Unos días después dieron de alta a la beba. A pesar de que Eva no se sentía, su madre cuidaba de ella como si lo fuera. Al verla tan desprotegida y débil, Eva, procuraba su atención. —Eva, podemos hablar de todo lo que está pasando —preguntó Demetrio con el ceño fruncido. Eva lo miró con una ceja alzada. Estaba cansada de decirle que esa no era su hija. —No puedo hablar con una persona que no me cree en mí. Demetrio tomó su rostro con dolor. —Lo sé amor, es solo que me parece absurdo que digas que la niña no es tuya, y si así fuera, ¿dónde está mi hija? —Preguntó con desconcierto. —No lo sé Demetrio —Eva se arrodilló de una manera que jamás había hecho, a los pies, el italiano—. Por eso estoy así, me preocupa que algo le haya pasado a la niña, aunque pensándolo bien —Eva se quedó pen

