CAP 37.-
Agosto de 2011
Cambridge, Massachusetts
Cuando ______ y Tom volvieron a casa la última semana de agosto, se encontraron una plétora de correo por abrir. Él miró por encima a los sobres que Rebecca había dejado ordenados sobre el escritorio y decidió deshacer la maleta antes.
_______ se quedó en el estudio. Echó un vistazo a la puerta y se levantó silenciosamente para cerrarla. Sabía que estaba a punto de violar la confianza de Tom, pero se dijo que sus acciones estaban justificadas por el silencio de él y su negativa a contarle qué le pasaba. En el escritorio había un cajón que él nunca abría. Hasta entonces, ella tampoco se había atrevido nunca a abrirlo. Un día, él la encontró a punto de hacerlo mientras buscaba papel para la impresora y lo cerró diciéndole que allí guardaba recuerdos que no le gustaba recordar. Luego la distrajo sentándola sobre
su regazo en la butaca de terciopelo rojo y haciéndole el amor. Desde aquel día, ______ no había vuelto a abrir el cajón. Pero en ese momento, frustrada y preocupada, se sentó a la mesa dispuesta a buscar por su cuenta las respuestas que su marido se negaba a darle. Había pensado que le contaría lo que le preocupaba en Florencia, pero no lo hizo. Sinceramente, estaba asustada, y no sabía cómo actuar.
Si él no estaba dispuesto a hablar, tal vez sus recuerdos lo harían. Las ilustraciones de Botticelli, que habían pasado mucho tiempo guardadas en una caja de madera en ese mismo cajón, ya no estaban allí. Estaban en un lugar mucho más adecuado como era la Galería de los Uffizi. Con cuidado, ______ cogió el primer objeto y lo sostuvo en la mano. Era el reloj de bolsillo de su abuelo. En Toronto se lo había visto llevar a Tom alguna vez, pero desde que estaban en Cambridge no lo había sacado del cajón. Era un reloj de oro con una larga cadena que acababa en un llavero en forma de pez. Abriéndolo con cuidado, leyó la inscripción:
Para William,
mi amado esposo.
Te quiere, Jean.
_____ volvió a cerrarlo y lo dejó encima de la mesa. El siguiente objeto que encontró fue una vieja locomotora de latón que había conocido días mejores. Se lo imaginó de pequeño, aferrándose a la locomotora y exigiendo que se la llevaran cuando se marcharon de Nueva York. Se le encogió el estómago. Dejó el tren sobre la mesa y volvió a concentrarse en el cajón. Vio una caja de madera y la abrió. Dentro encontró un collar de grandes perlas de los Mares del Sur y un anillo de brillantes. _______ lo
examinó buscando una inscripción, pero no había ninguna. Encontró también dos pulseras de plata y otro collar, todo de Tiffany’s. Las joyas tenían que ser de la madre de Tom, pero se preguntó de dónde las habría sacado. Él le había hablado varias veces de la precariedad en la que habían vivido su madre y él. ¿Cómo podía ser
que alguien tan pobre tuviera esas joyas? ¿Por qué no las había vendido cuando el dinero empezó a escasear? ______ negó con la cabeza. La infancia de Tom había sido trágica, pero, sin duda, la vida de su madre también. Cerró la caja y se centró en las fotografías que encontró dentro de varios sobres. Les echó un vistazo rápido. Había fotos de él y de su madre. También unas cuantas de un hombre solo y una mujer sola. Debían de ser los padres de Tom, pero, curiosamente, en ninguna foto estaban juntos. La madre tenía el pelo oscuro como el de su hijo, pero a diferencia de éste, tenía los ojos también oscuros, que destacaban sobre su piel pálida. Era de rasgos delicados y muy hermosa. El padre de Tom tenía el pelo gris y penetrantes ojos color ambar. Era un hombre maduro, pero seguía siendo atractivo, aunque tenía un aire duro e implacable que a _____ no le gustó. En las fotografías casi nunca sonreía.
En la parte trasera del cajón, debajo de un viejo osito de peluche, encontró un diario personal. En la guarda delantera había escrito:
Propiedad
De Suzanne Elizabeth Kaulitz.
________ abrió una página al azar y leyó:
Estoy embarazada.
Jorg quiere que aborte.
Me ha dado dinero y me ha dicho que concertará cita con el médico. Dice que si le hago este favor, buscará la manera de que
estemos juntos.
Pero no me veo capaz de hacerlo.
_______ cerró el diario de golpe y lo guardó apresuradamente al fondo del cajón. Tom podría entrar en cualquier momento y se enfadaría mucho si descubría lo que había hecho. Ella ya se arrepentía. Tenía las palabras de Suzanne Kaulitz grabadas en la mente. Si Tom leyera aquel diario, odiaría aún más a su padre. Dejó el peluche donde lo había encontrado, junto con las fotos y la caja de las joyas. Estaba a punto de guardar la locomotora cuando se fijó en la carta que estaba encima de la pila del correo que había llegado en su ausencia. No reconoció la caligrafía, pero no hacía falta. El nombre y la dirección de Paulina estaban claramente escritos en una esquina del sobre. No sabía cómo lo había hecho, pero el caso era que ella había descubierto la nueva dirección de Tom y le había enviado una carta. A su casa. La casa que compartía con su esposa. El primer impulso de _______ fue tirar la carta al fuego. Pero ya había empezado a ocultarle cosas a su marido, como que había leído el diario personal de su madre a escondidas. No quería que la lista de secretos siguiera creciendo. Sosteniendo el sobre a distancia, lo llevó a la habitación y se lo dio.
—Gracias, ya me ocuparé del correo más tarde. —Iba a tirar la carta sobre la cama, pero ______ lo impidió.
—Mira el remitente.
Tom miró la carta y maldijo.
—¿Por qué me escribe? Ni siquiera Carson, mi abogado, recibe ya noticias de ella.
_______ permaneció mirándolo en silencio. Él abrió el sobre, esperando encontrar una larga carta manuscrita. Para su sorpresa, el sobre sólo contenía una tarjeta.
Leyó rápidamente el contenido.
—Es una invitación de boda. —Al volver la tarjeta, encontró unas líneas manuscritas:
Tom,
No te preocupes. No se me ocurriría invitarte a mi boda.
Sólo quería comunicarte que voy a casarme.
Después de todos estos años, finalmente voy a convertirme en esposa y madre de dos niñas maravillosas.
Ahora los dos somos felices. Las cosas por fin han acabado bien.
Besos y abrazos,
P.
Tom le alargó la participación de boda a _____ para que la leyera.
—Se casa —afirmó ésta.
—Sí.
—¿Cómo te sientes? —_______ escudriñó su cara.
Él volvió a meter la tarjeta en el sobre y se golpeó la palma de la mano con ella.
—Creo que Paulina lo ha expresado perfectamente. Los dos somos felices. Ha encontrado la familia que buscaba. —La miró a los ojos—. Y debe agradecértelo a ti.
—¿A mí?
—Fuiste tú la que me convenció de que lo mejor para ella sería alejarse. Que nunca sería feliz si seguía dependiendo de mí. Tenías razón.
Incómoda, _______ cambió el peso de pie, consciente de que acababa de fisgar entre sus posesiones personales hacía un momento.
—También tenías razón sobre Maria —admitió con tristeza.
Ella lo abrazó.
—Preferiría no tener razón en lo de Maria, pero, a veces, amar a alguien significa dejarlo marchar.
—Yo nunca te dejaré marchar. Me enfrentaré a cualquiera que trate de apartarte de mí —dijo Tom con fiereza.
_______ lo besó en los labios.
—Pues recuérdalo mientras tratas de poner en orden tus ideas. Sea lo que sea lo que te preocupe, estoy aquí. Y no voy a irme a ninguna parte. Con un beso de despedida, salió de la habitación. Mirando la invitación, Tom regresó al pasado.
CAP 38.-
Enero de 2010 Toronto, Ontario
Paulina Gruscheva entró en el vestíbulo del edificio Manulife taconeando con fuerza con sus botas contra el suelo de mármol y con el teléfono móvil pegado a la oreja. Llevaba un tiempo viviendo en Toronto, pero Tom se negaba a verla, a hablar con ella o a tener ningún otro tipo de comunicación. Se había hartado de esperar. Cuando le saltó el contestador automático, colgó y llamó al fijo, rezando para que no fuera
________ la que respondiera. Ya era bastante malo que se acostara con ella. No quería tener que aguantar que encima le echara en cara su relación con Tom.
Otra vez. Haciendo caso omiso del hecho de que éste no contestara al teléfono, se acercó a Mark, el conserje, y le exigió que se pusiera en contacto con el profesor Kaulitz inmediatamente. Cuando el hombre se negó, ella parpadeó coqueta, tratando de convencerlo. Pero él se mostró inmune a los encantos de aquella rubia alta de ojos azules. Cambiando de táctica, Paulina empezó a gritar y montó una escena. Poco después, Mark llamó al profesor y le pidió que se reuniera con su invitada en el vestíbulo. Ella sonrió victoriosamente. Pero la sonrisa se le borró de la cara cuando vio acercarse a Tom con expresión furiosa y una mirada glacial. Agarrándola bruscamente por el codo, la llevó hasta la puerta y luego hasta la rotonda semicircular que había delante del edificio.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le espetó, soltándola.
