De madrugada, Rachel y ____ seguían echadas en el sofá, en pijama y bata, bebiendo vino y riendo sin poderse contener. Scott, Tammy y Quinn se habían marchado temprano y Aaron llevaba horas durmiendo. Lo oían roncar en la habitación.
Animada por el vino, ____ le contó a su amiga lo que había pasado durante la vista. Aunque le costó mucho, Rachel resistió la tentación de interrumpirla hasta que acabó de hablar.
—No creo que Tom te haya dejado por el trabajo. No necesita el dinero y siempre puede trabajar en otro sitio. Lo que no entiendo es por qué no ha sido más explícito. Podía haber hablado contigo a la salida y decirte: «Te quiero, pero tenemos que esperar». Conociéndolo, seguramente te habría recitado algo en pentámetros yámbicos —añadió, con la risa floja por el alcohol.
—Mencionó algo sobre Eloísa, pero la verdad, no me animó mucho. Abelardo mantuvo en secreto su relación con ella para no perder el trabajo. Y luego la mandó a un convento.
Rachel le lanzó un cojín a la cabeza.
—Tom nunca te enviaría a un convento. Te quiere. Y me niego a aceptar otra cosa.
Abrazando el cojín, ____ se tumbó de lado.
—Si me quisiera, no me habría abandonado. Ni habría roto conmigo con un correo electrónico.
—¿De verdad crees que ha estado jugando contigo todos estos meses?
—No, pero eso ya no tiene importancia.
Rachel bostezó ruidosamente.
—No entiendo lo que ha hecho, pero está claro que la ha cagado. Me pregunto si no estaría tratando de protegerte de alguna manera.
—¿Qué le costaba avisarme?
—Eso es lo que no entiendo. Podría habernos pedido a cualquiera de nosotros que te pasáramos un mensaje. O haberte escrito una carta. ¿Por qué no le dijo al comité que se metieran sus condiciones por donde les cupieran?
_____ se movió y, mirando al techo, se hizo la misma pregunta que su amiga.
—¿Quieres que lo llamemos?
—No.
—¿Por qué no? Si ve que soy yo, igual contesta.
—Es muy tarde y estoy borracha. No es el mejor momento para mantener una conversación. Además, me dijo que no me pusiera en contacto con él.
Rachel levantó el teléfono y lo sacudió ante los ojos de ____.
—Si tú estás sufriendo, él también.
—Le dejé un mensaje diciendo que, si algún día quiere hablar conmigo, que lo haga cara a cara. No voy a llamarlo más. —Vació el vaso de un trago. Al cabo de unos segundos, añadió—: Tal vez venga a la graduación.
Suspiró, melancólica. Por muy enfadada y frustrada que se sintiera, seguía deseando a Tom.
—¿Cuándo es la graduación?
—El once de junio.
Rachel maldijo disimuladamente. Era muy cerca de la boda.
Tras unos minutos en silencio, ____ dio voz a uno de sus mayores miedos.
—¿Rachel?
—¿Ajá?
—¿Y si se acuesta con ella?
Durante unos momentos, su amiga no dijo nada. Tan callada se quedó que ____ empezó a repetir la pregunta, pero en ese momento Rachel la interrumpió.
—Puedo imaginarme que se acueste con cualquier otra persona. Pero no que se acueste con ella y espere que tú lo perdones luego.
—Si te enteras de que está con otra, por favor, avísame. Prefiero enterarme por ti que por otra persona.
—Cariño, abre los ojos.
La voz de Tom era cálida y sugerente mientras se movía en su interior, apoyándose en los antebrazos para no aplastarla. Se inclinó para besarle la parte interior del brazo, a la altura del bíceps, y succionó suavemente. Lo suficiente para provocarla y tal vez dejarle una ligera marca. Sabía que se volvía loca cada vez que lo hacía.
—No puedo —dijo ___ entre jadeos. Cada vez que él se movía, despertaba las sensaciones más intensas y maravillosas en su interior.
Hasta que se detuvo en seco.
Ella abrió los ojos.
Él le acarició la nariz con la suya.
—Necesito verte. —Su mirada era intensa pero amable, como si estuviera manteniendo el deseo a raya momentáneamente.
