Capitulo 113

3339 Words
CAP 66.- 27 de diciembre de 2011 Selinsgrove, Pensilvania Richard, sus hijos y las parejas de éstos estaban sentados a la mesa del comedor, disfrutando del café y el postre. Rachel los estaba poniendo al día sobre el tratamiento de fertilidad. —Sí, he empezado a tomar hormonas. Pero no me afectan tanto como la píldora. Cuando la tomaba, estaba muy sensible todo el rato. Aaron alzó las cejas a su espalda y todos se echaron a reír al ver su expresión incrédula. Todos menos Rachel y ________. Tom se fijó en que ésta había entornado los ojos. Luego clavó la vista en la mesa con tanta intensidad que a él no le habría extrañado ver que la madera empezaba a cambiar de color y a echar humo. De repente, _______ echó la silla hacia atrás bruscamente y salió corriendo. Tom levantó la silla y, disculpándose, subió los escalones de dos en dos tras ella. Al llegar a su habitación, la encontró rebuscando desesperada en el cajón de la mesilla de noche. Sacó el cajón del todo y volcó el contenido encima de la cama. —¡Maldita sea! —exclamó. —¿Qué pasa? —Tom trató de agarrarla, pero se quedó con la mano en el aire cuando ella pasó por su lado a toda prisa. La siguió hasta el baño, donde había empezado a vaciar el neceser sobre el lavabo. Mientras iba apartando las cosas, su expresión era cada vez más disgustada. —________, ¿qué pasa? —No las encuentro. —¿Qué es lo que no encuentras? Ella no pareció haberlo oído. Tom la agarró del brazo con fuerza. —________, ¿qué buscas? —Las píldoras anticonceptivas. Por un momento, él estuvo a punto de dejarse contagiar por su pánico, pero fue sólo un instante. —Seguro que están por aquí. ¿Cuándo las viste por última vez? Ella parpadeó y apartó la vista. —En Cambridge —susurró. Tom abrió mucho los ojos. —¿Ni en Nueva York ni aquí? —Antes de que te fueras a Nueva York tenía la regla, ¿te acuerdas? Tenía que haber empezado una caja nueva el miércoles siguiente. —¿Y lo hiciste? Ella negó con la cabeza. —El miércoles fue el día que fui a verte. Tenía tanta prisa por llegar al aeropuerto que me las olvidé. Y luego, en Nueva York... —Cariño. —Tom trató de acariciarle la mejilla, pero ella apartó la cara y se la cubrió con ambas manos. —No me puedo creer que me haya saltado un mes entero de la píldora sin darme cuenta. ¡Soy idiota! —No eres idiota. —Tirándole de la muñeca, le abrió los brazos y la abrazó—. Tenías prisa por reunirte conmigo en Nueva York. Y luego la llamada de tu padre nos distrajo. Has tenido muchas cosas en la cabeza. —Menos mal que todavía no te has recuperado del todo de la operación. Una sombra oscureció el rostro de Tom, pero pasó en seguida, como una nube errante en un día de verano. —Por eso necesito una caja de repuesto hasta que pueda ir a mi farmacia en Boston —le aclaró ______ a la farmacéutica a la mañana siguiente. La mujer asintió. —No hay problema. Llamaré a tu farmacia. Será un momento. Siéntate. —Gracias. _______ se reunió con Tom en la zona de espera de la pequeña farmacia de Selinsgrove. —¿Todo bien? —preguntó él, mirándola con preocupación. —Sí. —Ella respiró hondo, aliviada—. No tardaremos mucho. Tom se sacó el iPhone del bolsillo y apretó algunas teclas. —¿Qué haces? —______ se inclinó hacia él. —Mientras tú hablabas con la farmacéutica, he revisado los mensajes. Me han llamado de la consulta del urólogo. —¿Tienes que devolverles la llamada? —Si no te importa... —No me importa. ¿Por qué te llamarán en mitad de las fiestas? —No lo sé. Tenían que haberme llamado hace dos semanas con los resultados de las últimas pruebas. Supongo que no habrá habido cambios —respondió él, mustio. —El médico dijo que podías tardar hasta un año en recuperarte. No te preocupes. —______ le cogió la mano y se la apretó. Tom asintió y le besó el dorso de la mano antes de salir a la calle para hacer la llamada. Cuando acabó de hablar, a _______ ya le habían dado las píldoras, las había pagado y se había tomado la primera. Él se plantó ante ella, con las piernas separadas y con la vista clavada en la bolsa de la farmacia. Al levantar la cabeza, _______ se encontró con la mirada preocupada de su marido. —¿Qué pasa? —Vamos a casa. Cuando ella se levantó de la silla, él le apoyó la mano en la espalda para guiarla hacia el coche. —¿Va todo bien? —En el coche hablamos. Sin discutir, _______ caminó a su lado en silencio hasta llegar al Jeep que Tom tenía en Selinsgrove para cuando iban de visita. —Me estás asustando —susurró. —Tranquila. —Le abrió la puerta y esperó a que se aposentara