangre resbala despacio por su nariz. Está furioso. Su mirada me atraviesa como la de un demonio a punto de lanzarse sobre su presa. —Parece que no quiso cooperar por las buenas —masculla, limpiándose con desgano la mancha roja. —Detective Sarmiento… —Daniel intenta interceder, pero el otro lo aparta de un empujón seco, dejándome claro que mi supuesto aliado no es más que un simple peón bajo su sombra. Sin darme margen, Sarmiento me estrella contra la pared con violencia innecesaria y sujeta mis muñecas tras la espalda, asegurándolas con frialdad. —Queda arrestada por agresión a un servidor público, obstrucción de una investigación judicial, resistencia a la autoridad y lesiones personales. Una carcajada se me escapa de los labios. ¿En serio? Vaya repertorio patético de acusaciones. —Herrera… —El tono con el que Daniel pronuncia mi apellido lleva un matiz de advertencia. Lo miro de reojo y opto por guardar silencio, no por remordimiento, sino porque aunque disfruto desafiar a este imbécil, no pretendo empeorar mi situación innecesariamente. Detesto que me toquen sin permiso. Siempre acaba mal. La furia corre por mis venas como un veneno ardiente y, antes de pensarlo, reacciono. No mido, no calculo. Solo me defiendo, como un animal acorralado. Me arrastran bajo la atenta mirada de mis compañeros. Algunos cuchichean, otros fingen indiferencia, pero todos me observan. Sus ojos me pesan, me juzgan, especulan sobre mí. Estoy a solo dos días de presentar mi tesis. Es mi último año. Todo este infierno me ha costado demasiado como para tirarlo por la borda por una estupidez semejante. Mataron al padre de Tommy. ¿Y qué diablos tengo que ver yo en eso? ¿Acaso soy la única con la que ese imbécil tuvo problemas? Cuando finalmente me llevan a la estación, tras una avalancha de papeleo inútil y sin una sola prueba concreta que me relacione con el caso, me enchufan de inmediato a un polígrafo. El cuarto es estrecho, iluminado por una luz blanca y gélida que titila de vez en cuando, como si fuera a extinguirse. La máquina zumba con un murmullo persistente, una melodía metálica de cables y sensores que se adhieren a mi piel. Pueden atarme a todos los aparatos del mundo, interrogarme hasta desgastarse, pero no descubrirán lo que no existe. El encargado del polígrafo carraspea antes de comenzar. —¿Cuál es su nombre completo? —Julieta Emilia Herrera Suárez. El bolígrafo del polígrafo araña el papel con un sonido uniforme. La línea avanza sin sobresaltos. —Fecha de nacimiento. —24 de octubre de 2005. —¿Qué edad tiene? —A un mes de cumplir diecinueve, imbécil. El hombre se queda quieto, sorprendido. Me observa con fastidio, esperando que la aguja del polígrafo delatara algún temblor en mis palabras. Pero la línea sigue recta, impasible. No tengo nada que ocultar. Recupera la compostura y continúa con el interrogatorio. —¿En qué ciudad estamos? —Valmora. —¿Qué día es hoy? —21 de septiembre de 2024. Las preguntas son insípidas, repetitivas, agotadoras. Quisiera estar en cualquier otro lugar, pero no niego que me divierte ver cómo se frustran al no poder quebrarme. Entonces, el detective con la nariz rota se adelanta cuando el operador le hace una seña. Se planta frente a mí con los brazos cruzados, como si su sombra pudiera intimidarme. Ni un cosquilleo me provoca. —¿Conocía a la víctima, el señor Tommy Deveraux? —No. Solo sé que era el padre del chico con el que me acostaba, pero jamás fuimos presentados. La primera vez que lo vi fue en la ceremonia de premiación. Tuvimos un cruce poco amistoso, y después de eso, nada más. —Así que admite que discutió con él. —Jamás lo negué. Dígame algo, detective, si alguien se le planta con insultos o lo agrede, ¿usted se queda de brazos cruzados? Yo no. Y usted mismo es prueba de ello. Desvío la mirada hacia su nariz partida y esbozo una sonrisa ladeada. Él aprieta los dientes. —Entonces, ¿lo mató? —Nunca dije eso. Defenderme no me convierte en asesina. ¿Sabe lo que veo? Que está tan perdido en esta investigación que decidió arrestarme a mí solo para maquillar su incompetencia. Sus ojos chisporrotean de ira. Sabe que digo la verdad: si tuviera pruebas, no estaría aferrado a un polígrafo. —¿Dónde estaba el 19 de septiembre en la noche? —En mi habitación. Puede preguntarle a mi vecina. Pasamos la madrugada en una pijamada. ¿Quiere que también le dé detalles íntimos de lo que hicimos? Me muerdo el labio con deliberación, consciente del efecto que suele provocar. Él no es la excepción: se endereza, incómodo. —¿Ella puede confirmar lo que dice? —Por supuesto. Ella y el resto de los que terminaron sumándose a la orgía. El operador del polígrafo se atraganta con su propia saliva y empieza a toser con violencia. El sonido raspa el aire, llenando el cuarto. El detective me lanza una mirada asesina, mientras Daniel, al fondo, sonríe de medio lado. Me conoce demasiado bien; sabe que no miento respecto a la orgía. —Está… diciendo la verdad, señor —balbucea el hombre de la máquina, aún jadeante. El zumbido constante del polígrafo se clava en mis oídos. No buscan justicia, ni la verdad. Solo quieren atraparme en una mentira que no existe. Entonces, el detective suelta la pregunta que desde el inicio pendía sobre mí como una soga invisible. —¿Alguna vez ha sido autora o cómplice de un homicidio? El silencio se instala en la sala. Puedo sentir cómo todos contienen el aliento, aguardando un titubeo, una grieta, una sombra de culpa en mis gestos o en mi voz. Pero no pienso regalarles ese espectáculo. No parpadeo. No acelero la respiración. No hay un temblor en mis hombros ni un destello de duda en mis ojos. —No. El polígrafo sigue marcando con su zumbido monótono, la aguja trazando su camino recto, sin alteraciones. El operador traga en seco, observa el papel, vuelve a revisarlo como si necesitara asegurarse de que no está mal. —Dice la verdad —murmura. Daniel suelta una risa breve y seca. El detective aprieta los puños, frustrado. Yo solo sonrío con suficiencia. Querían verme tambalear. Querían un resquicio de miedo. Pero yo no soy de esas personas. —¿Ya puedo irme? Tengo asuntos más urgentes. —Ni lo sueñe. Todavía están los cargos por lesiones personales. Su respuesta no me toma por sorpresa, aunque me arranca un rodar de ojos. Antes de que pueda replicar, otro hombre entra en la sala y se acerca al detective. Le susurra algo al oído. Rodriguez frunce el ceño y se aparta, aunque sin perderme de vista. Lo sigo con la mirada hasta que la puerta lo traga. Entonces fijo la vista en el vidrio polarizado que tengo enfrente. Sé que alguien se oculta tras él, observando cada movimiento, evaluándome como un experimento. Tal vez un experto en lenguaje corporal analizando cada gesto. O quizá solo un voyeur con demasiado tiempo libre. Levanto el dedo medio hacia el cristal, sin disimulo alguno, consciente de que el detective también está allí. Que lo vea. Que lo entienda. Uno a uno, abandonan la sala. Me retiran los cables, los sensores, y me dejan sola con el eco de mis pensamientos, que rebota como un martillo en las paredes frías.
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