Capitulo síes

1733 Words
Jessa Nada. Han pasado más de tres semanas desde que Lucifer se fue, es como si nunca hubiera existido. Cuando desperté en mi departamento aquella mañana era como si aquellos días que habíamos pasado juntos, hubieran sido un sueño. Alarmada revise mi reloj y la fecha en mi teléfono dándome cuenta de que era el mismo día en que Lucifer y yo habíamos hecho aquel trato y habíamos viajado a las Vegas. Es como si nada hubiera pasado. Pero sabía que esos tres días si habían sucedido, a pesar de que no hubiera registro del vuelo o del hotel, solo tenía que mirar mi mano y ver el brillante anillo dorado de bodas que decoraba mi dedo, para recordar cada segundo de aquellos días. Es aterrador pensar como alguien tiene la capacidad de alterar el tiempo de tal manera que se acople a lo que quiere que las personas crean. Enloquecí las primeras semanas no queriendo salir de mi departamento ni siquiera para trabajar, tuve que llamar a mi trabajo y reportarme enferma. Lo que fue una mala idea porque de inmediato tuve llamadas de mis padres queriendo visitarme para ver como estaba, tuve que inventar mil escusas haciendo que en poco tiempo me volviera una experta en inventar mentiras. Pero era suficiente, no podía seguir faltando al trabajo, ni vivir de las pocas sobras que quedaban en mi refrigerador. Necesitaba salir y hacer mi vida como antes, tratar de vivir como si nada hubiera sucedido, como si mi vida no hubiera sido alterada por la llegada de un extraño libro. Por eso hoy trate de hacer mi rutina normal. Me levante temprano, fui a correr en el parque, tome mi capuchino en mi café favorito, hice una cita con el veterinario para el control anual de Zeus y por ultimo me arregle con mi vestuario habitual para ir al trabajo. Era un día típico en mi vida y necesitaba desesperadamente que se mantuviera de ese modo. Por eso me frustre un poco cuando recibí un mensaje de mi padre, para que fuera a su oficina antes de ir a mi clase de la mañana. No quería que habláramos de mis faltas últimamente, para ser sincera no quería hablar de ese tema con nadie. Pero sabía que no podía oponerme si me pedía verlo, ante todo era el rector, por tanto mi jefe y no quería complicar más las cosas. Era difícil trabajar en el mismo lugar que mi padre y tener que lidiar con sus expectativas y las expectativas que tenían los demás. Nunca he tenido una mala relación con mi padre, al contrario siempre lo he admirado. Fue su trabajo lo que hizo que decidiera estudiar mi carrera y querer ser maestra. Adoraba enseñar, sobre todo porque entendía lo difícil que podía ser aprender un idioma, a muchos de mis alumnos les parecía la tarea más complicada de la vida. Pero para mí siempre fue algo que me llamaba la atención, desde la adolescencia leía libros que eran de otros idiomas, sin importar que al final no pudiera entender lo que decía me gustaba poder superar ese reto y abrir la puerta a un nuevo desafío. Eso hizo que pudiera ser fluida en más de cuatro idiomas y pronto quería agregar un quinto. Pero a veces era complicado trabajar con mi padre, ambos somos tercos y a pesar de que no lo quiera muchas veces chocamos. Lo que hace que tengamos discusiones muy pesadas. Por suerte mi madre es la voz de la razón y siempre termina calmando las aguas. Es bueno que mi padre nunca desobedezca ninguna orden de mi madre, lo juro ese hombre puede ser el rey de la terquedad. Pero solo basta una palabra de mi madre, para que pueda abrir su mente para escuchar otras ideas y no solo oponerse a ellas. —Hola Greta, vengo a ver a mi padre— dije con una sonrisa a la secretaria de mi padre la cual conocía de niña. Siempre jugaba conmigo cuando venía a visitar a mi padre después del colegio o me traía al trabajo con él. Me dio una brillante sonrisa. —Te está esperando— me informo. Mi padre estaba en su escritorio revisando algunos documentos mientras entraba a su oficina. De inmediato dejo los documentos en la mesa y se levantó para abrazarme cuando se dio cuenta de mi presencia. Eso era algo que adoraba de mi padre, no importaba si incluso estaba enojado, eso nunca impedía que recibiera un abrazo de su parte o un te quiero. Era una regla que no faltaba en casa. —Cariño, nos has tenido muy preocupados. Tu madre ni siquiera ha conciliado el sueño estos días— hice una mueca al escuchar las consecuencias que ha traído para mis padres estos días. Ser hija única era muy complicado, hacía que cosas tan pequeñas se triplicaran. Odiaba preocupar a mis padres, a pesar de que se conservaran bien y tuvieran una buena salud eran personas mayores y no merecían ser víctimas de las decisiones que tomaba. —No ha sido nada ya te dije que solo fue un refriado prolongado. No quería que se contagiaran por eso insistí