—Mi conferencia de esta noche será poco ortodoxa. A pesar de no ser experto en historia del arte, hablaré de la musa de Sandro Botticelli, La bella Simonetta. Al pronunciar estas últimas palabras, buscó a _____ con la mirada.
Ella sonrió, tratando de ocultar el rubor de sus mejillas. Conocía la historia de Botticelli y Simonetta Vespucci. Simonetta era conocida como la Reina de la Belleza en la corte florentina, antes de morir a la temprana edad de veintidós años. Que Tom la comparara con ella era un halago muy grande.
—Desde el enfoque de un profesor de literatura, la obra de Botticelli es interesante porque en ella se encuentran varios arquetipos de mujer. Desde un punto de vista histórico, se ha debatido mucho sobre el grado de intimidad entre Simonetta y Botticelli y sobre hasta qué punto ella era la verdadera fuente de inspiración de sus obras. Me gustaría pasar por alto esas discusiones para que nos centráramos en una comparación formal de varios de los personajes representados.
»En las tres primeras imágenes, reconocerán las ilustraciones a tinta de Dante y Beatriz en el Paraíso.
Tom no pudo evitar admirarlas también, transportándose a la primera visita de _____ a su casa. Fue la noche en que se dio cuenta de que quería complacerla, porque
cuando era feliz era todavía más hermosa.
Mientras contemplaba la serenidad de la expresión de Beatriz, la comparaba con la de _____ que, totalmente concentrada, admiraba el trabajo de Botticelli con la cabeza ladeada. Tom quería que se volviera hacia él.
—Fíjense en el rostro de Beatriz —dijo, bajando la voz mientras miraba a su amada a los ojos—. El rostro más hermoso...
»Empecemos con la musa de Dante y la figura de Beatriz. Aunque estoy seguro de que no es necesario, permítanme recordarles que Beatriz simboliza el amor cortés, la inspiración poética, la fe, la esperanza y la caridad. Es el ideal de perfección femenina, inteligente, compasiva, vibrante, con ese amor entregado que sólo puede venir de Dios. Ella inspira a Dante a ser mejor persona.
Deteniéndose un momento, se pasó la mano por la corbata. Aunque la tenía recta, fingió enderezársela. ____ parpadeó para que él supiera que había recibido su mensaje.
—Ahora, fíjense en el rostro de la diosa Venus.
Todos los ojos en la sala, excepto los de Tom, se centraron en El nacimiento de Venus. Él echó un rápido vistazo a sus notas mientras los presentes disfrutaban de una de las obras más importantes de Botticelli.
—Parece que Venus tiene la cara de Beatriz. Repito que no estoy interesado en hacer un análisis histórico de las modelos. Sólo les pido que se fijen en las similitudes entre las figuras. Representan a dos musas, a dos tipos ideales, uno teológico, otro terrenal. Beatriz es la amante del alma; Venus es la amante del cuerpo. La bella Simonetta de Botticelli tiene dos caras. Una es el amor que se sacrifica o ágape; la otra es el amor s****l o eros.
La voz de Tom se volvió más ronca y _____ sintió que a ella le subía la temperatura.
—En el retrato de Venus, el énfasis se pone en la belleza física. A pesar de que representa el amor s****l, mantiene una evidente modestia, cubriéndose con el cabello. Fíjense en su expresión recatada y en cómo se cubre el pecho con la mano. Su timidez, en vez de disminuir el erotismo del retrato, lo aumenta. —Se quitó las gafas para dar más fuerza a sus palabras y miró a _____ fijamente—. Mucha gente no se da cuenta de que la modestia y la dulzura de carácter tienen un gran potencial erótico.
_____ jugueteó con la cremallera del bolso para resistir el impulso de removerse en la silla. Tom volvió a ponerse las gafas.
—El eros no es igual que la lujuria, según Dante. La lujuria es uno de los siete pecados capitales. El amor erótico puede incluir el sexo, pero no se limita a éste. El eros es el fuego del enamoramiento y del afecto; lo que se conoce como «estar enamorado». Y créanme cuando les digo que eros es muy superior a sus rivales en todos los aspectos.