—Me cuesta mucho mantener los ojos abiertos —protestó ella, gimiendo cuando él volvió a moverse en su interior.
—Inténtalo. Hazlo por mí, ____. —La besó con delicadeza—. Te quiero tanto...
—Pero entonces, ¿por qué me abandonaste?
Tom la miró entornando los ojos, consternado.
—No lo hice.
Esa misma noche, Tom estaba tumbado en el centro de la cama, con los ojos cerrados, mientras ella le besaba el pecho. Ella se detuvo para dedicarle una atención especial al tatuaje, antes de seguir descendiendo hacia su abdomen. Él maldijo en voz baja al notar las uñas que le recorrían los músculos bien definidos, antes de que una lengua se hundiera en su ombligo.
«Hacía tanto tiempo...»
Eso fue lo que pensó al notar que una mano le acariciaba el pubis antes de agarrarle el m*****o con fuerza. Tom levantó las caderas. Ella lo acariciaba mientras él gemía y suplicaba. ____ lo excitó acariciándole los muslos con su larga y sedosa melena, antes de metérselo en la boca, tan húmeda y cálida.
Con una exclamación de sorpresa, Tom se abandonó a las sensaciones, antes de enredar los dedos en su pelo.
Al recordar, se quedó paralizado.
Una sensación de miedo se le instaló en el estómago al pensar en la última vez que lo habían intentado. Entonces la soltó inmediatamente, temiendo haberla asustado.
—Lo siento —se excusó, acariciándole la mejilla con un dedo—. Casi se me olvida.
Una mano helada sujetó la suya, obligándolo a agarrarla por la cabeza una vez más.
—¿Casi se te olvida el qué? —se burló ella—. ¿Cómo se disfruta de una
mamada?
Tom abrió los ojos y vio, horrorizado, que los ojos que lo miraban divertidos no eran castaños, sino azules.
Paulina, completamente desnuda, estaba acuclillada a su lado, sonriendo triunfalmente y a punto de volver a metérselo en la boca. Maldiciendo a gritos, Tom se apartó y se sentó, apoyándose en el cabezal, sin perderla de vista.
Echándose a reír ante su reacción, ella le señaló la nariz, indicándole sin palabras que se limpiara los restos de cocaína.
«¿Qué he hecho?»
Tom se frotó la cara con ambas manos. Al darse cuenta de la magnitud de su depravación, sintió náuseas y vomitó al lado de la cama. Cuando se recuperó un poco, alargó la mano para mostrarle a Paulina el anillo, pero no llevaba ninguno.
El anillo de boda había desaparecido.
Paulina se rió con más fuerza y avanzó hacia él como un felino, con la mirada salvaje y frotándose contra su cuerpo.
CAP 35
Tom se sacudió compulsivamente, luchando por liberarse de las mantas antes de despertarse del todo. La buscó por todas partes, pero no vio a nadie.
Estaba solo en una habitación de hotel, a oscuras. Había apagado todas las luces antes de acostarse. Ése había sido su primer error. Y además se había olvidado de colocar la foto de ____ en la mesilla de noche para que mantuviera las sombras a raya. Ése había sido el segundo, ya que ella era su talismán contra la oscuridad.
Se sentó en la cama, apoyando los pies en el suelo, y se cubrió la cara con las manos. Los meses que pasó en rehabilitación para desintoxicarse, años atrás, habían sido durísimos, pero no eran nada comparados con lo que le estaba costando superar la ausencia de _____. Soportaría las pesadillas y los recuerdos de errores pasados con estoicismo si pudiera abrazarla cada noche.
Miró con desprecio la botella de whisky medio vacía que había dejado en la mesilla de noche. El acoso que había sufrido por parte de las autoridades académicas le había supuesto una gran presión. Si a esa presión se le añadía el dolor de la pérdida, el resultado era que se sentía incapaz de afrontar la vida sin ningún tipo de ayuda externa.
Cada día bebía un poco más. Tenía que hacer algo para romper ese círculo o volvería a caer en sus viejos vicios, aniquilando cualquier posibilidad de futuro. Y tenía que hacerlo urgentemente.
Tomando una decisión, hizo un par de llamadas antes de preparar el equipaje de cualquier manera. Luego le pidió al conserje que llamara a un taxi que lo llevara al aeropuerto. Ni siquiera se molestó en comprobar si tenía un aspecto presentable. Lo cierto era que no se atrevía a mirarse al espejo por miedo a lo que pudiera encontrar allí.
Horas más tarde, llegó a Florencia y se instaló en el Gallery Hotel Art. Aunque había avisado con poca antelación, había logrado que le dieran la misma suite en la que ____ y él habían consumado su amor. Había tenido que elegir entre eso o un programa de rehabilitación y sabía que la influencia de ella sería mucho más redentora.
Al entrar en la habitación, casi esperaba encontrarla. Y si no a ____, alguna señal de su presencia. Un par de zapatos de tacón color mandarina dejados descuidadamente debajo de una mesita. Un vestido de tafetán arrugado en el suelo, junto a una pared desnuda. O unas medias negras sobre la cama sin hacer.
Por supuesto, no encontró ninguna de esas cosas.
Tras un sueño relativamente reparador y una ducha, Tom se puso en contacto con su viejo amigo el dottore Vitali, el director de la galería de los Uffizi, y quedó con él para cenar. Durante la cena, hablaron de la nueva cátedra de Harvard y de Giuseppe Pacciani. A Tom lo alegró enterarse de que, aunque a Pacciani lo habían entrevistado personalmente en Harvard, cosa que a él no le habían ofrecido, habían rechazado su candidatura. Era un pobre consuelo, pero no dejaba de ser un consuelo.
Al día siguiente, trató de distraerse haciendo cosas que le gustaban. Desayunó en una piazza, paseó junto al Arno y pasó la tarde en la sastrería. Encargó que le hicieran un traje de lana negra a medida y luego invirtió una hora más buscando los zapatos perfectos para combinarlos con el traje. El sastre le dijo bromeando que el traje era tan bueno que podría casarse con él. Luego, el hombre se empezó a reír de su propia broma, hasta que Tom levantó la mano para enseñarle el anillo.
—Acabo de casarme —dijo, para sorpresa del sastre.
Fuera a donde fuese, lo asaltaban imágenes de ____. En el ponte Santa Trinità se
detuvo y se demoró en sus agridulces recuerdos durante largo rato. Era duro, pero preferible a las alternativas químicas.
Una noche en que había bebido demasiado, se acercó al Duomo, rehaciendo el camino que había seguido con ____ meses atrás. Torturado por el recuerdo de su cara cuando lo había acusado de follar con ella, vio un mendigo que le resultó familiar, sentado junto a la cúpula de Brunelleschi.
Tom se acercó a él.
—Unas monedas para un pobre anciano —le pidió el hombre en italiano.
Tom se acercó más y lo observó con desconfianza. El olor a alcohol y a falta de higiene lo asaltó, pero no se detuvo. Al reconocer en el mendigo al mismo hombre que había inspirado la caridad de ____, sintió que la cabeza le daba vueltas.
Se buscó la cartera a tientas. Sin molestarse en mirar, sacó varios billetes y se los puso delante de la cara.
—Lo vi en diciembre y sigue aquí —dijo Tom y el tono le salió más acusador de lo que hubiera querido.
El hombre se quedó mirando los billetes con avidez.
—Estoy aquí cada día. Incluso en Navidad.
Tom le acercó los euros a la nariz.
—Mi fidanzata le dio dinero y usted le dijo que era un ángel. ¿Se acuerda?
El viejo le dedicó una sonrisa desdentada y negó con la cabeza sin perder de vista el dinero.
—Hay muchos ángeles en Florencia y todavía más en Asís. Creo que Dios ayuda y protege a los mendigos de Asís, pero Florencia es mi hogar.
El hombre alargó la mano hacia los billetes, sin acabar de creerse que fuera a dárselos de verdad.
Tom se imaginó a ____ defendiendo al mendigo. Quería que le diera el dinero, aunque lo más probable era que el hombre se lo gastara en vino.
Mientras lo observaba, vio que no estaba en mejor estado que cuando lo había visto con ____ meses atrás y estuvo seguro de que ella le habría dado dinero una y otra vez, sin dudarlo. Habría ido a darle unas monedas día tras día, convencida de que la caridad nunca se malgastaba. _____ habría confiado en que, un día, el hombre se daría cuenta de que alguien se preocupaba por él y pediría ayuda.
