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1057 Words
Luana disfrutaba de la tranquilidad de la cafetería, sumida en sus pensamientos mientras bebía su café. Había elegido ese lugar precisamente porque no solía encontrarse con nadie conocido allí. Sin embargo, el destino parecía tener otros planes. Mientras revisaba su teléfono, un perfume familiar invadió el aire antes de que una voz impregnada de arrogancia llegara a sus oídos. —Qué coincidencia verte aquí, mi sustituta. Al levantar la mirada, se encontró con Isabel, quien la observaba con una sonrisa de superioridad. No esperó una invitación, simplemente tomó asiento frente a ella, como si su presencia fuera un privilegio que Luana debía aceptar sin cuestionar. —¿Sorprendida? —continuó Isabel con ligereza, mientras acomodaba su bolso sobre la mesa—. No deberías. Era cuestión de tiempo para que volviéramos a ponernos al día. Después de todo, ocupaste mi lugar por un tiempo. Luana no respondió. En lugar de eso, tomó su café con calma, como si las palabras de Isabel no merecieran siquiera una reacción. —Oh, no tienes que fingir indiferencia —insistió Isabel, inclinándose levemente hacia adelante—. Sé perfectamente lo que significa ser un reemplazo. Eduardo intentó llenar mi vacío contigo, pero, querida, algunas personas son irremplazables. Y yo soy una de ellas. Luana mantuvo su expresión imperturbable. No había rabia, ni confusión, ni dolor en su rostro. Solo una calma gélida que no le daba a Isabel el espectáculo que buscaba. Isabel sonrió con falsa dulzura, jugueteando con la cuchara de su café. —Debe ser difícil aceptar la verdad —dijo con un tono condescendiente—. Ver cómo todo lo que construiste se desmorona en un instante. Aunque, sinceramente, nunca fue tuyo para empezar. Luana exhaló suavemente, pero no dijo nada. Su silencio era su respuesta. No le debía ninguna explicación a Isabel. No necesitaba defenderse. Isabel esperó unos segundos, como si aún esperara una reacción, pero la falta de respuesta de Luana la incomodó más de lo que estaba dispuesta a admitir. La sonrisa en su rostro se mantuvo, pero había una leve tensión en su mirada. Finalmente, Luana dejó la taza sobre la mesa con un sonido seco, se puso de pie y dejó unos billetes antes de tomar su bolso. Sin mirarla, sin necesidad de decir una sola palabra, salió de la cafetería con paso firme. Isabel la observó en silencio, su expresión aún impecable, pero con un destello de frustración en sus ojos. Había esperado ver a una mujer rota, insegura. En cambio, se encontró con alguien que ya no jugaba bajo sus reglas. La música y las luces brillaban en la lujosa mansión donde se celebraba la fiesta de bienvenida de Isabel. Luana estaba allí, no por elección propia, sino porque la insistencia de ciertos compromisos la había forzado a asistir. Se mantenía en un rincón del gran salón, observando el espectáculo que se desarrollaba frente a ella. Las conversaciones giraban en torno a la misma persona: Isabel. "Es increíblemente hermosa, ¿no crees?", "Eduardo está completamente perdido por ella", "Nunca dejó de amarla, es evidente". Murmullos y comentarios envenenados flotaban a su alrededor, algunos pronunciados con admiración, otros con envidia velada. Pero todos giraban en torno a la misma narrativa: Isabel era el centro del universo, y Eduardo, su más devoto seguidor. Luana, sin embargo, no escuchaba. O mejor dicho, sí oía, pero no procesaba. Sus pensamientos estaban en otra parte, lejos de la escena que se desarrollaba frente a ella. Sujetaba una copa entre sus dedos, girándola lentamente, observando el reflejo de las luces sobre el líquido dorado. La risa de Isabel resonó en la sala, vibrante, melodiosa, disfrutando de la adoración que la rodeaba. Eduardo no estaba lejos, atento a cada uno de sus movimientos, como si ella fuera el sol y él, un planeta atrapado en su órbita. Era un espectáculo perfecto, casi ensayado, y aún así, no le provocaba nada. Luana exhaló suavemente, sintiendo un peso menos en su pecho. Por primera vez, entendía que todo aquello ya no le pertenecía. Y lo mejor de todo, es que tampoco lo quería. El sonido de un micrófono encendiéndose interrumpió su breve paz. Todas las miradas se dirigieron al centro del salón, donde Isabel se alzaba con una copa en la mano y una sonrisa radiante. —Queridos amigos, gracias por acompañarme en esta noche tan especial —comenzó con su tono encantador—. No saben cuánto extrañé este lugar y, por supuesto, a todos ustedes. Los invitados aplaudieron con entusiasmo. Isabel hizo una pausa, dejando que la expectación creciera antes de continuar. —Pero esta noche, además de celebrar mi regreso, quiero hacer un pequeño reconocimiento. Después de todo, no cualquiera puede ocupar el lugar que dejé vacío, ¿no es cierto? —rio suavemente, mientras algunas personas en el público intercambiaban miradas cómplices—. Quiero agradecer a alguien muy especial, que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía. A nuestra querida Luana, quien intentó ser yo… pero, bueno, todos sabemos que hay cosas que simplemente no se pueden imitar. El silencio llenó el salón, acompañado de algunas risas discretas y miradas curiosas. Justo cuando Isabel saboreaba su momento de triunfo, un fuerte golpe resonó en la sala. Un murmullo de sorpresa recorrió a los asistentes. Bianca, la hermana de Eduardo, había cruzado la distancia entre ella e Isabel en segundos, estampándole una bofetada sin miramientos. El impacto dejó un eco en el ambiente, y la copa que Isabel sostenía tambaleó peligrosamente entre sus dedos. —¿Quién te crees que eres? —espetó Bianca con voz firme, su mirada encendida de furia. Isabel parpadeó, claramente aturdida, mientras algunos invitados contenían el aliento. Eduardo dio un paso adelante, pero Bianca lo frenó con una mirada asesina. —Basta —continuó Bianca, apuntando a Isabel con el dedo—. No eres nada especial, solo una mujer con demasiada suerte y un ego inflado. Luana no necesita tu validación, y tú no vales ni un segundo más de su tiempo. Isabel apretó la mandíbula, tratando de recomponerse, pero el golpe no había sido solo físico. El salón entero estaba en silencio, con demasiadas personas disfrutando el espectáculo a sus espaldas. Luana, en cambio, solo observaba. Sin sorpresa, sin satisfacción. Solo con la certeza de que, al final del día, Isabel estaba obteniendo lo que se merecía.
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