—¿Y cómo me queda este, Rosa?—preguntó Eva, cansada de probarse muchos vestidos y que su dama de compañía dijera que no le gustaba ninguno. —Es que, tiene usted un hermoso cuerpo, niña, ¿por qué no usa algo más a su edad? Yo cuando era joven me encantaba usar ropa pegada para que resaltaran mis curvas. Eva sonrió por las ocurrencias de Rosa. —A Sam no le gustará que muestre mis atributos —mordió sus labios con duda. —Pero, él no es su dueño. No sé cuándo va a poner límites contra él —la reprendió la mujer de mediana edad con el ceño fruncido. —Tienes razón, Rosa. Es que a veces le tengo miedo, siento que Sam, no es normal. Rosa la miró con curiosidad. Ella sentía de alguna forma un rechazó hacia su patrón. Sobre todo después de descubrir que las pastillas que supuestamente eran para

