CAPITULO 4

1871 Words
SAMUEL. El roce con la princesita insolente me deja una jaqueca pulsando en las sienes, como un eco constante del caos recién desatado. Me dejo caer en la silla de cuero, cierro los ojos unos segundos y dejo que la tensión se disuelva en un murmullo de cansancio. Aun así, la sensación persiste: la descarga de golpear a ese viejo repugnante me resultó demasiado gratificante. ¿Protegerla a ella? Qué estupidez. Una carcajada breve, seca, se me escapa. No, nunca fue por ella. Fue por mí. Por el instinto primitivo de romperle el orgullo a un gusano que creyó tener autoridad. Desde que lo vi en la sala supe qué clase de alimaña era, con esa mirada venenosa buscando a quién intimidar. Solo me faltaba un motivo. Y ella, con su temperamento de fiera enjaulada, me lo sirvió como un banquete. Arrogante, podrido por dentro, con un hijo desecho en prisión y aún así convencido de que la vida le debía pleitesía. Son los que más disfruto aplastar. Ese instante en el que la soberbia se convierte en terror puro… cuando entienden que ya no tienen el control, que su voz no significa nada. Ver cómo los ojos se les llenan de desesperación antes de la caída es un espectáculo que nunca me cansa. Porque, al final, todo aquel que tropieza conmigo se enfrenta al mismo destino: la tumba. Mis pensamientos, sin querer, regresan a la muchacha. Delgada, con una lengua afilada que no dudó en lanzarme. Valiente, sí, pero no lo bastante. Su altanería apenas tapaba la urgencia. Yo lo vi: esa necesidad ansiosa con la que abrazó el cheque, como si fuese oxígeno. Eso no se le escapa a nadie como yo. ¿Qué tan mal está su mundo para que un pedazo de papel la haga aferrarse de ese modo? ¿Una familia ausente, quizás? Acaso ¿Mamá y papá hicieron a un lado a su princesita mimada, disfrazándolo como un acto de disciplina? o será que... se cansaron de que la pequeña riquilla despilfarrara su dinero en vanidades? Me descubro sonriendo, un gesto frío que no alcanza los ojos. Pobre niña. No entiende aún la simple verdad: cualquiera que busque algo de mí termina pagando más de lo que imagina. Casi sin pensarlo, mis dedos vuelan sobre el teclado. Tecleo su nombre. La curiosidad me corroe, pero más que eso, la necesidad de control. No dejo sombras ni cabos sueltos. Todo lo que me interesa lo desarmo pieza por pieza hasta conocerlo mejor que a sí mismo. Y ella… ella ya cruzó esa línea. Ahora es mía. Aunque todavía no lo sepa. Cuando las piezas caen sobre la mesa y la información se despliega, la verdad me golpea como un mazo: estaba equivocado con ella. No es la niña rica que mi imaginación fabricó. Nada de eso. Es la hija mayor de un hogar en ruinas, con las cuentas destrozadas y el futuro hipotecado. Un padre muerto, una madre inútil y tres hermanas apenas aprendiendo a juntar letras en la primaria. La vida le cerró los puños en la cara desde temprano, y se nota. Toda esa soberbia, esa lengua afilada con la que se pavonea, no provienen del privilegio. Son cicatrices disfrazadas de coraza. Un mecanismo animal de defensa. Y en cierto modo… la entiendo. Todos aprendemos a morder cuando la vida nos acorrala. Me quedo pensando: ¿qué tanto debió soportar para templarse así? ¿Qué cicatrices lleva bajo esa altanería, escondidas entre gestos de superioridad y desprecio? Es un enigma, la pequeña Julieta Herrera. Una mujer hecha de espinas, moldeada a golpes, que todavía tiene la osadía de levantar la barbilla y desafiar al mundo. Pero a mí no. Yo no tolero la insolencia. No olvido, y no perdono. Mucho menos a quien osa creerse por encima de mí. La respuesta es simple: la voy a doblegar. La voy a romper con mis métodos, como siempre lo hago. Moveré los hilos con paciencia, pieza por pieza, hasta que no le quede más remedio que volver a mí, sometida, tragándose la altivez, arrastrándose como la perra domesticada que jura no ser. Cancelo su ansiado cheque, lo reduzco a nada, y me hundo en mi sillón con una calma venenosa. Sé que tarde o temprano tocará a mi puerta. Y cuando eso ocurra… quiero verla tragarse cada palabra, cada gesto, mientras la observo hundirse en el barro de su propio orgullo. Las horas se arrastran y el papeleo comienza a pudrirme la cabeza. El tedio es un veneno que me corroe lento, y si no encuentro pronto una distracción, voy a terminar reventando las paredes de este despacho. El golpe de la puerta me saca del sopor. Entran mi secretaria y mi asesor financiero, cargados de carpetas. Justo lo que necesitaba: piezas frescas para un juego. Apenas cruzan el umbral, la idea me salta a la mente como un demonio travieso. Cruel, obscena… perfecta. —¿Qué me traen de nuevo? —pregunto con aire distraído, reclinándome en el sillón como si nada importara. Mi asesor empieza a soltar cifras y balances, pero yo apenas lo escucho. Mi atención está en la trampa invisible que ya he montado. Solo espero el momento justo para apretar el gatillo. —Cierra la puerta —ordeno con calma, tamborileando los dedos sobre el escritorio. El tipo me mira con cierta duda, pero acata. Mi secretaria también parece incómoda, aunque no abre la boca. No tiene el valor. —¿Necesita algo más, señor? —pregunta mi asesor, con ese tono servil que me arranca una mueca divertida. —Sí —me levanto y me