para cerrarla. Tras subir él también al coche, dejó el iPhone en el salpicadero y se volvió hacia ella. _______ se dio cuenta de que estaba luchando para encontrar las palabras adecuadas. —¿Son malas noticias? —No lo creo. —Entonces, ¿qué pasa? Tom le cogió la mano, y le resiguió el contorno de los nudillos con el pulgar. Se detuvo al llegar al anillo de boda. —Mírame. Ella lo miró a los ojos con el corazón desbocado. —No quiero que te asustes, ¿de acuerdo? —Tom, estoy aterrorizada. Suéltalo de una vez. Él apretó los labios. —Me llamaban para darme los resultados de las últimas pruebas. Tenían que haberme llamado hace dos semanas, pero... encontraron una anomalía. —¿Una anomalía? —Los resultados eran positivos —dijo muy lentamente, sin apartar los ojos de los de ella, mientras esperaba a que procesara lo que acababa de oír. _______ parpadeó. Varias veces. —Entonces, ¿eres...? —Sí. —Pero eso es imposible. Todavía no hace ni tres meses de la operación. —Lo sé. Repitieron las pruebas y el resultado fue el mismo. Al parecer, al médico le gustaría poder usar mi caso para un artículo. La sonrisa orgullosa de Tom desapareció de golpe al ver la cara de _______. —Aunque sea fértil, no tiene importancia. Llevas tomando la píldora desde septiembre. Haría falta más de un mes para que tu cuerpo recupere la normalidad, ¿no? —No lo sé. Te advierten que si te saltas un par de pastillas debes usar otro método anticonceptivo por precaución. Y yo me he saltado una caja entera. —_______ se cubrió la boca con la mano. Tom le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia él. —Ya que estamos aquí iré a comprar un test de embarazo. Así saldremos de dudas. Ella abrió mucho los ojos. —¿Ahora? —¿Prefieres esperar? —Esto no puede estar pasando. — ________ escondió la cara entre las manos. Él hizo una mueca. —¿Tan terrible sería? —murmuró, acariciándose la barbilla. Al ver que ella no respondía, le dio un toquecito en el hombro. —En seguida vuelvo. _______ apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos, pidiendo a todas las deidades con nombre y sin nombre que acudieran en su ayuda. CAP 67.- 28 de diciembre de 2011 Washington D. C. Natalie Lundy miró el teléfono y soltó una maldición. Había hecho mil llamadas y dejado mil mensajes, pero ahora el número al que llevaba semanas llamando estaba fuera de servicio. Simon se lo había cambiado. Y no respondía a sus emails. Miró la caja de cartón que estaba en el suelo, a su lado. Su contenido parecía burlarse de ella. Se había quedado sin trabajo. El día después del anuncio del compromiso de Simon, la habían llamado de la oficina del director de campaña del senador Talbot. Al menos Robert había tenido la decencia de parecer avergonzado por lo que estaba haciendo. —Debemos prescindir de tus servicios —dijo, sin mirarla a los ojos. —¿Por qué? —Tenemos exceso de personal. El senador quiere hacer recortes y los empleados son los primeros que se ven afectados. Lo siento. Natalie alzó una ceja. —Esto no tendrá nada que ver con mi relación con Simon, ¿no? —Por supuesto que no —mintió Robert—. No es nada personal. Son sólo negocios. —No me vengas con ese rollo de El Padrino. He visto la película. Robert miró al fondo de la habitación y asintió. —Alex te acompañará a la salida. Si quieres, puedo llamar a Harrisburg y ver si puedo conseguirte trabajo con algún otro senador. —Jódete. —Se levantó—. Y puedes decirles al senador y a su hijo que hagan lo mismo. ¿Quieren librarse de mí? Bien. Pero esto no acaba aquí. Estoy segura de que Andrew Sampson de The Washington Post estará muy interesado en lo que puedo contarle sobre la manera de hacer negocios de los Talbot. Robert levantó la mano. —No te embales. Como te he dicho, puedo conseguirte trabajo en Harrisburg. —No se me ha perdido nada en el maldito Harrisburg, Robert. Sólo quiero saber por qué me están jodiendo. He hecho mi trabajo y lo he hecho bien. Lo sabes. Él miró a Alex y le dijo: —Dame un minuto. Éste se retiró y cerró la puerta. —Oye, Natalie. Será mejor que no lances amenazas que no puedes cumplir. —Es que puedo cumplirlas y pienso hacerlo. —Eso no sería muy prudente. —Al diablo con la prudencia. Robert se removió en la silla. —Por supuesto, la campaña te proporcionará una generosa indemnización. Los detalles te llegarán a tu casa. —¿Me estás sobornando para que cierre la boca? —Indemnización por despido debido a exigencias financieras. —Lo que sea. —Cogiendo el bolso, Natalie se dirigió a la puerta—. Dile a Simon que tiene cuarenta y ocho