suelo y se sentó en el sofá, sonrió. Pocas veces una masturbación había conseguido tal realismo. Pocas veces sus muslos se habían mojado tanto de sus propios fluidos. Sonriendo, miró el aparatito y, mientras se encendía un cigarrillo, murmuró: —Gracias, colega. Tú nunca me defraudas. Esa noche, cuando se metió en la cama, siguió pensando en Tom, pero enfadada se reprendió a sí misma. Debía dejar de pensar en él. Había otros hombres en el mundo de los que disfrutar y él, por mucho que la excitara, no debía formar parte de sus juegos y fantasías. ¿O quizá sí? El sábado por la tarde, tras un día dedicado totalmente a su hija, decidió hablar con Dora para que esa noche se quedara con la niña. Ella necesitaba salir. Llegó al Sensations más tarde que otras veces y al entrar casi se d