dejo caer en el sofá n***o frente al televisor, cruzando una pierna con elegancia—. Quiero que te la folles. Mi dedo señala a la secretaria, que se encoge de hombros como una virgen ofendida. Farsa barata. Si yo le ordenara subirse al escritorio ahora mismo, lo haría sin rechistar. La moral es solo un disfraz mal cosido. —Lo… lo siento, señor. Yo no… —balbucea la pobre imbécil. —¿No eres ese tipo de mujer? —la corto con sorna, arqueando una ceja—. ¿De verdad quieres que recuerde en voz alta cómo te llamaban en la universidad? El color abandona su cara de inmediato. —No —murmura, apenas audible. Su terror me arranca una carcajada que llena la oficina. La “rompe pollas” sabe muy bien cuál es su lugar. —Señor, yo soy casado —se atreve a decir el asesor, con voz temblorosa—. Jamás traicionaría a mi esposa. Lo observo con deleite, disfrutando de la ridiculez de su postura. —¿Y ella piensa lo mismo? —replico con un bostezo fingido—. A veces vivir en la mentira es la mayor bendición. El silencio se espesa, hasta que decido darle el golpe final. —¿Sabes que tu mujercita se ha tirado a todos tus hermanos? Su cara se quiebra como cristal. —¿Cómo… cómo sabe eso? Su balbuceo me arranca una risa baja, cruel. —Entonces lo sabías —digo alzando la comisura de los labios. Y asiento, como si la respuesta fuese obvia—. No me sorprende. Siempre fuiste un pelele incapaz de soltar la cadena. Él aprieta los puños, su mirada oscila entre la indignación y la duda. Mi secretaria, en cambio, se muerde el labio, esperando el desenlace. —Hagamos algo —propongo, recostándome cómodamente en el sofá—. Ustedes me entretienen a mí, y yo deposito cincuenta mil en la cuenta de cada uno. La oferta queda flotando en el aire, venenosa, irresistible. —Les doy mi palabra —añado con un gesto despreocupado—, esto quedará entre nosotros. Ambos vacilan, como si aún existiera en ellos un resquicio de moral. Pero yo sé cómo funciona el mundo: la dignidad es solo un disfraz barato. Basta una suma precisa para arrancarlo de raíz. Al final, terminarán cediendo. Siempre lo hacen. Y yo tendré mi espectáculo privado, mi propia película porno en vivo, hecha a la medida de mi entretenimiento. Los observo caer poco a poco, como marionetas movidas por un instinto más fuerte que su vergüenza. Y yo, dueño del escenario, disfruto cada segundo. Sonrío. No hay nada que el dinero no pueda comprar. Julieta también está incluida. Ella y su maldita lengua de perra rabiosa. -Penétrala por detrás-mi asesor sigue lo que se le pide, y aunque es una imposición, ambos lo están haciendo con una comodidad inesperada. Los gemidos de ella despiertan mi instinto, y en ese momento, su boca se convierte en algo que puedo usar como quiera. La veo allí, a mi disposición, y no tengo más que el deseo de aprovecharme de ella, de hacerla un objeto de mi voluntad. Sus nalgas continúan rebotando debido a las estocadas de mi asesor y mi m*****o busca su boca clavándome sin titubear. No hay espacio para delicadeza. Por eso cuando veo que lo hace sutilmente le palmeo el rostro. -Tragatelo entero, maldita zorra- dicho esto empujo lo más posible y su arcada me produce un increíble placer. Los gemidos llenan cada rincón de la oficina, envolviéndolo todo como un coro prohibido. Agradezco estar en lo más alto del edificio, aislados, sin vecinos curiosos ni paredes que delaten lo que aquí ocurre. Me enloquece no poder escuchar con claridad esas melodías de placer: los chillidos, los sollozos, los jadeos rotos… El sonido siempre ha sido mi perdición, la tentación a la que nunca logro resistirme. Cuando todo concluye, el silencio pesa. Cada uno se dispersa, abandonando el lugar con los bolsillos rebosando de dinero y con esa marca invisible, ese recuerdo ardiente que sólo deja una experiencia tan brutal. Ya pasan de las diez cuando llego a casa, quito el saco de forma casi indiferente. Me doy una ducha rápida, como si no tuviera otra cosa que hacer, cuando el timbre de la puerta suena, irrumpiendo en mi tranquilidad. Me quedo unos segundos en silencio, como si el mundo fuera a esperar, antes de abrir la puerta. Cuando lo hago ahí está ella...Julieta. Como si no hubiera otra cosa mejor que hacer que aparecer a esta hora. Aunque trato de mostrarme impasible, no puedo evitar una leve sonrisa que se asoma, casi divertido por la sorpresa que me causa verla. Con su postura relajada y una ropa casual, se presenta ante mí como si no tuviera que dar explicaciones. Su cabello rubio corto, algo desordenado, le da un aire desinteresado. Su rostro, libre de maquillaje, sigue siendo llamativo, como si no necesitara nada para destacar. El labio roto prueba de algun golpe reciente, la expresión indiferente, todo en ella grita que nada en el mundo le preocupa. Pero yo sé por qué está aquí, sé exactamente lo que viene a buscar, y no hay nada que me complazca más que estar tan seguro de ello. —¿Tan desesperado estabas porque viniera a buscarte que tuviste que anular el maldito cheque? Su voz es una prueba irrefutable de su enojo, aunque su rostro permanezca impasible, como si nada le afectara. Es una contradicción que me provoca una sonrisa sutil. Creo que, al fin, ha comenzado la diversión para mí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD