Capítulo 3

1815 Words
Ventimiglia, seis años atrás… —Stupida ragazza (niña estúpida) ¿Cómo pudiste embarazarte de ese maledeto stronzo? (maldito estúpido) Eres una cualquiera, una putanna igual que tu madre. Los gritos ensordecedores de don Mateo Cintolesi se escuchan en toda la sala de nuestra casa. Le había fallado al Don, a mio padre. —Papà, per favore, ascoltami (papá, por favor escúchame) no fue mi intención, pero amo a Romeo y… y… —E merda, Gianna (y una mierda, Gianna) lo único que debías hacer era llegar pura y casta al matrimonio con Franchesco. Ahora, seré el hazmerreír de toda Ventimiglia por tu culpa. ¿por qué no tuve hijos varones dios? Se queja mirando hacia el cielo. Era la mayor de tres hermanas, a penas y había cumplido los dieciocho años y ya estaba prometida a uno de los capos de la camorra, quién era la mano izquierda de mi padre, un hombre de treinta y tantos que era tanto o más malvado que el hombre que me había dado la vida. —Pàpa… —llévensela a su habitación, ya veremos como solucionamos este problema y ustedes busquen a ese maldito figlio di puttana que deshonró a la famiglia. —¡Pàpa! Mis súplicas no fueron escuchadas por los hombres de mi padre y menos por él. Trataba de soltarme de su agarre, mientras gritaba y pedía por Romeo y por mi vida… Me lanzaron a mi habitación y cerraron la puerta por fuera y grité y golpeé la madera hasta quedar sin aliento y no pasó nada. No sé cuánto tiempo había pasado, cuando de repente la puerta se abrió y era Doménico, el consigliere y mano derecha de mi padre y el papá de Romeo. —Mia principessa ¿Qué fue lo que hicieron? —Dom, lo siento yo… no quería enamorarme de Romeo, perdonami, per favore (perdóname, por favor) —Oh mi niña, lo siento tanto, pero debes acompañarme. Doménico me tomó por los brazos y me alzó como si fuera una princesa, me llevó a la sala de tortura que estaba ubicada en el sótano de la casa, custodiada por cuatro hombres. Con lágrimas en los ojos me depósito en el suelo para quedar frente a mi padre, que nos veía con una sonrisa terrorífica y ahí… Ahí fue que lo ví a él. Encadenado de manos y pies, con la sangre escurriendo por su cuerpo, en la cruz que tenía mi padre para expiar sus culpas. —Romeo— dije en un susurro y él me miró a los ojos con tristeza. —Esto es lo que logran por no acatar mi mandato. Doménico qué prefieres ¿Rápido o lento? Es lo único que te puedo ofrecer. —Rápido signore, per favore. —Entonces será como tú lo pides, agradece que no te elimino a ti porque aún me sirves y has sido capaz de entregar a este mal nacido. » Ahora di tus últimas palabras, figlio di puttana. Se acercó a Romeo y levantó su cabeza para que lo mirara, el odio en su rostro era palpable y aunque quería acercarme para ser yo la que llevase todo ese dolor, Doménico me lo impedía. —Pàpa, per favore, te lo suplico, mátame a mí. Él no tiene la culpa de nada. —Cállate, maldita. Lo que te espera a ti es peor de lo que piensas. ¿Algo que decir antes de encontrarte con la puta tu madre? —Púdrete, viejo de mierda… ¡Bang! El disparo certero en la sien de Romeo resonó en toda la habitación y sus ojos llenos de lágrimas los que me acompañarían de por vida. Nueva York, en la actualidad… —Niccola apresúrate que debo ir a trabajar. —Mami, tengo sueño… —Oh, no, no, no señorito, usted debe ir a la escuela y yo a trabajar con Lucía, lo sabes cariño. —Es que me duele el pechito.—me volteé de inmediato a verlo, su salud era mi motor de vida y sabía que cualquier cambio que tuviera podría ser un problema para su estado. —Mi cielo, te tomaste tú medicina. —Upsi, se me olvidó. —¡Nicola! —Voy, voy, mami. Hoy había soñado con él, nuevamente en mis sueños estaba mi Romeo, mi príncipe azul y el amor de mi vida, pero eso era solo un sueño o el vivido recuerdo de lo que alguna vez fue. A mis veinticuatro años, era una feliz madre soltera de un pequeño maravilloso. Mi Niccola y con él lo tenía todo. Terminé de ordenar mis cosas y el almuerzo de mi hijo, cuando mi pequeño llegó a la mesa y tomó su cereal y la leche, comió rápido porque sabía que estábamos retrasados y pronto estaría el transporte que lo llevaba a su escuela. Vivíamos en un barrio tranquilo en Queens y mi trabajo era el mejor que podría haber encontrado, me aceptaron con un vientre enorme y cero experiencia. Ahora, era la maestra cocinera o mi la chef como le gustaba decirme a don Enrico. Gracias a él y su hija Lucia pude estudiar y ser lo que ahora soy. El sonido del claxon del transporte me sacó de mis pensamientos. Nicola tomó su mochila y juntos salimos como cada mañana, saludé a John, el conductor y me despedí de mi príncipe con un sonoro beso. —Ti amo mio principe (te amo mi príncipe) —E io a te mamma (y yo a ti mamá) —Que tengas un hermoso día. —Que vendan muchas pizzas. Esas eran nuestras frases cada mañana. Después que el transporte se fue, corrí por las calles de mi barrio para llegar a la estación del metro, en la mañana era un asco con toda la gente que iba abarrotando los vagones, pero no me importaba, llegar a Enricos lo valía. A las nueve de la mañana estaba entrando en el restaurante, Lucía me saluda como todas las mañanas con un café n***o y un scone. —Grazie, se ve delicioso. —Ayer el viejito estuvo de buen ánimo y los preparó, dijo que eran para sus niños y no hubo nadie que le pudiera impedir venir hoy, así que soporta. —¿Vendrá la señora Blue? —Y Thomas. —Qué bueno, a él le encanta la compañía de ellos. —A veces me pongo celosa, de sus niños no se olvida, pero de mí… —Lucía, tu padre te ama inmensamente y no creo que se olvide de ti, es solo que nosotros somos como su válvula de escape. Recuerda que te lo dijo el doctor Merci, su memoria es un poquito selectiva— digo para subirle el ánimo, la verdad es que don Enrico ya estaba en una fase en que el Alzheimer ya no le estaba permitiendo hacer muchas cosas. Además, ya estaba por llegar a los noventa años, era comprensible que su memoria fallase, pero entendía a Lucía, era su padre y no quería perderlo. Seguimos conversando por un rato y cuando bebí la última gota de mi café me levanté de la mesa para empezar mi mañana, la que sería muy movida, porque tener a Enrico en el restaurante era una oda a la perfección. A la hora del almuerzo el restaurante estaba lleno de comensales y como dijo Lucia, llegaron la señora Blue, Thomas y una chica a almorzar. Enrico fue quien los atendió y luego se sentó junto a ellos a conversar, era maravilloso verlo tan claro y jovial con ellos, me habría encantado conocerlo antes de que su memoria empezara a fallar, pues solo cuando venían los Scott era más notoria su lucidez. Cuando llegué de Italia, don Enrico ya tenía sus problemas de memoria y Lucía se encargaba de la administración del restaurante, pero el vio algo en mí que me tomó como su aprendiz y desde ese día he aprendido todas sus recetas. Hace un año me llamó a su cocina y me sentó en el taburete que él ocupaba para dar órdenes. Flashback... —Hoy mi piccola aprenderás mi gran secreto sobre la masa. —¿De qué hablas viejito mañoso? —De esto…—Tomó un cuaderno viejo de cuero y me lo entregó —aquí están todas mis recetas, desde hoy te harás cargo de la cocina, mi piccolina. Yo, bueno tu ya sabes, mi memoria está oxidada y sé que pronto este viejo motor se irá, así que necesito que te quedes a cargo de la cocina, tienes el talento, pero sobre todo “la mano” para hacerlo. —Pe… pero, yo no soy nadie ¿Y Lucia? ¿Está de acuerdo? —Por supuesto querida, eres la indicada y agradezco que hayas llegado a nosotros para seguir con nuestra tradición familiar. —Ya escuchaste a la mujer. Desde hoy eres la chef principal de Enricos, no me defraudes… Fin del flashback. — Dos pizzas margarita, unos ñoquis con salsa Ragú y un antipasto para la mesa cuatro, unos scalopini con rissoto y una lasaña con pomodoro para la seis, dos tiramisú para la once con dos cafés espresso, per favore— grita Alina poniendo las comandas en el pincho para que las veamos y comencemos con el trabajo. De ser una pizzería en sus inicios, habíamos cambiado mucho, ahora seguía siendo una de las mejores pizzerías de Nueva York y habíamos incluido pastas frescas y postres elaborados para atraer más público y lo habíamos conseguido. Amaba este pequeño local y por sobre todo amaba vivir en este país. Cuando son las cuatro de la tarde llega mi príncipe de la escuela y saluda a todo el mundo con cordialidad, se sienta en su mesa y comienza a conversar con su nonno (abuelo) Enrico, les sirvo unos scones con leche y sigo con lo que resta de trabajo. A las nueve termina mi turno y nos despedimos de todos para volver a casa a descansar. Llevo dos potes para la cena, pues no pensaba cocinar y debo de decir que el osobuco con ñoquis me quedó de rechuparse los dedos. Llegamos a casa y mientras preparo la mesa mi hijo va al baño a lavarse las manos. Estoy concentrada colocando el servicio cuando comienzo a escuchar su ataque de tos, corro al baño y lo encuentro aferrado al lavamanos, sus ojitos se ponen rojos y la tos no cesa. Lo tomo en mis brazos y sin mediar en nada corro con él, busco algún taxi y lo hago parar. —Buenas noches ¿Dónde los llevo? —Señor, por favor al hospital general de Nueva York. Dese prisa por favor. El chofer asiente y pone en marcha el vehículo. —Dio, per favore, non portarmelo via (dios no me lo quites, por favor) ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2408069042692
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