Capitulo 7

3236 Words
Por fin, él regresó con su maldito café. Se sentó tan lejos de ella como pudo y le dirigió una mirada severa. —Tenemos que hablar de su comportamiento, pero antes me gustaría dejar una cosa muy clara. Si he accedido a reunirme aquí con usted ha sido porque me apetecía tomar café. En el futuro, cualquier tema que tengamos que tratar, lo haremos en el departamento, como siempre. Sus transparentes intentos de transformar las reuniones en citas no tendrán ningún éxito. ¿Queda claro? —Sí, señor. —Una palabra mía y se encontrará teniendo que buscar un nuevo director de tesis. —Carraspeó—. En el futuro, diríjase a mí como profesor Kaulitz, incluso cuando hable de mí en tercera persona. ¿Entendido? —Sí, profesor Kaulitz. «Oh, profesor Kaulitz, no se imagina las ganas que tengo de decir su nombre. De gritar su nombre para ser más exactos. ¡Profesor, profesor, profesor!» —Además, se abstendrá de hacer comentarios sobre los demás alumnos, en especial sobre la señorita Mitchell. ¿Está claro? —Muy claro. Christa estaba empezando a enfadarse en serio, pero se guardó sus emociones. La culpa de todo era de _____. Tenía que echarla del seminario como fuera, pero no sabía cómo. Todavía. —Por último, si alguna vez me oye hacer algún comentario sobre algún compañero o alguna persona ligada al programa de doctorado, los considerará estrictamente confidenciales y no los repetirá delante de nadie. En caso contrario, ya puede irse buscando otro director de tesis. ¿Cree que es lo bastante inteligente como para cumplir estas sencillas instrucciones? —Sí, profesor. Christa se irritó ante la condescendencia de su tono, pero lo cierto era que su brusquedad le resultaba excitante. Quería provocarlo hasta acabar con su mal humor. Seducirlo para que le hiciera cosas que no se podían decir en voz alta... —Si vuelve a dirigirse a un alumno en esos términos, tendré que hablar con el profesor Martin, el jefe del departamento. Supongo que está al corriente de las normas que regulan el comportamiento de los estudiantes. Y no hace falta que le recuerde la prohibición de hacer novatadas, ¿me equivoco? —No le estaba gastando ninguna novatada a _____. Sólo... —Nada de excusas. Y dudo que la señorita Mitchell le haya dado permiso para que use su nombre de pila. Diríjase a ella con el debido respeto o no la nombre. Christa agachó la cabeza. Ese tipo de amenazas no tenían nada de sexy. Había trabajado duro para entrar en el programa de doctorado de la Universidad de Toronto y no quería dejar escapar la oportunidad de acabar sus estudios de manera brillante. Y menos por culpa de una patética putita que tenía un rollo con el ayudante del profesor. Tom se dio cuenta de su reacción, pero no dijo nada mientras bebía su expreso a pequeños sorbos. No sentía ningún tipo de remordimientos y se estaba preguntando qué más podría decirle para hacerla llorar. —Estoy seguro de que está al corriente de las políticas de la universidad relativas al acoso. Es una política que funciona en las dos direcciones. Si un profesor se siente acosado por un alumno o alumna, puede interponer una denuncia contra éste. Si se pasa de la raya una vez más, señorita Peterson, la llevaré a rastras a la oficina del decano. ¿Me he explicado bien? Christa alzó la cabeza y lo miró con ojos muy abiertos y asustados. —Pero yo... pensaba que nosotros... —Pero ¡nada! —exclamó Tom—. A menos que esté mal de la cabeza, se dará cuenta de que ese «nosotros» no existe. No voy a repetirlo. Ya sabe qué terreno pisa. Tom echó un vistazo en dirección a _____ y Paul. —Y ahora que ya nos hemos sacado de encima la charla de cortesía, me gustaría darle mi opinión sobre su última propuesta de proyecto de tesis. Es una birria. En primer lugar, el tema está muy trillado. En segundo, no hay ni una sola reseña que sea literariamente adecuada. Si no puede solucionar estos temas, le recomiendo que se busque otro director de tesis. Si prefiere entregarme una versión revisada, deberá hacerlo antes de dos semanas. Y ahora, si me disculpa, tengo una reunión con alguien digno de mi tiempo. Buenas tardes. Y se marchó del Starbucks bruscamente, dejando a Christa conmocionada, mirando al vacío. Había escuchado sus palabras, pero su mente había seguido trabajando, centrada en otras cosas. Vengarse de _____ era una prioridad. No sabía qué iba a hacer para conseguirlo, ni cuándo, pero metafóricamente hablando, iba a clavarle un cuchillo a esa zorra e iba a cortarla en cachitos (también metafóricamente). En segundo lugar, iba a