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1277 Words
Eduardo apenas había tenido tiempo de procesar lo que había sucedido con Bianca y Luana cuando la voz de Isabel lo sacó de sus pensamientos. —Eduardo, no pienso tolerar esto —espetó con frialdad, cruzándose de brazos mientras lo miraba con impaciencia—. Quiero que hagas algo al respecto, ahora mismo. Eduardo cerró los ojos por un instante, conteniendo la irritación creciente en su interior. Sabía exactamente a qué se refería. —¿Y qué es lo que quieres que haga, Isabel? —respondió con tono tenso. —Es obvio, ¿no? —Isabel frunció los labios con desdén—. Quiero que tu hermana se disculpe públicamente por el espectáculo bochornoso que armó. Y quiero que lo haga de inmediato. Eduardo la miró fijamente. Ya tenía suficientes problemas, y lo último que necesitaba era que Isabel empeorara las cosas. Pero ella no parecía dispuesta a ceder. —No puedo obligar a Bianca a hacer nada —respondió con cansancio—. Sabes cómo es, nunca va a ceder. —Entonces haz que ceda —insistió Isabel, su tono helado—. No me interesa cómo lo logres, Eduardo. Lo único que quiero es verla pidiéndome perdón, y no pienso dejar pasar esto. —¿Y si simplemente lo dejas pasar? —Eduardo dejó escapar un suspiro exasperado—. No vale la pena seguir con esto, Isabel. Bianca no va a disculparse, y entre más lo fuerzas, peor se pondrá la situación ¿Puedes perdonarla?. Isabel lo miró como si hubiera dicho la mayor estupidez del mundo. —¿Perdonarla? —repitió con una risa seca—. ¿Acaso me ves cara de tonta, Eduardo? No soy una de esas mujeres que dejan que la humillen y simplemente lo ignoran. ¡Yo exijo respeto! Y si no puedes hacer que tu hermana lo entienda, entonces quizás es momento de que pienses en qué tu amor hacia a mi no es suficiente. Antes de que Eduardo pudiera responder, una risa burlona interrumpió la conversación. —Vaya, nunca pensé que vería asi —dijo una voz masculina con un tono divertido. Eduardo giró la cabeza y se encontró con un hombre alto y bien vestido, con una sonrisa ladeada que irradiaba arrogancia. Reconocía ese rostro. Era José Montenegro, un empresario joven y carismático que llevaba tiempo merodeando alrededor de Isabel. —¿Tú qué haces aquí? —espetó Eduardo con irritación. José ignoró la pregunta y en su lugar deslizó su mirada hacia Isabel con una sonrisa encantadora. —No deberías molestarte con él, mi reina —dijo con fingida dulzura—. Parece que ya bastante tiene con su orgullo herido. Deja que yo me encargue de esto. Isabel esbozó una sonrisa satisfecha, dejando que su mirada se posara en Eduardo con diversión. —¿Ves, Eduardo? Hay personas que sí saben cómo tratar las cosas —murmuró con burla. Eduardo sintió cómo su mandíbula se tensaba. El desprecio en la voz de Isabel, la presencia de José metiéndose en asuntos que no le correspondían. Todo lo hacía hervir por dentro. Pero lo que más le molestaba era el hecho de que, en ese momento, Isabel ni siquiera lo veía como alguien importante. José dio un paso más cerca de Eduardo y le dio una palmadita en el hombro, como si lo estuviera consolando. —Deberías relajarte, amigo —se burló—. No todo gira en torno a ti. Déjame manejar esto y ya no tendrás que preocuparte. Después de todo… —se inclinó ligeramente hacia él—, siempre hay alguien más dispuesto a hacer lo que tú no puedes. Eduardo sintió un ardor en el pecho, una mezcla de rabia y humillación. Apretó los puños, conteniendo el impulso de responder con violencia, pero José no se detuvo ahí. —Vamos, Eduardo —continuó con una sonrisa ladina—. Todos sabemos que Isabel merece lo mejor. Si tú no puedes controlar a tu familia, entonces quizá sea el momento de que alguien más lo haga. Y créeme, yo no tengo ningún problema en tomar ese rol. Isabel se acercó a José con una sonrisa coqueta, colocando una mano en su brazo de manera casual, pero lo suficientemente obvia para Eduardo. —Al menos alguien aquí entiende cómo tratarme —dijo con fingida dulzura—. Y no es un cobarde que permite que cualquiera me falte el respeto. Las palabras cayeron como un golpe en el ego de Eduardo. La mirada burlona de José, la expresión victoriosa de Isabel. Se sentía atrapado, acorralado, como si la autoridad que siempre había creído tener se desmoronara ante sus ojos. Y lo peor de todo… es que Isabel lo había planeado así. Ella sabía exactamente qué decir para hacerle sentir que no valía nada. José dejó escapar una carcajada, provocadora. —¿O qué, Eduardo? ¿Vas a hacer algo al respecto? Porque, sinceramente, no pareces capaz de nada últimamente. La burla fue la chispa que encendió la rabia contenida de Eduardo. Sin pensarlo dos veces, lanzó un puñetazo directo al rostro de José, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir el impacto y tambalearse hacia atrás. —¡Maldito imbécil! —José escupió al suelo con furia antes de lanzarse contra Eduardo. El golpe siguiente fue más fuerte, haciendo que ambos se enredaran en una pelea descontrolada. Isabel observaba la escena con una sonrisa entretenida, disfrutando cada instante en que los dos hombres se destrozaban el uno al otro por ella. Eduardo logró conectar otro golpe en el abdomen de José, pero este no se quedó atrás y lo empujó contra una mesa, haciéndola tambalear. Isabel no hizo ningún intento por detener la pelea; al contrario, tomó una copa de vino y la llevó a sus labios, fascinada por el espectáculo. —¡Basta! —rugió alguien, pero ninguno de los dos prestó atención. Eduardo estaba cegado por la rabia, la humillación acumulada estallando en ese momento. José logró atrapar a Eduardo por el cuello de la camisa y lo empujó con fuerza contra la pared. —¿Así peleas por tu dignidad? —se burló, con sangre en la comisura de los labios—. Qué patético, Eduardo. Eduardo se liberó de un tirón y lo golpeó una vez más, con toda la fuerza de su frustración. La pelea solo terminó cuando varios hombres intervinieron, separándolos a la fuerza. Ambos respiraban agitadamente, mirándose con odio. Pero José sonrió, con los labios hinchados y un ojo amoratado. —Sabes que ya perdiste, ¿verdad? —dijo con burla—. No importa cuánto pelees, Isabel ya está cansada de ti. Pero antes de que José pudiera soltar otra provocación, Eduardo, aún cegado por la rabia, se liberó del agarre de quienes intentaban separarlos y le propinó un último golpe directo a la mandíbula. José apenas pudo reaccionar antes de caer al suelo, completamente noqueado. El salón entero quedó en silencio. Isabel parpadeó sorprendida por un instante, pero luego su sonrisa regresó, aún más divertida. Levantó su copa y tomó un sorbo, disfrutando cada momento del espectáculo que acababa de presenciar. —Vaya, Eduardo —susurró con una sonrisa perversa—. No sabía que aún podías sorprenderme. Eduardo, con la respiración agitada y los nudillos ensangrentados, se giró lentamente hacia Isabel. Su mirada estaba cargada de una intensidad oscura, una mezcla de rabia, desesperación y algo más profundo. —Soy el único que puede protegerte de verdad —dijo con voz grave, casi un gruñido—. Nadie más lo hará como yo. Pero Isabel solo sonrió con diversión, como si sus palabras fueran un mero capricho de un hombre desesperado.
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