Encantadora sonrisa

1359 Words
En Martinica, había toda una comunidad de indios que habían llegado de la abolición de la esclavitud para suplir la falta de mano de obra. Los terratenientes que ya no contaban con el beneficio de la mano de obra gratuita, demandaban trabajadores agrícolas en los campos de caña de azúcar, café y cacao. La solución fue traer inmigrantes para suplir la escasez. El Reino Unido firmó un tratado con Francia para facilitar esta inmigración, porque en aquel momento la India estaba bajo dominio británico. Con la hambruna India, un emigrante a las Antillas era una persona menos a la que alimentar. Un contrato de cinco años y se les entregaba un certificado de residencia. A menudo eran alojados en las chozas de antiguos esclavos en condiciones higiénicas inhumanas. Al cabo de los cinco años algunos se habían marchado, otros habían renovado sus contratos debido a la falta de voluntad del gobierno para repatriarlos. Entonces soñaban con El Dorado, pero por desgracia descubrieron la servidumbre. Eran maltratados por los dueños de las plantaciones, demonizados por los sacerdotes católicos a causa de sus prácticas y despreciados por el resto de la población. Se les llamaba despectivamente "coolies". Se les consideraba mano de obra barata y dócil, y se les condenaba a una vida de servidumbre similar a la de los esclavos. En cuanto a los antiguos esclavos, les acusaban de fomentar los salarios bajos porque habían aceptado sueldos muy inferiores a los suyos. Al final de sus contratos, algunos de ellos se marcharon, otros se quedaron en la isla, pero según el acuerdo que habían firmado, no se les permitía salir. Hasta mil novecientos veintidós no obtuvieron por fin el título de ciudadano francés. Hoy en día, se han integrado plenamente mezclándose con el resto de la población. Mientras tanto, ha habido muchos matrimonios mixtos. También han elegido nombres de pila más afrancesados para sus hijos. Han contribuido a la construcción de la identidad plural de Martinica y han enriquecido el patrimonio de Martinica en muchos aspectos, porque llegaron con su cultura, sus especias y sus plantas. También trajeron sus danzas, canciones y comida picante, así como instrumentos musicales y sus divinidades; por no hablar de sus magníficas joyas y suntuosas y coloridas. A Arun le había costado dormirse cuando llegó a su piso. Estaba pensando en Isia y su encantadora sonrisa. Cuando se despertó al principio de la tarde, volvió a pensar en ella. Luego se duchó y se preparó para salir porque había prometido a su padre, el doctor Salman Pavamy, que se reuniría con él por la tarde para hablar con él de uno de sus pacientes. Pero antes de salir, hizo una llamada telefónica a un colega que normalmente estaba de guardia por la tarde. Cuando llegó a la consulta, saludó cordialmente a la secretaria, que le dijo que podía pasar, ya que acababan de dar el alta a un paciente. Su padre y él eran muy amigos. Siempre se habían llevado bien y Salman estaba muy orgulloso de su hijo. En cuanto a Arun, admiraba a su padre... que siempre había sido un ejemplo para él. Era un médico respetado en comunidad india. Hablaron del paciente de Salman paciente de Salman, ya que necesitaba una nueva mirada al caso de su paciente. Antes de marcharse, su padre le propuso que él y su madre cenaran con él esa noche, pero Arun le dijo que estaría de guardia. —Pero estuviste allí anoche, ¿no? — Dijo su padre con sorpresa. —Sí, pero estoy reemplazando a un colega. — Hmm, un reemplazo, no habría un colega joven... — insistió su padre. —No, no la hay—. Dice muy rápido. —De todos modos, tengo que irme. Tengo que hacer unas compras. —Hasta pronto, papá. Salman lo vio marcharse, meneando la cabeza. Su hijo nunca había sabido mentirle. Sin duda, había una joven detrás de esta historia de custodia. Al