tener que reescribir la propuesta de tesis y que ganarse la aprobación académica del profesor Kaulitz. Y, en tercer lugar, iba a tener que redoblar sus esfuerzos de seducción. Ahora que había visto al profesor Kaulitz enfadado, no había nada en el mundo que le apeteciera más que verlo enfadado con ella... pero desnudo. Iba a hacer que cambiara de opinión. Iba a derribar sus barreras. Un día lo vería de rodillas, rogándole, y entonces... Evidentemente, los tacones y la lencería de Bordelle no eran suficiente. Christa iba a tener que hacer una visita a Holt Renfrew para comprarse un vestido nuevo. Algo europeo. Muy sexy. Algo de Versace. Luego iría al Lobby y pondría su tercer plan en marcha. En el ático de un hotel de lujo de Florencia, había ropa desperdigada por el salón, como un camino de migas de pan que iba desde la puerta hasta una pared que hasta entonces estaba desnuda, pero que en esos momentos estaba ocupada por dos personas apoyadas en ella. Gemidos y sonidos delatadores flotaban en la habitación y podían verse unos zapatos masculinos hechos a mano, un sujetador n***o, un traje hecho a medida, dejado de cualquier manera sobre una mesita auxiliar, y un vestido de tafetán que formaba un charco de color azul Santorini en el suelo... Si un detective estuviera examinando la escena, llegaría a la conclusión de que faltaban las bragas y los zapatos de ella. El aire estaba cargado de aromas: flor de azahar y Aramis, mezclado con el olor almizcleño del sudor y la carne desnuda. La habitación estaba a oscuras. Ni siquiera los rayos de luna que entraban por la ventana alcanzaban la pared donde los dos cuerpos desnudos se aferraban el uno al otro. El hombre sujetaba el peso de la mujer, que le rodeaba las caderas con las piernas. —Abre los ojos. —El ruego de Tom fue acompañado por una cacofonía de sonidos: piel deslizándose sobre piel, gemidos desesperados, ahogados por labios y carne, rápidas bocanadas de aire y el ligero golpear de la espalda de ____ contra la pared. Ésta oía gruñir a Tom con cada embestida, pero su capacidad de hablar había desaparecido, mientras se concentraba en una sensación sencilla pero potente: el placer. Cada movimiento de su amante le causaba un enorme gozo, incluso el roce de sus pechos y el tacto de sus fuertes manos sujetándola. Estaba al borde del clímax, sin aliento, consciente de que el próximo movimiento podría ser el que la lanzara al vacío. Cada... vez... más... cerca... —¿Estás... bien? Tom respiraba con dificultad. La última palabra salió de su boca como un grito, cuando ____ le clavó los afilados tacones en el trasero. Ésta echó la cabeza hacia atrás y dijo algunas palabras sin sentido antes de alcanzar el orgasmo. Unas potentes oleadas la sacudieron, desde donde estaban unidos hasta el último rincón de su cuerpo, hasta que cada una de sus células vibró. Al notarlo, Tom no tardó en seguirla. Con dos fuertes embestidas más, se sacudió espasmódicamente, mientras gritaba el nombre de ____ contra su cuello. —Estaba preocupado —susurró él poco después. Estaba tumbado de espaldas en el centro de la gran cama, con su amada acurrucada a su lado, con la cabeza apoyada sobre el tatuaje. —¿Por qué? —No abrías los ojos. No decías nada. Estaba preocupado por si estaba siendo demasiado brusco. ____ le acarició el abdomen, recorriéndole lentamente el suave vello que tenía debajo del ombligo. —No me has hecho daño. Ha sido... distinto. Más intenso. Cada vez que te movías... tenía unas sensaciones increíbles. No podía abrir los ojos. Tom sonrió aliviado y le besó la frente. —En esa postura se llega más adentro. Y no te olvides de los preliminares en el museo. Ni te imaginas lo que me ha costado mantener las manos quietas durante la cena. —Porque sabías que iba sin bragas. —Porque te deseo. Siempre. —Cada vez que estamos juntos, es mejor que la vez anterior —susurró ____. —Pero nunca dices mi nombre —le hizo notar él, melancólico. —Digo tu nombre constantemente. Me extraña que no me hayas pedido que te llame Tommy o Dante o Profesor. —No me refería a eso. Lo que quería decir es que nunca dices mi nombre... cuando te corres. Ella lo miró a la cara, sorprendida. Su expresión armonizaba con su tono de voz, algo melancólico. La máscara de confianza había desaparecido. —Para mí, tu nombre es sinónimo de orgasmos. Voy a empezar a llamarlos Tommyorgasmos. Él se echó a reír con ganas. La risa le resonaba en el pecho y hacía que la cabeza de ____ botara con tanta fuerza que tuvo que sentarse. Se echó a reír también, contagiada