en que no vinieran— dije restándole importancia y rezando mentalmente para que mi padre que es muy perspicaz, no se diera cuenta de mi mentira. —Bueno por suerte el profesor Miller pudo suplirte estos días así que no tendrás tanto trabajo acumulado— sonreí algo aliviada. —Es bueno escucharlo— dije mientras acompañaba a mi padre al sofá de buen tamaño que tenía en su oficina. —Me alegra que te hayas reincorporado hoy porque quiero presentarte a un nuevo maestro, que se unirá a nosotros como el nuevo maestro de economía— dijo con una brillante sonrisa, mi padre era mi apasionado con su trabajo, los maestros y estudiantes eran su principal prioridad— Quiero que lo ayudes a instalase viene de un largo viaje en el extranjero y quiero que lo ayudes a sentirse bienvenido. Sonreí y asentí con mi cabeza aunque hoy lo menos que quería hacer era estar detrás del maestro nuevo. Por lo general no me importaría ayudar a incorporar a un nuevo colega, de hecho por ser la hija del rector siempre me tocaban esas tareas. Pero hoy, que me estaba tratando de adaptar a mi nueva realidad no era el mejor momento. Aun así sabía que si me negaba, eso haría que mi padre comenzara a dudar e hiciera preguntas para las que no tendría respuestas. Si siquiera yo entendía que había pasado en esos tres días, tres días que todavía rodaban mi mente. A pesar de que el calendario dijera que nunca habían ocurrido. Un ligero toque en la puerta hizo que volteara para ver a mi padre saludando a un hombre que tenía el cabello rubio, una nariz respingada, una mandíbula cincelada y unos ojos negros como la noche. Era un hombre de aproximadamente treinta años podía predecir que tenía a varias mujeres detrás del ya que es un hombre al que le das una segunda mirada. —Hija— me llamo mi padre haciendo que me sonrojara mientras apartaba mi mirada del desconocido y me acercaba a ellos, posicionándome al lado de mi padre— Este es el licenciado Axel Leroy, el nuevo maestro de economía— mi padre miro a Axel— Axel esta es mi hija Jessa Taylor, es la maestra de idiomas. —Es un gran placer poder conocerla, su padre habla todo el tiempo de su querida hija—dijo Axel con un ligero acento marcado. —El placer también es mío ¿de casualidad es francés? — pregunte adivinando el origen de su acento. —Oui. Mon père était français et ma mère était américaine— Sí. Mi padre era francés y mi madre americana. —Bien bienvenue amérique— Pues bienvenido América Axel me sonrió y debo de admitir que fue la sonrisa más brillante que jamás haya visto. —Bueno Jessa, ¿Qué tal si llevas a Axel hacer un recorrido por las instalaciones de la universidad y le muestras su nueva oficina? — dijo mi padre y esta vez, por suerte no me parecía una mala idea. Recorrer la universidad siempre me traía muy buenos recuerdos. Recordaba cuando era estudiante o incluso cuando venía con mi padre a esta misma universidad. Se puede decir que este lugar significaba mucho para mí. Por eso cuando acompaño a Axel para que conozca el lugar no puedo evitar hablar con cariño de cada rincón de la universidad y de las personas que trabajan aquí. —Veo que este lugar significa mucho para ti— dijo Axel mientras cambiamos en dirección a su oficina. —Si así es tengo recuerdos muy buenos aquí. Creo que no podría imaginarme trabajar en otro lugar. —Yo me siento igual cuando estoy en Francia, creo que deje mi corazón en mi pequeño pueblo— confeso. — ¿De qué parte de Francia eres? — pregunte. —Del norte, crecí en un pequeño pueblo costero llamado Boulogne Sur Mer— su sonrisa soñadora me confirmo que adoraba ese lugar. — ¿Qué te trae por aquí a Nueva York? Si fuera tú no podría dejar los Croissant— soltó una estruendosa carcajada por mi comentario. —La verdad quiero algo de aventura— dijo— Me gustan los viajes, conocer lugares y personas diferentes, además mi madre es originaria de Nueva York y siempre sentí curiosidad por conocer el lugar donde creció. —Pues siendo así permite que te invite una pizza al estilo neoyorquino. Te prometo que no hallaras nada más originario de Nueva York como su pizza. —Siendo así ¿Cómo podría negar esa oferta? — dijo. Nos detuvimos en su oficina que era el último lugar de nuestro recorrido. —Aquí está tu oficina— señale el escritorio—Allí debes de tener una carpeta con tus horarios de clases y una lista de tus alumnos. Si necesitas algo mi oficina es la que está al lado sin embargo, ahora tengo una clase pero siempre puedes preguntarle a alguien del personal y no dudaran en ayudarte. —Muchas gracias por hacerme sentir bienvenido y por hacerme pasar un buen momento— al verlo genuinamente feliz me alegre, sobre todo porque también logre dejar a un lado mis problemas mientras hacíamos el recorrido.
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