_____ se fijó en el desprecio con que pronunciaba la palabra «rivales», desprecio que subrayó con un movimiento de la mano. Tuvo la sensación de que estaba descartando a todas sus anteriores amantes con un simple gesto, mientras sus ojos cafeces seguían clavados en ella.
—Cualquier persona que haya estado enamorada conoce la diferencia entre el eros y la lujuria. No hay comparación. La segunda es una sombra del primero, una sombra vacía y frustrante.
»Por supuesto, podría objetarse que es imposible que una sola persona sea a la vez la representación del ideal, tanto del eros como del ágape. Pero permítanme que les diga que esa afirmación es una forma de misoginia, ya que sólo un misógino puede decir que las mujeres tienen que ser santas o seductoras, vírgenes o putas. Por supuesto que una mujer, o un hombre, puede ser ambas cosas. La musa puede ser la amante tanto
del cuerpo como del alma.
»Miren por favor el cuadro a mi espalda, La Virgen de la granada.
Una vez más, los ojos de los asistentes se volvieron hacia otra de las pinturas de Botticelli. Tom vio con satisfacción que _____ se acariciaba uno de los pendientes de diamantes, como si quisiera comunicarle que entendía sus palabras y que las recibía con gusto. Como si comprendiera que él le estaba revelando su amor por medio del arte. Sintió que el corazón se le henchía de satisfacción.
—Volvemos a ver la misma cara repetida en la figura de la Madonna. Beatriz, Venus y María, una trinidad de mujeres ideales, las tres con el mismo rostro. Ágape, eros y castidad, una combinación embriagadora que haría que el hombre más duro se desmoronara, si tuviera la suerte de encontrar a una mujer que encarnara los tres tipos de amor.
Una tos que sonó sospechosamente burlona resonó en la sala. Molesto por la interrupción, Tom fulminó con la mirada a alguien en la segunda fila, sentado detrás de _____. El autor de la tos repitió su ofensa, lo que dio pie a que se entablara una lucha cargada de testosterona entre Tom y el italiano ofendido.
Consciente de que tenía un micrófono delante, Tom reprimió el impulso de maldecir. Con una última mirada amenazadora a su detractor, siguió con su conferencia.
—Hay personas que afirman que Eva fue tentada con una granada y no con una manzana. Respecto a la obra de Botticelli, son muchos los que ven en la granada un símbolo de la sangre de Cristo durante su martirio y de la nueva vida que surge tras la resurrección.
»Para mí, la granada simboliza el fruto del Edén. La Virgen es una segunda Eva, y el niño, un segundo Adán. Con la Madonna, Botticelli se remonta a la primera mujer, el arquetipo de la feminidad, de la belleza y de la compañera.
»Eva era la única compañía de Adán y, por tanto, simboliza también el ideal de la compañera, es decir, la filia, el amor que surge de la amistad. Es la clase de amor que se profesaban María y José.
Le falló la voz y se tomó un momento para beber agua antes de continuar. Al comparar a Eva y a _____ se había sentido vulnerable, desnudo. Se había remontado a la noche en que le había dado una manzana y había dormido abrazado a ella.
El público empezó a murmurar, preguntándose por qué la breve pausa para beber se estaba alargando tanto. Tom alzó la vista hacia su amada. Necesitaba desesperadamente que ella lo entendiera.
Los labios de ____, rojos como el rubí, le sonrieron y Tom soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.
—La musa de Botticelli es santa, amante y amiga a la vez. No es un cromo ni una fantasía adolescente. Es real, complicada y fascinante. Una mujer digna de ser adorada.
»Se habrán dado cuenta de que el idioma griego ofrece la posibilidad de hablar sobre los distintos tipos de amor con más precisión. Los que quieran profundizar en el tema, encontrarán un interesante tratado escrito por C. S. Lewis, llamado Los cuatro amores.
Tras carraspear, sonrió al auditorio.
—Por último, fíjense en el cuadro a mi izquierda, La primavera. No nos extrañará encontrar los rasgos de la musa en el personaje central, pero al fijarnos en Flora, a la derecha, vemos que de nuevo es muy parecida a Beatriz, a Venus y a la Madonna.
»Lo más curioso es que Flora aparece dos veces en la obra. Si desplazamos la vista hacia la derecha, la vemos embarazada de Céfiro, el viento de poniente,
representado a la derecha de la imagen, cerniéndose sobre la segunda aparición de Flora, que aquí es una ninfa del bosque. Su expresión denota miedo. Está tratando de huir de su posible amante, mirándolo aterrorizada. En cambio, cuando está embarazada, su expresión es serena. Su miedo ha sido reemplazado por satisfacción.
_____ se ruborizó al recordar la amabilidad con que la había tratado Tom la noche anterior. Había sido tierno y dulce y en sus brazos se había sentido adorada. Al pensar en el mito de Céfiro y Flora se estremeció y deseó que todos los amantes fueran tan delicados con sus amadas como Tom lo había sido con ella.
—Flora representa la consumación del amor físico y la maternidad. Es el ideal de afecto, de amor familiar, el tipo de amor que siente una madre por su hijo, o entre amantes comprometidos, los que tienen una relación que no se basa sólo en el sexo o el placer. La relación clásica de un matrimonio de muchos años.
Sólo ____ se dio cuenta de que Tom se agarraba al estrado con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Igual que sólo ella se fijó en que la voz le temblaba ligeramente al pronunciar las palabras «embarazada» o «maternidad».
Miró sus notas con el cejo fruncido y ella reconoció su vulnerabilidad y tuvo que hacer un esfuerzo para no ir a abrazarlo. Impaciente, empezó a mover la punta de uno de sus zapatos color mandarina.
Tom vio el movimiento y tragó saliva antes de seguir hablando.
—En textos muy antiguos sobre La primavera, se afirmaba que Flora era La bella Simonetta, la musa de Botticelli. Si eso es cierto, una simple ojeada nos dice que Simonetta es también la inspiración para Beatriz, Venus y la Virgen María, ya que las cuatro tienen los mismos rasgos.
»Por lo tanto, tenemos a iconos de amor incondicional, amor erótico, amor familiar y amistad, todos con la misma cara, la de Simonetta. Para expresarlo de otra manera, podría decirse que Botticelli ve en su amada musa los cuatro tipos de amor; los cuatro ideales de la feminidad: santa, amante, amiga y esposa.
»Para acabar, debo regresar al punto de partida, Beatriz. No es casualidad que la musa que hay detrás de una de las obras cumbre de la literatura italiana tenga las facciones de Simonetta. Cuando un hombre se encuentra con una persona como ella, con su belleza y su bondad, es imposible que no quiera quedarse a su lado para siempre.
Tom recorrió el auditorio con una mirada solemne.
—Citando al poeta: «Aquí aparece mi bendición». Gracias.
Mientras Tom acababa la conferencia y el público aplaudía con entusiasmo, _____ parpadeó para contener las lágrimas, emocionada.
El dottore Vitali retomó su lugar en el estrado, agradeciendo al profesor Kaulitz su iluminador discurso, y un pequeño grupo de políticos locales le ofrecieron varios obsequios, entre ellos un medallón con un grabado de la ciudad de Florencia.
_____ permaneció en su asiento, esperando a que Tom fuera a buscarla, pero varios especialistas en historia del arte se abalanzaron sobre él para hacerle preguntas. (Consideraban muy atrevido que un profesor de literatura se atreviera a analizar las joyas de la colección de los Uffizi.)
A regañadientes, finalmente se levantó y siguió a Tom y al séquito de periodistas que se había agolpado a su alrededor. Cuando sus miradas se encontraron, él le dedicó una sonrisa tensa antes de posar para los fotógrafos.
CAP 2 (PARTE 3)
Frustrada, ella recorrió varias de las salas adyacentes, admirando los cuadros, hasta que llegó a uno de sus favoritos, La Anunciación de Leonardo da Vinci.
Estaba cerca del cuadro, demasiado cerca de hecho, admirando los detalles del pilar de mármol, cuando una voz en italiano le dijo al oído:
—¿Le gusta esta obra?
Al volverse, _____ se encontró con los ojos de un hombre de pelo n***o y piel muy bronceada. Era más alto que ella, pero no demasiado y tenía un cuerpo atlético. Llevaba un traje n***o, caro, con una rosa en la solapa. Lo reconoció como uno de los asistentes a la conferencia, en la que se había sentado detrás de ella, en la segunda fila.
—Sí, mucho —respondió en italiano.
—Siempre he admirado la profundidad que Da Vinci da a sus obras. Me encanta el sombreado y los detalles del pilar.
Sonriendo, _____ se volvió hacia el cuadro.
—Eso es exactamente lo que estaba mirando. Eso y las alas del ángel. Son increíbles.
Él hizo una reverencia.
—Permítame que me presente. Soy Giuseppe Pacciani.
_____ dudó unos instantes al reconocer el apellido de uno de los más famosos asesinos en serie de Florencia.
Pero el hombre seguía esperando una respuesta, así que reprimió las ganas de salir corriendo.
—_____ Mitchell —dijo, tendiéndole la mano.
Él la sorprendió sujetándosela entre las suyas y llevándosela a los labios, sin dejar de mirarla a los ojos mientras lo hacía.
—Encantado. Y permítame decirle que rivaliza en belleza con La bella Simonetta. Especialmente después de haber escuchado la conferencia de esta noche.
____ apartó la mano y la mirada.
—¿Le apetece una copa? —le ofreció él, haciéndole un gesto a un camarero que se acercaba con una bandeja.
Pacciani brindó con ella haciendo chocar las copas y le deseó salud.
____ bebió el spumante Ferrari con agradecimiento, ya que le daba una excusa para apartar la vista de su interlocutor. Era encantador, pero no se fiaba de él. Y su apellido no ayudaba.
El hombre le dedicó una sonrisa depredadora.
—Soy profesor de literatura. ¿y usted?
—Yo estudio a Dante.
—Ah, il Poeta. Yo también estoy especializado en Dante. ¿Dónde estudia? En Florencia seguro que no —dijo adulador, recorriéndola con la mirada de arriba abajo y deteniéndose unos instantes en sus zapatos antes de volver a mirarla a la cara.
Ella dio un paso atrás.
—En la Universidad de Toronto.
—Ah, canadiense. Una de mis antiguas alumnas está estudiando allí en estos momentos. Tal vez la conozca —dijo Giuseppe Pacciani, dando otro paso hacia ella.
Sin corregirlo sobre su nacionalidad, _____ dio un nuevo paso atrás.
—No creo. La de Toronto es una universidad muy grande.
Él sonrió, lo que dejó al descubierto unos dientes muy blancos, que brillaban de un modo extraño a la luz del museo.
—¿Ha visto ya la Liberación de Andrómeda, de Piero di Cosimo? —preguntó, señalando una de las pinturas cercanas.
_____ asintió.
—Hay elementos flamencos en su obra, ¿no cree? Fíjese en las figuras de este grupo —añadió, señalando un grupo a la derecha del cuadro.
Ella se desplazó hasta allí para verlo más de cerca. El hombre se acercó también y la contempló observar el cuadro, demasiado cerca para el gusto de ____.
—¿Le gusta?
—Sí, pero prefiero a Botticelli.
Mantuvo la vista clavada en el cuadro, esperando que él se cansara y se alejara. (A ser posible al otro lado del Arno.)
—¿Es alumna del profesor Kaulitz?
_____ tragó saliva con dificultad.
—No. Yo... estudio con otros profesores.