por su buen humor, aliviada de que el momento melancólico hubiera pasado. —Tiene sentido del humor, señorita Mitchell. ¿Quién lo iba a decir? —Le levantó la barbilla para besar sus labios una vez más antes de relajarse y quedarse dormido. ____ permaneció despierta un poco más, contemplando al niño inseguro que asomaba desde el interior de Tom en los momentos más inesperados. A la mañana siguiente, él la invitó a tomar su desayuno favorito en el Café Perseo, una elegante heladería de la piazza Signoria. Se sentaron dentro, porque se había acabado la tregua y había regresado el tiempo habitual para diciembre, frío y húmedo. Uno podría pasarse los días sentado en aquella terraza sin hacer nada más que ver la vida pasar. Los edificios de la plaza eran antiguos. Los Uffizi estaban a la vuelta de la esquina. Había una fuente impresionante y estatuas preciosas, entre ellas una copia del David de Miguel Ángel y un Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa frente a una preciosa loggia. Mientras se tomaba el helado, ____ evitaba mirar hacia esa estatua y Tom evitaba mirar a las preciosas florentinas que pasaban, para observar a su amada con voracidad. —¿Estás seguro de que no quieres probarlo? La frambuesa y el limón combinan de maravilla. —____ le ofreció una cucharada con los dos sabores mezclados. —Por supuesto que quiero probarlo. Pero no el helado. Preferiría algo más... exótico —añadió, con los ojos brillantes. Apartó su taza de café para poder darle la mano—. Gracias por esta noche... y por esta mañana. —Creo que soy yo la que debería darte las gracias a ti, profesor. —Le apretó la mano y siguió desayunando—. Me sorprende que mi silueta no haya quedado marcada al vapor en la pared —bromeó a continuación, ofreciéndole otra cucharada de helado. Tom dejó que ella lo alimentara. Cuando se pasó la lengua por los labios, ____ sintió que la cabeza le daba vueltas. Una bandada de recuerdos de aquella misma mañana cruzaron por su mente y uno de ellos se quedó. «Oh, dioses de los novios, dioses del sexo que disfrutan dando placer a sus amantes, gracias por esta mañana.» ____ tragó saliva. —Ha sido mi primera vez. —No será la última. Te lo prometo. Tom se pasó la lengua por los labios provocativamente, para ponerla nerviosa. Ella se inclinó hacia adelante para darle un beso en la mejilla. Pero atrapándola por la nuca, Tom la acercó a sus labios. La boca de ____ sabía a helado y a su sabor único y personal. Al soltarla, gruñó, deseando volver al hotel para una segunda parte de la noche anterior. ¿O tal vez podrían volver al museo? —¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo ____, concentrándose en el helado para no tener que mirarlo a los ojos. —Claro. —¿Por qué dijiste que era tu prometida? —Fidanzata tiene varios significados. —Pero el principal es prometida. —Presentarte como mi ragazza no habría hecho justicia a mi grado de compromiso. Tom meneó los dedos de los pies. Los zapatos nuevos le apretaban un poco. Cerró la boca con fuerza involuntariamente, como si estuviera decidiendo si decía algo más o guardaba silencio. Finalmente no dijo nada. Sólo se removió incómodo en el asiento. ____ pensó que le dolía la espalda. —Siento lo de mis tacones. —¿A qué te refieres? —Te he visto las marcas esta mañana, mientras te vestías. No quería hacerte daño. Él sonrió travieso. —Son los riesgos que corremos los obsesos con los zapatos de tacón. Llevo mis cicatrices con dignidad. —La próxima vez iré con más cuidado. —Por encima de mi cadáver. ____ abrió mucho los ojos al ver el fogonazo de pasión en sus ojos. Tom le atrapó los labios con los suyos antes de susurrarle al oído: —Te voy a comprar unas botas con unos tacones aún más altos. Y luego comprobaré qué eres capaz de hacer con ellas puestas. Mientras paseaban por el Ponte Vecchio bajo un paraguas compartido, Tom insistió en entrar en un montón de tiendas, tentándola con cosas extravagantes: reproducciones etruscas, monedas romanas, collares de oro, etc. Como respuesta, ____ sonreía, señalándose los pendientes de Grace y diciendo que eran más que suficiente. Su aparente falta de apego por los bienes materiales era un acicate para Tom, que cada vez tenía más ganas de cubrirla de regalos. Al llegar al centro del puente, ____ le tiró del brazo para que se acercaran a la baranda a mirar el Arno. —Hay una cosa que no me importaría que me pagaras, Tom. Él la miró con curiosidad. El fresco aire florentino había puesto color en sus mejillas. Era buena, hermosa, cálida y dulce. Pero