salir de la consulta de su padre, Arun había ido al centro comercial y había entrado en una chocolatería. Ella le había dicho la noche anterior que le encantaba el chocolate. Le había llevado una caja con todo un surtido. Iba a tener que ser discreto no era cuestión de que corrieran rumores en la clínica. Vivían en una isla, y él había aprendido muy pronto a preservar su intimidad. Se las había arreglado para hacerse con la custodia de una de sus compañeras, que estaba encantado porque quería volver a verla, porque sabía que le iban a dar el alta al día siguiente. Isia se había pasado el día pensando en el joven médico. Había oído su nombre cuando las jóvenes enfermeras hablaban de él. Se preguntaba si volvería a verle al día siguiente, antes de que se marchara. Su hermana se había pasado para ver si todo iba bien antes de terminar su turno. Marla la había encontrado triste, pero pensó que era porque estaba aburrida. No tenía mucho tiempo para su hermana pequeña, y de todos modos, tenía una cita con su novio y no quería llegar tarde. Al comienzo de la velada, Isia estaba releyendo su lección por enésima vez con la televisión sonando de fondo, pero no se guardaba nada. Cuando se abrió la puerta, le vio entrar en compañía de una enfermera. Se sorprendió porque pensaba que no le vería hasta la mañana siguiente. Él le dedicó su mejor sonrisa, pero rápidamente se volvió hacia su colega. Ella se sintió de nuevo hechizada y encantada con la idea de poder charlar de nuevo con él. La examinó mientras charlaba con la enfermera. Finalmente, pareció darse cuenta de su presencia. —Entonces, ¿nos dejas mañana, Isia? — preguntó él. —Sí, doctor —-dijo ella tímidamente. La enfermera sonrió para sus adentros. Otra que estaba bajo el encanto del doctor. Y él, como de costumbre, no parecía darse cuenta. Él era alto, musculoso, muy guapo y tan joven que sus colegas le apodaban "Arun el guapo" y todos intentaban captar su atención. Todas las enfermeras, jóvenes y mayores de la clínica, hablaban de él. Se marcharon sin él dirigirle otra mirada, e Isia se sintió triste. Había estado tan contenta cuando lo había visto entrar y luego él le había sonreído y después prácticamente la había ignorado. —Nos dejas mañana—, dijo con una mueca. —Bueno, sí, me voy—, se dijo a sí misma entre dientes. Tiró y los dejó en el suelo. No le apetecía levantarse a recogerlos todavía. Cogió el libro de la mesilla de noche. Intentó leer, pero el libro iba en la misma dirección que las hojas. No era justo. Anoche se había mostrado encantador con ella, esta mañana le había le había dicho que podía llamarle por su nombre de pila, y aquí estaba con su pequeña enfermera sonriendo a su lado y ella ya no existía. Ella empezó a cambiar de canal, pasando de uno a otro cuando le oyó. —Espero que el mando a distancia no corra la misma suerte que el resto— dijo mientras entraba y se agachaba para recoger las hojas de papel y el libro, que colocó en la mesita junto a la cama. —Entonces, Isia, ¿qué ocurre? ¿Qué te hizo enfadarte? — Nada—, dijo, bajando la cabeza. No iba a decirle que estaba celosa. Pero Arun ya se había dado cuenta de que ella estaba tan confusa como él y había comprendido que estaba triste porque se había asegurado de permanecer distanciado en presencia de su colega antes. —Estás enfadada conmigo por lo de antes, ¿verdad? — le dijo mientras se acercaba a ella. —Isia, eres mi paciente y aún eres muy joven. —Dentro de poco seré mayor de edad— dice ella. —Ya no soy una niña. Él sonrió. —Sí, pero todavía eres muy joven. Toma, te he traído unos bombones—. Le entregó la caja que tenía escondida a sus espaldas. —Oh, gracias, Arun— dijo ella, tendiéndole la mano. Sonreía de nuevo porque ahora sabía que él había pensado en ella y la recordaba.
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