—Tiene fama de ser muy buen docente, por eso lo han invitado, pero claro, los baremos de las universidades americanas son distintos de las europeas. La conferencia de esta noche ha sido una vergüenza. ¿Cómo descubrió usted a Dante?
_____ estaba a punto de discutirle su opinión sobre la conferencia cuando Pacciani levantó la mano y le tocó el cabello.
Ella se encogió y se apartó bruscamente, pero el italiano tenía brazos largos y su mano la siguió. ____ abrió la boca para protestar, pero un gruñido cercano la interrumpió.
Tanto _____ como el hombre se volvieron hacia el sonido y vieron a Tom, que lanzaba fuego por sus ojos cafeces. Tenía los brazos en jarras, lo que hizo que la americana se le abriera como las plumas de un pavo real enfadado.
Dio un paso adelante, amenazador.
—Veo que ha conocido a mi fidanzata. Le sugiero que se meta las manos en los bolsillos si no quiere perderlas.
Pacciani frunció el cejo, pero en seguida sonrió educadamente.
—Es curioso. Llevamos varios minutos hablando y no le ha mencionado ni una sola vez.
_____ no quería que Tom le arrancara al hombre los brazos de los hombros. Sería una lástima que los impecables suelos de la galería de los Uffizi se mancharan de sangre. Para impedirlo, se interpuso entre los dos y apoyó una mano en el pecho de Tom.
—Tom, te presento al profesor Pacciani. Es especialista en Dante, como tú.
Cuando los dos se fulminaron con la mirada, _____ supo que Pacciani era la persona que había tosido tan groseramente durante la conferencia.
El italiano alzó las manos, fingiendo rendirse.
—Mil disculpas. Debería haberme dado cuenta de que era suya por cómo la miraba durante la... charla. Disculpe..., Simonetta —añadió, mirándola con una sonrisa burlona.
Al notar su sarcasmo, Tom dio un paso hacia él con los puños apretados.
—Cariño, tengo que buscar un sitio donde dejar la copa. —____ la sacudió ante sus ojos, tratando de distraerlo.
Tom se la arrebató de la mano y se la entregó a Pacciani.
—Estoy seguro de que sabrá dónde... ponerla.
Y agarrando a ____ de la mano se la llevó de allí. Los invitados se abrían a su paso como el mar Rojo, mientras atravesaban la sala Botticelli.
Ella vio que todo el mundo los miraba y se ruborizó.
—¿Adónde vamos?
Tom la guió hasta una galería lateral y luego hasta el otro extremo de la misma, lejos de oídos indiscretos. Empujándola hacia un rincón oscuro, la colocó entre dos grandes estatuas de mármol de altos pedestales. Al lado de las gigantescas figuras, a ella se la veía muy pequeña.
Tom le quitó el bolso de las manos y lo tiró al suelo. El sonido de la piel chocando con el mármol resonó por el pasillo.
—¿Qué estabas haciendo con él? —Sus ojos ardían, igual que sus mejillas, lo
que no era habitual en él.
—Estábamos charlando de nada en particular...
Tom la agarró entonces por los hombros y la besó apasionadamente, enredándole una mano en el pelo y acariciándola por encima del vestido con la otra mano. La fuerza de su contacto la empujó hacia atrás, hasta que notó el frío de la pared de la galería contra la piel desnuda de los hombros. El firme cuerpo de él la apretó contra la pared.
—No quiero volver a ver las manos de ningún hombre tocándote. —Separándole los labios, le penetró la boca con la lengua, mientras le acariciaba la espalda con fuerza.
_____ se dio cuenta de que Tom había dejado de contenerse. Hasta ese momento había sido muy cuidadoso con ella. Pero ahora no lo estaba siendo en absoluto. Parte de ella se inflamó, desesperada por seguir hasta el final. Otra parte se preguntó cómo reaccionaría él si le pidiera que se detuviera.
Levantándole una pierna, Tom se la enlazó detrás de la cadera y apretó, tratando de clavarse en ella.
_____ lo sintió a través del tafetán del vestido, que crujía y se quejaba como una mujer sin aliento. Era evidente que también quería más.