tremendamente testaruda. —Lo que sea. ____ pasó la mano por la barandilla que los separaba del río. —Quiero quitarme la cicatriz del mordisco. Tom no se sorprendió demasiado. Aquella mañana la había descubierto aplicándose maquillaje en el cuello y, al preguntarle qué estaba haciendo, se había echado a llorar. Sin mirarlo a los ojos, siguió diciendo. —No me gusta tener que verla constantemente. Y no soporto que tengas que verla tú. Quiero que me la quiten. —Podríamos buscar un cirujano plástico en Filadelfia, cuando vayamos por Navidad. —Es que pasamos tan poco tiempo en casa... No quiero hacerle eso a mi padre. Ni a Rachel. Tom se cambió el paraguas de mano y la abrazó. Fue descendiendo por el cuello hasta llegar a la marca. —Por supuesto. Estaré encantado de hacer eso por ti y cualquier otra cosa que me pidas. Sólo tienes que decirlo. Pero quiero que tú hagas algo por mí. —¿Qué? —Me gustaría que hablaras con alguien de lo que pasó. ____ bajó la vista. —Ya lo hablo contigo. —Me quedaría más tranquilo si lo hicieras con alguien que no sea un asno. Encontrar a un médico que te haga desaparecer la cicatriz de la piel es fácil. Son las cicatrices que no se ven las que más cuesta de tratar. Es importante que lo entiendas. No quiero que luego te lleves una decepción. —No te preocupes, lo entiendo. Y deja de llamarte esas cosas. No me gusta. Él asintió con la cabeza. —Creo que te iría bien poder hablar con alguien. Sobre tus padres, sobre él y sobre mí. —La miró con solemnidad—. Soy un hombre complicado. Creo que sería bueno para ti tener a alguien con quien hablar. ____ cerró los ojos. —Lo haré, pero sólo si tú me prometes que harás lo mismo. Tom se puso tenso. Ella abrió los ojos y empezó a hablar rápidamente. —Sé que no te apetece y, créeme, lo entiendo. Pero si yo voy, tú también tienes que ir. Ayer noche te enfadaste demasiado. Y aunque sé que no estabas enfadado conmigo, fui yo quien acabó pagándolo. —Intenté compensártelo luego —dijo él, apretando los dientes. —Y lo lograste. —____ le acarició la mandíbula, tratando de que se relajara—. Pero me preocupa que te alteres tanto porque un extraño se haya tomado algunas mínimas libertades no deseadas. Igual que me preocupa que pienses que el sexo pueda ser un remedio para la ira. Y que pienses que marcarme como tuya pueda ser una buena idea. Tom la miró sorprendido. La idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza. —Yo nunca te haría daño. —Le apretó la mano. —Lo sé. Parecía disgustado y asustado. Ni siquiera cuando ____ le acarició la cabeza, el pánico desapareció completamente de sus ojos. —Menuda pareja hacemos. Estamos cargados de cicatrices, historias y problemas. Supongo que el nuestro es un romance trágico —comentó ella sonriendo, tratando de quitarle hierro al asunto. —La única tragedia sería perderte —replicó Tom, con un suave beso. —Sólo me perderás si dejas de amarme. —Soy un hombre afortunado entonces. Podré estar contigo hasta el fin de mis días. Volvió a besarla y la rodeó con los brazos. Luego dijo: —En rehabilitación hice terapia. Y, cuando salí, seguí yendo un año más o menos al psiquiatra, además de a las reuniones de los grupos de ayuda. Sé de qué va la historia. ____ frunció el cejo. —Pero ahora no vas a ninguna parte. Y sigues bebiendo. No te he dicho nada hasta ahora, pero me parece un problema muy serio. —Era adicto a la cocaína, pero no alcohólico. Ella lo miró a los ojos. Era como si hubiera llegado al extremo de un antiguo mapa medieval, de esos que tenían escritas en el borde las palabras «Más allá hay monstruos». —Ambos sabemos que Narcóticos Anónimos recomienda a los adictos no beber alcohol. —____ suspiró—. Yo trataré de ayudarte, pero hay cosas que me superan. Además, por mucho que me guste el sexo contigo, no quiero convertirme en tu próxima droga. Yo no soy la solución para todo. —¿Es eso lo que piensas? ¿Que uso el sexo para arreglar las cosas? —La mirada de Tom era tan honesta que ____ se guardó el sarcasmo. —Creo que llevas muchos años haciéndolo. Me lo contaste, ¿no te acuerdas? Me dijiste que solías usar el sexo para combatir la soledad. O para castigarte. Una sombra atravesó el rostro de él. —Contigo es distinto. —Pero cuando una persona está mal, recupera los viejos patrones de conducta. A mí también me pasa, pero mi manera de enfrentarme a los problemas es distinta. —Lo besó lentamente. Con suavidad, pero el tiempo suficiente para permitir que se calmara y le devolviera el beso.
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