horas para ponerse en contacto conmigo. Si no me llama, lo lamentará. Con esas palabras, salió del despacho con paso decidido. Desde aquel día habían pasado dos semanas y Simon no había llamado. Las pruebas incriminatorias que había enviado a The Washington Post habían sido entregadas. FedEx se lo había confirmado. Pero ni Andrew Sampson ni nadie se había puesto en contacto con ella. Tal vez había decidido no publicar la historia. Tal vez le había parecido de demasiado mal gusto. El día después de dejar el material en la oficina de FedEx, alguien había entrado en su apartamento y lo había arrasado. No hacía falta ser muy listo para deducir que había sido alguien de la campaña del senador. Se habían llevado el portátil, la cámara digital, sus archivadores y lápices de memoria. Ya no le quedaba nada con lo que chantajear ni a Simon ni a nadie. Había recibido el dinero del soborno: veinticinco mil dólares. Era suficiente para empezar una nueva vida en California. No le vendría mal cambiar de aires. Usaría ese dinero para empezar de nuevo. Ya planearía su venganza contra los Talbot con calma desde Sacramento. No tenía pruebas gráficas para justificar sus acusaciones, así que era difícil que ningún periodista se la tomara en serio. Pero esperaría a que llegara octubre y le vendería la historia a un periódico sensacionalista. Sí, eso haría. Sonriendo, empezó a hacer el equipaje. 28 de diciembre de 2011 Washington D. C. Natalie Lundy miró el teléfono y soltó una maldición. Había hecho mil llamadas y dejado mil mensajes, pero ahora el número al que llevaba semanas llamando estaba fuera de servicio. Simon se lo había cambiado. Y no respondía a sus emails. Miró la caja de cartón que estaba en el suelo, a su lado. Su contenido parecía burlarse de ella. Se había quedado sin trabajo. El día después del anuncio del compromiso de Simon, la habían llamado de la oficina del director de campaña del senador Talbot. Al menos Robert había tenido la decencia de parecer avergonzado por lo que estaba haciendo. —Debemos prescindir de tus servicios —dijo, sin mirarla a los ojos. —¿Por qué? —Tenemos exceso de personal. El senador quiere hacer recortes y los empleados son los primeros que se ven afectados. Lo siento. Natalie alzó una ceja. —Esto no tendrá nada que ver con mi relación con Simon, ¿no? —Por supuesto que no —mintió Robert—. No es nada personal. Son sólo negocios. —No me vengas con ese rollo de El Padrino. He visto la película. Robert miró al fondo de la habitación y asintió. —Alex te acompañará a la salida. Si quieres, puedo llamar a Harrisburg y ver si puedo conseguirte trabajo con algún otro senador. —Jódete. —Se levantó—. Y puedes decirles al senador y a su hijo que hagan lo mismo. ¿Quieren librarse de mí? Bien. Pero esto no acaba aquí. Estoy segura de que Andrew Sampson de The Washington Post estará muy interesado en lo que puedo contarle sobre la manera de hacer negocios de los Talbot. Robert levantó la mano. —No te embales. Como te he dicho, puedo conseguirte trabajo en Harrisburg. —No se me ha perdido nada en el maldito Harrisburg, Robert. Sólo quiero saber por qué me están jodiendo. He hecho mi trabajo y lo he hecho bien. Lo sabes. Él miró a Alex y le dijo: —Dame un minuto. Éste se retiró y cerró la puerta. —Oye, Natalie. Será mejor que no lances amenazas que no puedes cumplir. —Es que puedo cumplirlas y pienso hacerlo. —Eso no sería muy prudente. —Al diablo con la prudencia. Robert se removió en la silla. —Por supuesto, la campaña te proporcionará una generosa indemnización. Los detalles te llegarán a tu casa. —¿Me estás sobornando para que cierre la boca? —Indemnización por despido debido a exigencias financieras. —Lo que sea. —Cogiendo el bolso, Natalie se dirigió a la puerta—. Dile a Simon que tiene cuarenta y ocho horas para ponerse en contacto conmigo. Si no me llama, lo lamentará. Con esas palabras, salió del despacho con paso decidido. Desde aquel día habían pasado dos semanas y Simon no había llamado. Las pruebas incriminatorias que había enviado a The Washington Post habían sido entregadas. FedEx se lo había confirmado. Pero ni Andrew Sampson ni nadie se había puesto en contacto con ella. Tal vez había decidido no publicar la historia. Tal vez le había parecido de demasiado mal gusto. El día después de dejar el material en la oficina de FedEx, alguien había entrado en su apartamento y lo había arrasado. No hacía falta ser muy listo para deducir que había sido alguien de la campaña del senador. Se habían llevado el portátil, la cámara digital, sus archivadores y lápices de memoria. Ya no le quedaba nada con lo que chantajear ni a Simon ni a nadie. Había recibido el dinero del soborno: veinticinco mil dólares. Era suficiente para empezar una nueva vida en California. No le vendría mal cambiar de aires. Usaría ese dinero para empezar de nuevo. Ya planearía su venganza contra los Talbot con calma desde Sacramento. No tenía pruebas gráficas para justificar sus acusaciones, así que era difícil que ningún periodista se la tomara en serio. Pero esperaría a que llegara octubre y le vendería la historia a un periódico sensacionalista. Sí, eso haría. Sonriendo, empezó a hacer el equipaje. 