—¿Qué tengo que hacer para que seas mía? —gruñó él, con la boca pegada a la de ____.
—Soy tuya.
—No lo suficiente, al parecer. —Tom le succionó el labio inferior y se lo metió en la boca, mordisqueándoselo—. ¿No has entendido lo que trataba de decirte en la conferencia? Cada palabra, cada cuadro iba dirigido a ti. —La acarició por debajo del vestido, subiéndole la mano por el muslo hasta llegar al hilillo que le cruzaba la cadera.
Se apartó un poco para mirarla a la cara.
—¿Hoy no llevas liguero?
____ negó con la cabeza.
—Entonces, ¿qué es esto? —preguntó, tirando del hilo.
—Bragas —murmuró ella.
Los ojos de Tom brillaron en la penumbra.
—¿Qué tipo de bragas?
—Un tanga.
La sonrisa de él estaba llena de sensualidad.
—¿Y te lo has puesto para mí? —le susurró al oído.
—Sólo para ti. Siempre.
Sin previo aviso, Tom la levantó del suelo y la apoyó contra la fría pared. Con los labios pegados a su cuello, empujó con las caderas. Los largos y finos tacones de los zapatos de ____ se le clavaron en el culo y la miró enloquecido de pasión.
—Te deseo. Ahora.
Con una mano, tiró del tanga hasta romperlo. Nada se interponía entre ellos. Tom se metió la diminuta prenda en el bolsillo de la americana. Para compensar el movimiento, ____ se apoyó más en él, con lo que le clavó los tacones en las nalgas con tanta fuerza que Tom hizo una mueca de dolor.
—¿Es que no sabes lo que me ha costado controlarme después de la conferencia? Al acabar quería cogerte en brazos y salir corriendo. Tener que charlar con la gente ha sido una tortura.
»Ojalá pudieras ver lo sexy que estás pegada a esta pared y rodeándome con las piernas. Así es exactamente como quiero verte. No. También quiero que digas mi nombre entre jadeos.
Cuando le pasó la lengua por la base de la garganta, _____ cerró los ojos. Sus
pasiones luchaban con su mente, que le decía que le diera un empujón para apartarlo y reflexionara un momento. En ese estado, Tom era peligroso.
De pronto, oyeron voces que se acercaban por la galería y ____ abrió los ojos alarmada.
El sonido de pasos y risas se acercó. Tom le dijo al oído:
—No hagas ruido.
_____ sintió que sus labios, pegados a su piel, se curvaban en una sonrisa.
Los pasos se detuvieron a escasos metros de distancia. Eran dos hombres que hablaban en italiano. Ella se esforzó por escuchar cualquier nuevo movimiento por encima de los latidos desbocados de su corazón. Tom seguía acariciándola suavemente, ahogando con su boca cualquier ruido que ____ pudiera hacer. De vez en cuando, le susurraba al oído frases que la ruborizaban.
Uno de los hombres se echó a reír con ganas. Ella levantó la cabeza sorprendida y Tom aprovechó para besarle el cuello, mordisqueándole la delicada piel.
—Por favor, no me muerdas.
Las voces resonaban a su alrededor y las palabras de ____ tardaron unos segundos en atravesar la nebulosa en la que su excitación lo había sumido. Le apartó la cara del cuello.
Estaban tan juntos que Tom notaba el latido del corazón de ella. Cerró los ojos, como hipnotizado por su ritmo. Cuando volvió a abrirlos, el fuego había desaparecido de su mirada casi por completo.
_____ se había disimulado la marca del mordisco de Simon con maquillaje, pero Tom la encontró y la resiguió suavemente con el dedo antes de besársela. Negó con la cabeza mientras soltaba el aire muy lentamente.
—Eres la primera mujer que me ha dicho que no.
—No te estoy diciendo que no.
Al mirar por encima del hombro, Tom vio a dos caballeros de cierta edad, uno de ellos el dottore Vitali, absortos en su conversación. Estaban tan cerca, que si miraban en su dirección los verían.
