Capitulo 3: Entre sombras y luces

1114 Words
El tiempo pasó con la lentitud de un río que arrastra consigo todo lo que encuentra en su camino. Gabriel trató de adaptarse a su nueva realidad, aunque la vida seguía siendo una serie de momentos vacíos y días que se deslizaban sin sentido. Había comenzado a trabajar más horas de las necesarias. Se sumergió en proyectos que no le interesaban, pero que lo mantenían distraído, alejado de sus pensamientos. Sin embargo, por más que intentara, la ausencia de Valentina seguía pegada a él como una sombra, una que no se disipaba con el sol. Las noches eran especialmente difíciles. No importaba cuántos libros leyera o cuántas películas viera para evitar pensar en ella, su mente siempre regresaba a esos recuerdos. El rincón vacío en el que ella solía sentarse, la taza de café que dejaba olvidada sobre la mesa, las conversaciones ligeras en las que compartían sueños y miedos sin realmente decirlos. Valentina se había ido, pero su presencia persistía, como una huella que no se podía borrar. Un día, después de varios meses sin haberla visto ni sabido de ella, Gabriel decidió que era hora de enfrentarse a la realidad. Su madre lo había llamado para decirle que se celebraba la fiesta de cumpleaños de su tía Marta, y que por supuesto, él debía ir. Es una excusa como cualquier otra, pensó Gabriel, pero algo en su interior lo impulsó a asistir. Quizás era el deseo de desconectar, de sentir que no todo en su vida estaba teñido de esa tristeza constante. La fiesta se celebraba en una casa antigua en las afueras de la ciudad, rodeada de jardines y árboles que parecían contar historias de generaciones pasadas. Gabriel llegó algo tarde, como era su costumbre, pero al abrir la puerta de la casa, el bullicio familiar lo recibió con los brazos abiertos, como si todo hubiera permanecido igual, como si no hubiera cambiado nada. Sin embargo, su corazón no dejaba de latir con fuerza. Había algo en el aire, una sensación de anticipación, como si el destino le hubiera preparado una prueba más. La tarde avanzó entre risas y platos de comida, con las conversaciones familiares que nunca cambiaban. Gabriel trató de ser su mismo yo distante, buscando consuelo en la compañía de sus parientes. Pero mientras caminaba por el jardín, una figura a lo lejos le llamó la atención. Su corazón dio un vuelco. Allí, bajo un árbol, estaba Clara. Y junto a ella, con una sonrisa que iluminaba el rostro de todos los que la miraban, estaba... Valentina. No fue un encuentro casual, ni un golpe de suerte, No. Gabriel sabía que Clara había jugado un papel en ese momento. Ella había sido el puente entre los dos, y cuando sus ojos se encontraron con los de Valentina, todo en su mundo se detuvo. Valentina, aunque diferente, seguía siendo la misma. Su risa ligera, su forma de moverse con esa energía contagiosa, el brillo en sus ojos que parecía desafiar a la gravedad misma. Pero, había algo más en su mirada, algo que Gabriel no pudo identificar de inmediato. No era solo que ella lo miraba con cariño, era como si estuviera… distante, como si una barrera invisible los separara, a pesar de estar tan cerca. Gabriel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No sabía si debía acercarse o dar un paso atrás, pero finalmente, sin pensarlo, dio un paso adelante, y Valentina lo vio. “Gabriel…” Su voz era un susurro, suave pero cargada de emoción. Él se detuvo frente a ella, incapaz de pronunciar una sola palabra. Sus ojos brillaban, pero había algo en ellos que parecía triste, algo que lo hacía sentir que no era el hombre que ella había dejado atrás. “¿Cómo estás?” preguntó Valentina, con su voz cargada de una dulzura que lo hizo temblar. “Supongo que bien”, respondió Gabriel, intentando sonar natural, aunque su corazón latía con fuerza. “¿Y tú? ¿Cómo… cómo estás?” Valentina sonrió, pero esa sonrisa no llegó por completo a sus ojos. “He estado bien”, dijo, como si fuera la respuesta correcta, pero había una fragilidad en sus palabras que lo inquietó. “Tengo mucho que contarte.” Gabriel no podía evitar sentir que todo había cambiado en su ausencia, y aunque la había esperado durante tanto tiempo, en ese instante se dio cuenta de que ya no sabía cómo acercarse a ella, cómo recuperar lo que había sido tan suyo. “Me alegra verte”, dijo Gabriel, un poco torpe, sin saber qué más agregar. Sabía que lo que necesitaba no era una conversación trivial sobre cómo estaba, sino entender ¿qué había pasado, por qué ella se había ido sin darle explicaciones?. Valentina lo miró fijamente, y por un segundo, parecía que las palabras que ambos no habían pronunciado durante todo ese tiempo estaban a punto de salir. Pero antes de que pudiera decir algo más, Clara se acercó, rompiendo el breve instante de conexión. “Creo que deberíamos entrar”, dijo Clara con una sonrisa cálida. “Es hora de cortar el pastel.” Gabriel asintió, sintiendo la presión de las palabras no dichas, de las preguntas que se quedaban atoradas en su garganta. Pero siguió a Clara y Valentina hasta el interior de la casa, donde la fiesta continuaba su curso. Esa noche, aunque Gabriel intentó sumergirse en las conversaciones familiares, su mente no podía dejar de regresar a Valentina. Cada vez que la veía reír con alguien más, o simplemente estar en silencio observando, una parte de él se quebraba un poco más. No podía dejar de pensar en cómo había cambiado todo entre ellos. El amor que había sido tan claro y tan brillante ahora estaba empañado por una neblina de dudas y distanciamiento. La luna, como siempre, estaba allí esa noche, observando desde lo alto. Gabriel la miró a través de la ventana, su luz suave y fría. Sentía como si la luna lo comprendiera. “Te he esperado tanto”, susurró, sin esperar respuesta. En ese momento, entendió algo importante. Aunque Valentina había regresado a su vida de alguna manera, él ya no sería el mismo. Había cambiado, la vida lo había moldeado de una forma que no podría deshacer, y aunque su corazón aún la amaba, algo en él sabía que el tiempo no se detendría por ella. “¿Volveremos a ser los mismos?”, se preguntó, mientras la luna brillaba en el cielo, inmutable e indiferente. “¿O es que el amor también cambia con el tiempo?” En ese momento...El silencio fue su única respuesta.
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