Paulina dio un paso atrás, sorprendida por su furia.
—¿Y bien? —insistió él.
—Quería hablar contigo. ¡Llevo semanas aquí y te niegas a verme!
—No vamos a volver a tener la misma conversación de siempre. Ya te dije todo lo que tenía que decirte en Selinsgrove. Ya sabes lo que hay.
Se volvió para entrar en el edificio, pero ella lo agarró del brazo.
—¿Por qué me haces esto? —le preguntó con voz temblorosa y lágrimas en los ojos.
La expresión de Tom se suavizó un poco.
—Paulina, se acabó. Se acabó hace tiempo. No estoy tratando de hacerte nada. Sólo quiero convencerte de que debes seguir adelante con tu vida. Y dejarme a mí seguir con la mía.
—Pero yo te quiero. —Las lágrimas habían empezado a rodar por las mejillas de ella—. Tenemos una historia juntos.
Tom cerró los ojos con fuerza e hizo una mueca de dolor. Volvió a abrirlos para decirle:
—Y yo ahora estoy enamorado de otra persona. Me acuesto con otra persona. Sólo con una, en exclusiva.
—¡Ya lo sé, pero es tu alumna!
—Ten cuidado.
Ella se echó el pelo hacia atrás.
—Es asombroso la cantidad de información que se puede conseguir en una ciudad de este tamaño. Antonio, del restaurante Harbour Sixty, fue de lo más complaciente.
Tom dio un paso hacia ella.
—No te atreverías.
—Oh, sí, me atreví. Qué poco original. Mira que llevarla al mismo restaurante al que vas conmigo siempre que vengo a verte.
—Hace mucho tiempo que no te llevo a ningún sitio, Paulina. No desde que dejamos de...
—¿De qué? ¿Desde que dejamos de follar, Tom? ¿Por qué no puedes decirlo? Hemos follado durante años.
—Baja la voz.
—No soy tu secreto oculto. Éramos amigos. Teníamos una relación. No puedes ignorarme ni tratarme como si fuera una mierda.
—Siento haberte tratado mal. Pero en vez de ir persiguiendo a alguien que desea a otra mujer, ¿no crees que mereces ser el centro del universo de otro hombre?
—Siempre deseaste a otras mujeres. Incluso mientras estaba embarazada. ¿Por qué iba a ser distinto ahora?
Él se encogió.
—Porque mereces estar con alguien que te quiera tanto como tú a él. Ha llegado la hora de seguir adelante. Ha llegado la hora de ser feliz.
—Tú me haces feliz —susurró ella—. Eres todo lo que deseo.
—Estoy enamorado de ________ y voy a casarme con ella —dijo con decisión.
—No te creo. Volverás. Siempre acabas volviendo conmigo. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Esta vez no. Era vulnerable y te aprovechabas de mi debilidad haciéndome sentir culpable. Pero eso se ha acabado. No podemos volver a vernos ni volver a hablar. He tenido mucha paciencia contigo y he tratado de ayudarte, pero ya no más. Hoy mismo daré la orden de que cancelen tu fondo de inversiones.
—¡No puedes hacer eso!
—Lo haré. Si regresas a Boston y vas a visitar a un terapeuta, me aseguraré de que sigas recibiendo ayuda. Pero si vuelves a ponerte en contacto conmigo o si haces algo que pueda perjudicar a ______, cerraré el grifo definitivamente. —Se inclinó hacia ella amenazadoramente—. Y eso incluye cualquier cosa que pueda dañar su carrera universitaria.
—¿Cómo te atreves? ¿Crees que puedes librarte de mí como si fuera un trasto viejo? Yo sacrifiqué mi vida por ti. ¡Perdí mi carrera universitaria!
Tom apretó los dientes.
—No era mi intención. Nunca te pedí que lo hicieras. Al contrario. Hice todo lo que pude para que continuaras estudiando en Harvard. Fuiste tú quien quiso dejarlo.
—¡Por lo que me pasó! ¡Por lo que nos pasó!
Él apretó los puños con fuerza.
—No niego que me he portado muy mal. Tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada. Pero eso no cambia nada. Nuestra relación tiene que terminar. Hoy.
Tras unos instantes, Tom la miró con compasión.
—Adiós, Paulina. Que te vaya bien.
Se dirigió a las puertas giratorias.
—¡No puedes! ¡No te atreverás!
La expresión de él se había vuelto de acero.
—Ya lo he hecho.
Tom entró en el edificio Manulife sin mirar atrás, dejando a Paulina llorando a solas, de pie en la nieve.