Volviéndose hacia _____, sonrió con pesar.
—Te mereces algo mejor que un amante celoso tomándote contra la pared. Y no me apetece que nuestro anfitrión nos encuentre así. Perdóname.
La besó y le recorrió el labio inferior con el pulgar, limpiándole el carmín que había manchado la blanca piel de su barbilla.
—No pienso perder la confianza que vi ayer en tus ojos. Cuando recupere el juicio y tengamos el museo para nosotros solos... —Los ojos de Tom se oscurecieron de deseo mientras fantaseaba—. Tal vez otro día.
Apartándose los tacones de la espalda, la dejó en el suelo, inclinándose para colocarle bien el vestido. El tafetán susurró al sentir sus manos y luego se quedó en silencio, desolado.
Por suerte, el dottore Vitali y su acompañante eligieron ese momento para marcharse. Sus pasos sonaban cada vez más débiles mientras se alejaban.
—El banquete no tardará en empezar. Si nos marcháramos ahora sería un insulto, pero ya verás cuando lleguemos a la habitación. —La miró fijamente—. La primera parada será contra la pared de la entrada.
Ella asintió, aliviada al ver que ya no estaba enfadado. Aunque se sentía un poco nerviosa, reconocía que la perspectiva de un polvo contra la pared la excitaba.
Tom se puso bien los pantalones y se abrochó la chaqueta, intentando calmarse. Trató de peinarse con los dedos, pero lo único que consiguió fue que pareciera aún más que acababa de arrastrar a su amante a un rincón oscuro para un asalto de sexo
museístico.
(El sexo museístico es una aflicción muy característica de ciertos académicos, pero nadie debería despreciarlo sin haberlo probado alguna vez.)
_____ le arregló un poco el pelo y la corbata y se aseguró de que no tuviera pintalabios en el cuello de la camisa ni en la cara. Cuando acabó, Tom recogió el bolso y el chal y se los dio, acompañados de un beso. Con una sonrisa traviesa, se guardó el tanga más profundamente en el bolsillo.
Ella dio un paso adelante, insegura, pero la sensación de no llevar ropa interior le resultó agradable y liberadora.
—Podría beberte como si fueras champán —susurró Tom.
Ella se puso de puntillas para besarle la mejilla.
—A ver si me enseñas tus trucos de seducción.
—Sólo si tú me enseñas a amar.
La acompañó hasta la sala de la planta baja donde el banquete estaba a punto de empezar.
El profesor Pacciani llegó tambaleándose al edificio de los apartamentos cercano al palacio Pitti a altas horas de la madrugada, lo que no era del todo infrecuente.
Buscó las llaves, maldiciendo cuando se le cayeron al suelo y luego entró en el piso. Antes de dirigirse hasta su estudio, arrastrando los pies, entró un momento en la habitación donde dormían sus hijos gemelos de cuatro años y les dio un beso en la cabeza.
Mientras esperaba a que el ordenador se encendiera y se cargara el correo, se fumó un cigarrillo. Sin mirar los mensajes de la bandeja de entrada, redactó un breve mensaje para una antigua alumna y amante. Desde su graduación, habían perdido el contacto.
En el correo mencionó que había conocido al profesor Kaulitz y a su jovencísima fidanzata canadiense. Comentó que, aunque le había gustado la monografía que Kaulitz había publicado en la Oxford University Press, la conferencia había pecado de una pseudointelectualidad que estaba fuera de lugar en un ámbito académico. Uno debía decidir si quería ser un intelectual y un académico o si quería hacer carrera entreteniendo al público. No se podían hacer las dos cosas a la vez. Pacciani le preguntó también con bastante grosería si aquello era lo que se consideraba excelencia en las universidades norteamericanas.
Acabó el correo electrónico con una explícita y detallada descripción de lo que podía ser su próximo encuentro s****l, en primavera, si a ella le fuera bien. Tras apagar el cigarrillo, se reunió con su esposa en el lecho conyugal.