Donde siempre

1273 Words
El café entre mis manos ya estaba frío, pero no me atrevía a soltarlo. Él seguía allí, frente a mí, observándome como si tratara de leerme por dentro, como si necesitara asegurarse de que yo era la misma… o de que aún podía confiar en mí. —No deberías estar aquí —dijo, sin apartar la vista. No supe si se refería al café o a su vida. —Tú me diste la dirección —respondí, apoyando el sobre sobre la mesa, como si fuera un arma. Sus ojos bajaron hacia él, y durante un segundo vi algo parecido a dolor cruzar su mirada. Pero lo escondió rápido, como hacía siempre. —No escribí la carta para que vinieras. —Entonces ¿para qué? —pregunté, inclinándome hacia él. Él dejó la taza, se pasó una mano por el rostro y respiró hondo. —Para que supieras que sigo vivo. Me quedé en silencio. Durante años había intentado no imaginarlo muerto, porque eso dolía demasiado. Y, al mismo tiempo, había deseado no imaginarlo vivo, porque eso dolía aún más. —¿Por qué ahora? —insistí. No contestó enseguida. En su lugar, se inclinó hacia adelante, lo suficiente para que su voz se quedara atrapada entre nosotros. —Porque Daniel se metió con gente peligrosa, y esa gente cree que tú sabes más de lo que en realidad sabes. Sentí que el aire del café se espesaba. —¿Y tú… cómo sabes eso? —pregunté, tratando de controlar el temblor en mi voz. Él sonrió, sin alegría. —Porque yo fui parte de esa gente. Quise apartarme, pero mis manos se aferraron a la taza como si fueran raíces. No quería escuchar más, pero ya no había vuelta atrás. —¿Me estás diciendo que… conocías a mi marido? —pregunté, con un hilo de voz. Él no respondió con palabras. Solo bajó la mirada y asintió. La campanilla de la puerta sonó y, por un instante, el ruido de pasos y conversaciones ajenas nos arrancó de ese momento. Un hombre con chaqueta oscura y gorra entró, se acercó al mostrador, pidió un café para llevar y se quedó mirando a través de la ventana, hacia la calle. No parecía nada inusual… pero él lo notó. —Tenemos que irnos —dijo en voz baja. —¿Por qué? —Porque no hemos sido los únicos que vinieron “donde siempre”. Se levantó primero, dejando unas monedas sobre la mesa. Yo dudé, pero la forma en que su mirada se endureció me convenció de que no era una sugerencia. Salimos juntos, pero él tomó mi brazo para guiarme hacia la calle lateral, no hacia la principal. Caminó rápido, como si supiera exactamente a dónde nos dirigíamos. —No mires atrás —me dijo. Obedecí. No porque confiara en él, sino porque no estaba lista para saber qué había detrás. Avanzamos hasta una calle más estrecha, donde los edificios parecían aplastarnos con su sombra. Allí se detuvo, y por un momento pensé que iba a explicarme todo. En cambio, sacó algo de su chaqueta: una pequeña llave plateada. —Toma. —¿Qué es esto? —Respuestas. La cerré en mi puño. Sentí el frío del metal en la piel, como si ese simple objeto pesara más que toda la mañana. —¿Por qué no me lo dices directamente? —Porque si te lo digo aquí, no salimos vivos. Mi respiración se aceleró. Quería creer que exageraba, pero la forma en que miraba por encima de mi hombro me decía que no. —Ve a casa. No abras la puerta a nadie. Y si recibes una llamada después de medianoche, no contestes. —¿Por qué? —pregunté, con un nudo en la garganta. Él dio un paso atrás, empezando a alejarse. —Porque ya empezaron a buscarte. Me quedé ahí, en medio de la calle silenciosa, con la llave en la mano y la sensación de que el funeral de Daniel había sido solo el prólogo de algo mucho más oscuro. Aquí va la Parte 2 de “Donde siempre” para seguir con el suspenso y el ritmo que nos gusta ❤️ Capítulo 2 — Donde siempre (Parte 2) Volví a casa con la llave apretada en el puño, como un ancla que me mantenía aferrada a la realidad. Pero esa realidad se sentía frágil, como si cualquier movimiento pudiera romperla en mil pedazos. Abrí la puerta con cuidado, mirando hacia todos lados antes de entrar. Nada parecía fuera de lugar. La casa seguía oliendo a café y a recuerdos que creía enterrados para siempre. Apoyé la llave sobre la mesa del recibidor y me senté, intentando que el latido de mi corazón no me hiciera saltar. Pero el silencio era demasiado pesado, y las sombras en las esquinas parecían moverse. De repente, el teléfono sonó. Era tarde, mucho más allá de la medianoche. Mi mano se paralizó a centímetros del aparato. Recordé su advertencia. —No contestes —susurré, más para mí que para —¿Ana? —la voz del otro lado era un susurro, apenas audible—. No confíes en nadie. La llamada se cortó y, con ella, una oleada de miedo me recorrió el cuerpo. No estaba sola. Alguien me estaba observando. Sin poder pensar, agarré la llave y la guardé en mi bolso. Era la única pista que tenía, y la única esperanza de encontrar respuestas. En ese instante, una sombra cruzó la ventana del salón. Mi respiración se detuvo. Me quedé inmóvil, escuchando el sonido lejano de pasos que se alejaban. No sabía quién era ni qué querían, pero una cosa estaba clara: la vida que conocía había terminado para siempre. Y yo estaba atrapada en un juego que no entendía, con un hombre que había regresado del pasado para salvarme o para arrastrarme hacia el abismo. Sentada en el sofá, intenté calmar el temblor que recorría mis manos, pero la llave en mi bolso parecía vibrar con su propio latido, como si quisiera recordarme que no estaba sola en esa casa ni en mi vida. Miré alrededor, buscando cualquier señal, cualquier ruido que delatara la presencia que había visto. Pero solo estaba el silencio, pesado y expectante, como si el mundo entero contuviera la respiración junto conmigo. Los recuerdos volvieron sin permiso: las risas de Daniel, su sonrisa fácil, la manera en que me hacía sentir segura. Pero también la distancia que se fue colando entre nosotros, las mentiras que nunca supe cuándo empezaron, y ahora, esta sombra que se cernía sobre todo. De repente, el móvil vibró otra vez. Me sobresalté, aunque intenté no mirar la pantalla. Pero el nombre del contacto era desconocido, y la llamada fue breve, solo un susurro incomprensible antes de que se cortara. Mi corazón se apretó en un puño doloroso. ¿Quién me seguía? ¿Y qué quería? Respiré hondo y tomé una decisión. No podía quedarme esperando que el miedo me paralizara. Tenía que entender qué estaba pasando, y para eso necesitaba respuestas. Guardé la llave con cuidado en un pequeño estuche que había traído desde la última vez que creí que el pasado me alcanzaría. Una caja vieja, que solo yo conocía, escondida entre mis cosas más íntimas. Antes de cerrar los ojos esa noche, repasé cada palabra que él había dicho, cada gesto, cada advertencia. Sabía que nada volvería a ser igual. Pero también sabía que no podía dejar que el miedo ganara. La llave era solo el comienzo. Y yo estaba dispuesta a descubrir qué abría, aunque eso significara abrir puertas que quizá debía dejar cerradas para siempre.
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