____ sabía que ser amable con la gente la volvía más vulnerable, pero ni aun así dejaba de ser amable.
Dejando los billetes en la mano del hombre, Tom dio media vuelta y se alejó, oyendo los gritos de alegría y las bendiciones del mendigo a sus espaldas.
No quería oírlo. No era merecedor de ninguna bendición. Su acto de caridad no se parecía en nada al de _____. No se debía a la amabilidad ni a la compasión. Sólo lo había hecho para honrar su memoria. Como quien compra una indulgencia papal.
Mientras tropezaba con una piedra del suelo, se dio cuenta de lo que tenía que hacer.
Al día siguiente, intentó alquilar la casa que había compartido con ____ en Umbría, pero estaba ocupada. Así que viajó a Asís y se alojó en un hotel pequeño y sencillo, lleno de peregrinos.
Tom nunca se había visto a sí mismo como un peregrino. Era demasiado orgulloso para eso. Sin embargo, había algo en Asís que le permitió dormir esa noche. No había descansado tan bien desde que había dejado de dormir en brazos de _____.
A la mañana siguiente, se levantó temprano y se dirigió a la basílica de San Francisco. Era un lugar de peregrinaje para gente de todas las confesiones, aunque sólo
fuera por admirar sus frescos medievales y disfrutar de la paz que impregnaba sus salas. No fue casualidad que rehiciera el camino que había seguido con ____ antes de Navidad. Habían ido a misa a la basilica superiore y la había esperado pacientemente mientras se confesaba antes de misa.
Mientras ahora paseaba por la basílica, admirando las pinturas y absorbiendo la paz del recinto, vio a una mujer de pelo largo y castaño que se metía por una puerta. Intrigado, la siguió. A pesar de la multitud de turistas que invadían el recinto, no le costó nada no perderla de vista hasta la basílica inferiore.
Una vez allí, ella desapareció.
Intrigado, buscó por todos los rincones. Cuando vio que la búsqueda era infructuosa, descendió hasta las entrañas de la iglesia y llegó a la tumba de san Francisco. Allí estaba la mujer, arrodillada en la primera fila de la cripta. Tom se quedó en la última y se arrodilló también, sin perder de vista a la desconocida.
No era _____. Tenía las caderas y los hombros más anchos que ella y el pelo más oscuro. Pero era hermosa y su belleza le recordó lo mucho que había perdido.
La cripta era pequeña y primitiva, lo que contrastaba con la arquitectura y los frescos tan elaborados de la basílica. Tom no era el único que opinaba que la simplicidad de la vida y la misión de san Francisco se reflejaban de un modo más adecuado en la sencillez de su tumba.
Sumido en esos pensamientos, inclinó la cabeza y la apoyó en el respaldo del banco de delante. Sin darse cuenta, empezó a rezar.
Al principio eran palabras inconexas. Confesiones susurradas y declaraciones desesperadas. Pero a medida que pasaban los minutos, cada vez se sentía más arrepentido. La joven encendió una vela y se marchó sin que él se diera cuenta.
Si la vida de Tom hubiera sido una película, en ese momento un viejo hermano franciscano habría tropezado con él y, al darse cuenta de su sufrimiento, se habría sentido conmovido y le habría ofrecido guía espiritual. Pero su vida no era una película, así que siguió rezando solo.
Si más tarde alguien le hubiera preguntado qué había pasado en aquella cripta, se habría encogido de hombros y habría cambiado de tema. Algunas cosas no pueden expresarse con palabras. Algunas cosas desafían los límites del lenguaje.
Pero durante sus oraciones, Tom fue consciente de la magnitud de sus defectos y carencias, tanto morales como espirituales. Y, al mismo tiempo, sintió la presencia del Ser que conocía esos defectos y lo abrazaba de todos modos. Fue consciente de lo que la escritora Annie Dillard había llamado la extravagancia de la gracia. Pensó en el amor y el perdón que había recibido a lo largo de su vida, sobre todo de Grace y de Richard.
«Y de _____, mi hojita.»
El imán para el pecado que era Tom había encontrado algo inesperado bajo el suelo de la vieja basílica. Cuando salió a la calle, estaba más decidido que nunca a no recaer en sus vicios de siempre.