28 de diciembre de 2011 Washington D. C. Natalie Lundy miró el teléfono y soltó una maldición. Había hecho mil llamadas y dejado mil mensajes, pero ahora el número al que llevaba semanas llamando estaba fuera de servicio. Simon se lo había cambiado. Y no respondía a sus emails. Miró la caja de cartón que estaba en el suelo, a su lado. Su contenido parecía burlarse de ella. Se había quedado sin trabajo. El día después del anuncio del compromiso de Simon, la habían llamado de la oficina del director de campaña del senador Talbot. Al menos Robert había tenido la decencia de parecer avergonzado por lo que estaba haciendo. —Debemos prescindir de tus servicios —dijo, sin mirarla a los ojos. —¿Por qué? —Tenemos exceso de personal. El senador quiere hacer recortes y los empleados son los primeros que se ven afectados. Lo siento. Natalie alzó una ceja. —Esto no tendrá nada que ver con mi relación con Simon, ¿no? —Por supuesto que no —mintió Robert—. No es nada personal. Son sólo negocios. —No me vengas con ese rollo de El Padrino. He visto la película. Robert miró al fondo de la habitación y asintió. —Alex te acompañará a la salida. Si quieres, puedo llamar a Harrisburg y ver si puedo conseguirte trabajo con algún otro senador. —Jódete. —Se levantó—. Y puedes decirles al senador y a su hijo que hagan lo mismo. ¿Quieren librarse de mí? Bien. Pero esto no acaba aquí. Estoy segura de que Andrew Sampson de The Washington Post estará muy interesado en lo que puedo contarle sobre la manera de hacer negocios de los Talbot. Robert levantó la mano. —No te embales. Como te he dicho, puedo conseguirte trabajo en Harrisburg. —No se me ha perdido nada en el maldito Harrisburg, Robert. Sólo quiero saber por qué me están jodiendo. He hecho mi trabajo y lo he hecho bien. Lo sabes. Él miró a Alex y le dijo: —Dame un minuto. Éste se retiró y cerró la puerta. —Oye, Natalie. Será mejor que no lances amenazas que no puedes cumplir. —Es que puedo cumplirlas y pienso hacerlo. —Eso no sería muy prudente. —Al diablo con la prudencia. Robert se removió en la silla. —Por supuesto, la campaña te proporcionará una generosa indemnización. Los detalles te llegarán a tu casa. —¿Me estás sobornando para que cierre la boca? —Indemnización por despido debido a exigencias financieras. —Lo que sea. —Cogiendo el bolso, Natalie se dirigió a la puerta—. Dile a Simon que tiene cuarenta y ocho horas para ponerse en contacto conmigo. Si no me llama, lo lamentará. Con esas palabras, salió del despacho con paso decidido. Desde aquel día habían pasado dos semanas y Simon no había llamado. Las pruebas incriminatorias que había enviado a The Washington Post habían sido entregadas. FedEx se lo había confirmado. Pero ni Andrew Sampson ni nadie se había puesto en contacto con ella. Tal vez había decidido no publicar la historia. Tal vez le había parecido de demasiado mal gusto. El día después de dejar el material en la oficina de FedEx, alguien había entrado en su apartamento y lo había arrasado. No hacía falta ser muy listo para deducir que había sido alguien de la campaña del senador. Se habían llevado el portátil, la cámara digital, sus archivadores y lápices de memoria. Ya no le quedaba nada con lo que chantajear ni a Simon ni a nadie. Había recibido el dinero del soborno: veinticinco mil dólares. Era suficiente para empezar una nueva vida en California. No le vendría mal cambiar de aires. Usaría ese dinero para empezar de nuevo. Ya planearía su venganza contra los Talbot con calma desde Sacramento. No tenía pruebas gráficas para justificar sus acusaciones, así que era difícil que ningún periodista se la tomara en serio. Pero esperaría a que llegara octubre y le vendería la historia a un periódico sensacionalista. Sí, eso haría. Sonriendo, empezó a hacer el equipaje.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD